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Los tres gruistas en la central nuclear de Chernóbil. / H. S.

Los gruistas vallisoletanos de Chernóbil

  • Los tres operarios que han trabajado en el sarcófago de la central nuclear vuelven con la sensación de haber participado «en algo único»

«Inquietud, no; miedo». Iván del Tío no pone paños calientes al describir su sensación cuando el jefe se lo propuso. Tomar la decisión de trabajar durante siete meses a 180 metros del mortífero reactor número 4 de la central nuclear de Chernóbil, en Ucrania, es un dilema que toca en lo más profundo. De uno mismo y de los que te quieren.

Ahora, cuando echa la vista atrás, no se arrepiente de aquel complicado ‘sí’. Porque él, junto con sus compañeros Florencio Alonso y Javier Fernández, así como la empresa a la que representan –la vallisoletana Tinlohi– forman ya parte de la historia. Y de eso no puede presumir cualquiera. «Volveríamos sin dudarlo», coinciden. Su pericia en el manejo de la Bronto, una grúa-cesta telescópica con un brazo 101 metros, ha sido clave para cerrar con garantías el ataúd de una catástrofe.

Previas a la partida, hubo explicaciones. Muchas y claras. Como las que Florencio les dio a sus hijos de 11 y 7 años. «Creo que debían de saber a dónde iba, los chicos tienen que estar informados. ‘¿Estás seguro?’, me preguntó mi mujer». Y sí. Lo estaba.

Hasta la cubierta del gran sarcófago que el pasado mes de diciembre condenó durante un siglo el acechante ‘magma’ radiactivo han subido a compañeros procedentes de todo el mundo –21 nacionalidades– para instalar el cableado y los miles de sensores de este féretro en forma de cúpula, de 108 metros de altura y 30.000 toneladas de peso, que ha sepultado el reactor. «El arca taparía el Bernabéu entero y sobraría espacio», describen para hacerse una idea de la magnitud de esta megaobra de ingeniería. Dos mil personas en un tajo de alto riesgo. 2.200 millones de euros de inversión para poner frontera a la muerte. Silenciosa. Sin cara.

Antes del viaje hubo muchos controles médicos. De tiroides, ecografías, análisis de sangre... «Nos llevaron a la Clínica Ruber a hacer una revisión oftalmológica y los médicos se quedaron asustados de las pruebas que nos exigían: ‘¿Pero dónde os llevan?’ nos preguntaban».

Llegaron a Ucrania en mayo de 2016. «Te sientes muy pequeño ante algo tan grande, tienes la sensación de que estás participando en algo único», asegura Javier, quien destaca el buen ambiente de trabajo que han vivido en esos largos turnos de doce horas. Allá, desde lo alto de su herramienta de trabajo, se veía la ciudad fantasma de Prípiat, la urbe que se llevó la peor parte de la explosión aquel 26 de abril de 1986. Y arriba este gruista de 42 años vivió el momento más emotivo de su viaje profesional, cuando un colega ucraniano no pudo contener las lágrimas al ver la que un día fue su casa. «Muchos de ellos fueron trasladados a España de niños, cuando ocurrió todo, y hablan castellano; la verdad es que me impresionó mucho verle así».

Alerta constante

En Chernóbil hay que estar alerta de manera constante. El enemigo se llama milisievert, la unidad que mide la dosis de radiación absorbida por la materia viva. En la plantilla del Consorcio francés Novarka todos llevaban su arma. Un detector pegado al cuerpo. «El límite son 0,100 al día; en cuanto los alcanzas comienzas a pitar y te sacan prácticamente de las orejas», define gráficamente Iván. Las exposiciones más extremas obligaban a ducharse de manera inmediata. Con agua fría. «Ojo, en Ucrania». En estos siete meses de estancia, los tres han sentido esa rara sensación, cuando el inquietante sonido les ha señalado a ellos. «Hasta que te acostumbras», dicen.

Cada día recorrían los 80 kilómetros que separan Ivankiv, el área «limpia» en la que han estado alojados, de la ‘zona cero’. Lo hacían en autobús. «Es más probable que allí te mueras en accidente de tráfico que por la radioactividad, porque nos llevaban a 100 kilómetros por hora por una carreteras con una capa de hielo así de gorda», explica Florencio, mientras marca el grosor separando sus dedos índice y pulgar unos centímetros. O de fumar. A los tres les ha llamado la atención el consumo compulsivo de tabaco y alcohol por parte de los ucranianos en las salidas que han realizado en sus pocas horas libres.

Dos controles militarizados, uno a 30 kilómetros de la central, y el segundo, a diez, te advierten de que llegas a un lugar en el que no pasa nada bueno, a pesar del frondoso bosque que rodea Chernóbil. «Eso de que hay bichos con dos cabezas, nada. Lo que ves son unos animales más grandes de lo normal, eso sí. Había unos alces impresionantes, se ve mucha fauna: zorros, jabalíes, conejos del tamaño de un perro...», enumeran.

En el trabajo no había tiempo para mucho. La actividad ha sido frenética. Especialmente cuando se acercó el momento de desplazar la cúpula por los enormes raíles hasta cubrir y sellar el reactor. La Bronto, máquina finlandesa de 1,5 millones de euros, ha recorrido cada metro de la enorme cubierta sin parar. Ahora aquí. Luego allá. Sube y baja. En esa cesta han oído hablar turco, francés, inglés... El trío destaca la profesionalidad del equipo humano y de la dirección de la obra. Trato exquisito y mil precauciones. «Un día que me vieron abrir el motor para comprobar el aceite ya no me dejaron mover la grúa hasta que el jefe de mecánicos vino a comprobar que no era nada grave», relata Del Tío. Todo al milímetro.

¿Yen los ratos libres? «Te das cuenta de que en España se vive muy bien, en Ucrania se ve mucha pobreza y da la sensación de que prefieren estar borrachos a comer», lamentan, al tiempo que destacan la amabilidad de los nativos y el retraso de su sistema sanitario. «Las veces que íbamos al médico veías el material que utilizaban y te quedabas un poco así, todo metálico...»

Barracones prefabricados

La vida diaria la han hecho en su ‘hotel’ laboral, conformado por barracones prefabricados, aunque con buenas prestaciones de confort. Donde no transigen es en la comida. «Pasta y pollo, pasta y pollo, siete meses así como que aburre», se queja Iván, el más fornido de la cuadrilla. El ritmo ha sido un mes a destajo allí y quince días de descanso en España, donde han logrado variar el menú con las viandas y los guisos de casa. ¿Y económicamente? «Ha compensado bastante», reconocen los operarios y también Alberto Lozano, propietario de Tinlohi, quien llama la atención sobre la formalidad a la hora de abonar el trabajo por parte de Novarka.

«Igualito que en España», puntualiza con ironía. Tanto al jefe, que fue el primero en visitar el tajo para preparar el desembarco, como a los empleados la experiencia les ha abierto el apetito profesional y viajero. «Pues ahora están haciendo una presa en Egipto donde ya me gustaría trabajar», desvela el directivo. Ellos se muestran abiertos a nuevas propuestas, «con la excepción de Siria», como acota Javier. Florencio, Iván y Javier han vuelto a casa satisfechos. En las próximas semanas se someterán a nuevos controles médicos para certificar que se mantienen limpios, sin riesgos. Ellos no temen. Solo sienten orgullo por haber sido testigos y artífices de un histórico sepelio a la propia muerte. «Jamás hubiéramos imaginado que íbamos a vivir algo como esto», recalcan.