El Norte de Castilla

«Bebía en casa, a escondidas, hasta que mi familia lo descubrió»

Una mujer, en la sede de Arva.
Una mujer, en la sede de Arva. / ALBERTO MINGUEZA
  • Ellas tardan más en pedir ayuda, por eso el Ayuntamiento y las entidades que trabajan en la rehabilitación lanzan una campaña para frenar y combatir el consumo entre las mujeres

Era vino y güisqui, larios cola, lo que fuera, ron limón. Eran vasos vacíos en el salón de casa, cubatas con amigos, la resaca que nunca acaba, un abismo de desesperación y cubitos de hielo. Eran noches de insomnio, el marido dormido al lado, alcohol en el cuerpo y una idea en la cabeza:«Mañana lo dejo».

Pero llegaba mañana. Como siempre. «Lo compraba, lo escondía, lo bebía a hurtadillas en la cocina, cuando no me veían». Su pareja con la tele, sus hijos con los deberes. Y ella, escondida, con la botella en la mano. Furtiva en su propio hogar. Sin que nadie se enterara de que tenía un problema con el alcohol. «Lo ocultaba como podía. Los días que estaba peor me metía en la cama y decía que me dolía la cabeza, que estaba agotada, que necesitaba descansar». Allí, tumbada, de nuevo la idea de todas las noches: «Mañana lo dejo».

Hasta que lo dejó.

Estas son las historias de tres mujeres que llevan años sin probar una gota de alcohol, tres mujeres que han escapado al fin de un infierno destilado, tres mujeres que se reúnen los lunes en la sede de Arva (la Asociación de Alcohólicos Rehabilitados de Valladolid) para recordarse que ya está, que ya pasó. La vida sobria. Aunque sin levantar la guardia.

Trinidas Gómez Talegón, doctora, y Raquel Romero, integradora social.

Trinidas Gómez Talegón, doctora, y Raquel Romero, integradora social. / A. M.

Habla la que tiene 42 años. «En el bar del barrio me tomaba como mucho una caña, nada más porque la gente te señala. Un hombre puede beber solo en un bar sin que le critiquen. Una mujer, no. Así que bebía en casa. Y allí no encontré apoyo de ningún tipo. Al contrario, la familia me dio de lado cuando le conté mi problema», explica, mientras, con un boli, dibuja sin descanso casitas en un papel. Y sigue: «Yo siempre cumplía con mis responsabilidades. Siempre. Iba al trabajo, hacía mis tareas, mis cosas. Cuando la cabeza estaba ocupada no había problemas, pero luego... Yo sabía que era alcohólica. Lo sabía. Pero no estaba convencida de que quisiera dejar de beber. Hasta que no pude más. Toqué fondo y me di cuenta de que tenía que salir». Acudió a una asociación de ayuda. Lo logró. Tres años sin beber. «Pero me mudé, abandoné las sesiones... y recaí. No podemos dejar de venir. Somos alcohólicos y necesitamos ayuda». Regresó a Arva. Ahora lleva cuatro años limpia. Sin bajar la guardia.

Habla la que tiene 57 años. «Yo era consciente todos los días de que lo tenía que dejar. Me hacía la promesa cada noche. Yluego no la cumplía». Era más fuerte la tentación. Comprar las botellas en el súper, esconderlas, beberlas a escondidas en casa. «Hasta que un día mi marido me pilló, hasta que mis hijos me dijeron que no podía seguir así. Yo lo sabía, pero no es fácil. Se te hace muy cuesta arriba.Al principio, cuando vienes, lo coges con mucho ímpetu, luego te da un bajón, vuelves a coger fuerzas. Es duro, pero se consigue. Yo llevo siete años sin beber».

Habla la que tiene 53 años. «Al principio yo era de eso que llaman el bebedor social. Solamente en los bares, con mi marido, con los amigos, un larios cola en los sitio de moda. Y no tenía ningún problema. Eso creía. Hasta que empecé con una depresión, estuve con tratamiento, con antidepresivos y no volví a beber. Pero un día, cuando ya estaba dejando la medicación, fui a un bar y me pedí una copa. Total, me dije, no me va a hacer daño. Y me la bebí. ¡Ojalá me hubiera caído redonda al suelo! ¡Ojalá se me hubiera revuelto todo! Pero no. Bebí y no me pasó nada. Esa fue mi recaída. Yo también cumplía mis responsabilidades, pero en el tiempo libre estaba con las botellas. No en el bar, claro. No quería que me vieran hacer el tonto ni quedar mal. Bebía en casa, porque no está bien visto que una mujer se tome unas copas sola en el bar. Te escondes». Hasta que también la familia intervino. «Mi hija y mi hermana me dijeron que ya. Es difícil dar el paso y buscar ayuda, pero hay que hacerlo. Me ha costado un montón. Al principio solo salía a la hora del café para evitar situaciones de riesgo. Ahora ya puedo ir con los amigos y hasta ver cómo beben. Pero cuesta, todavía cuesta», dice quien ya lleva «año y pico limpia».

El Ayuntamiento ha lanzado este otoño una campaña para «visibilizar» el problema del abuso de alcohol entre las mujeres. La palabra es visibilizar, explican, porque hay un grave problema asociado a esta conducta. Ellas, estas tres mujeres, ya lo han contado. La presión social, el qué dirán, las empuja a beber en casa. Escondidas. Y eso complica la detección e intervención. Los carteles que ha editado el Ayuntamiento las ha bautizado como ‘desaparecidas’, aunque el lema no gusta mucho a las asociaciones de alcohólicos rehabilitados. Dicen los folletos:«Cada vez más mujeres utilizan el alcohol como una salida ante otros problemas. No te escondas en el alcohol. Sabemos cómo ayudarte».

Estas frases tienen cifras detrás. El Plan Municipal sobre Drogas consigna que el 15% de los hombres reconocen beber a diario (frente al 2% de mujeres). Que el 32% de ellos dicen hacerlo los fines de semana, frente al 23% de ellas. Que el 17% de los varones aseguran no haber catado ni una gota, frente al 26% de las mujeres que se declaran abstemias. Ellas beben menos, pero... El Comisionado Regional para las Drogas alerta de que el ‘binge drinking’, los atracones por alcohol (atiborrarse a copas en poco tiempo), ya son más comunes entre las chicas de 14 a 18 años que entre ellos.

Raquel Romero es la integradora social que coordina la sesión en la que este lunes han coincidido estas tres mujeres. «Ellas suelen llegar más destruidas, con la autoestima más baja, con un sentimiento de culpa tremendo. Y para dejar de beber es necesaria una motivación, el convencimiento de que se tiene un problema y de que se quiere dejarlo». «Normalmente vienen solas. Oacompañadas por otras mujeres, una hija, una hermana». Este punto es importante. «Cuando el marido es quien tiene el problema, ellas se involucran más en la solución, en ayudarlo. Cuando la situación afecta a ellas, están más desamparadas», subraya Romero.

Julián Rodríguez, presidente de Alcohólicos Rehabilitados de Valladolid.

Julián Rodríguez, presidente de Alcohólicos Rehabilitados de Valladolid. / A. M.

«¡Qué sola tuvo que estar!»

«Cada vez que viene aquí una de estas mujeres, de las que bebían en casa, como si huyeran, a espaldas de los suyos, siempre pienso lo mismo:¡Qué solas han tenido que estar, qué poca atención han recibido de su familia que ni sus seres queridos se han enterado de lo que ocurría!». Lo cuenta la doctora Trinidad Gómez Talegón, quien desde hace 24 años pasa consulta en Arva. Explica que hay cuestiones puramente fisiológicas que también influyen. «Con la misma cantidad y tiempo de consumo, la incidencia del alcohol en el cuerpo de la mujer es más devastador. Claro que les afecta más», explica. Además, sobre todo las mujeres a partir de 40 años, «utilizan el alcohol como psicofármaco, como medida para paliar la soledad, la ansiedad... Buscan una justificación para beber. Te dicen que es que lo necesitan, que les sienta bien, siempre tienen excusa. Y eso es más complicado de afrontar», indica la doctora Pérez Talegón.

Esta atención especial ha llevado a Arva a crear un grupo específico de terapia para mujeres. Ellas suponen casi el 23%de las 90 personas atendidas por el colectivo durante este año. «Son más, pero sobre todo cada vez son más visibles», explica Julián Rodríguez, presidente de Alcohólicos Rehabilitados, un colectivo fundado en 1973 y que dos años después recibió a las primeras mujeres, Rosario y Rosa. Allí siguen, en la asociación, porque la vinculación, explican, es fundamental para no recaer.

«Los programas terapéuticos suelen durar tres años, pero luego es necesario mantener el contacto», apunta Lorenzo Campos, quien junto a a José Aguilar es vicepresidente de la entidad. Aguilar lo dice muy claro:«La mujer está más estigmatizada. La sociedad sigue siendo machista, también en cómo la mujer afronta el alcoholismo. Cuando ves a un hombre con el puntillo, tal vez piensas: ‘Mira este tipo qué majete’. Pero si es una mujer, lo primero que dicen es: ‘Mira qué golfa’. Es así. Por eso no suelen beber solas en el bar. Sí con las amigas, pero no solas. Eso de la mujer en una esquina de la barra con la copa de anís no es muy común. Está mal visto. Así que lo ocultan. Es más difícil de detectar. Si compran una botella de vino en la tienda, siempre pueden decir que es para cocinar, ¿no? Y eso complica la intervención, encontrar soluciones».

De ahí la importancia de este programa, explican desde Arva. De ahí la necesidad de no esconderse, de dar el paso, de apoyarse en la familia, de meterse en la cama con la idea de que mañana lo dejo. Y dejarlo.

«Es difícil», dicen las tres mujeres de este reportaje. Pero se puede.

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