El Norte de Castilla

Un libro recupera la memoria de los alumnos de los jesuitas exiliados

Jesuitas durante una labor asistencial con menores.
Jesuitas durante una labor asistencial con menores. / EL NORTE
  • El historiador Javier Burrieza plasma en una obra la experiencia vital de estos estudiantes en el colegio de Curía

Un buen día, el historiador Javier Burrieza recibió una llamada que le abrió la puerta de un nuevo archivo. La Asociación de Antiguos Alumnos de Curía (en Portugal), incluida dentro de la propia del colegio vallisoletano de San José, quería hacer memoria de una historia de exilio «feliz». La ocurrida tras la disolución de la Compañía de Jesús en la España de la Segunda República en 1932. Deseaban que escribiese un libro donde plasmase no solo una experiencia vital, sino una innovación pedagógica muy desconocida en la historia de la educación española.

Aquellos jóvenes no solo procedían de los colegios de San José de Valladolid y Apóstol Santiago de Vigo. Ambos centros tuvieron que interrumpir su actividad docente en pleno curso 1931-1932 ante la decisión de las Cortes Constituyentes de la Segunda República, el artículo 26º de la nueva Constitución y la disposición del Gobierno. Se establecía que los jesuitas que vivían en España no podían vivir en comunidad y ejercer sus anteriores actividades docentes, siendo además incautados los bienes sin ninguna indemnización.

La trayectoria de la investigación iba a ser compleja, sin que faltase el necesario conocimiento de los lugares en los que se establecieron los colegios. El resultado se titula ‘Curía, un colegio en el exilio’ y cuenta con 369 páginas acompañadas por decenas de fotografías, de rostros en blanco y negro, de niños estudiosos y juguetones que vivieron en plena naturaleza su adolescencia académica, acompañados de una nueva pedagogía. Indica el autor que detrás de los alumnos de los jesuitas de Curía, además de un libro de historia, existe un guion cinematográfico con buena música incluida. No son los ‘Niños del Coro’. Los escribían y visitaban decenas de familias. Eso sí, aquel bachillerato alejado de su casa costaba su dinero.

La solución de los alumnos que acudían a estos centros en 1932 y que deseaban seguir siendo alumnos de los jesuitas era salir de España; buscar un ámbito cercano. Y lo encontraron en los balnearios portugueses que permanecían desocupados en los meses de temporada baja. Cuando el colegio se estableció en la localidad de Curía, cercana a Coimbra, el centro ya no era un mero traslado de localidad. Contaba con una dimensión nacional y una procedencia muy diversa de sus alumnos.

Los estudios se encontraban dentro de un proceso de renovación pedagógica protagonizada por una libertad responsable de unos alumnos que pretendían desempeñar, a través de su formación, un papel protagonista en la construcción de la sociedad española.

Esos jóvenes nunca olvidaron los balnearios de Curía en los que vivieron, los hoteles construidos para una burguesía en los felices años veinte. Jugaron, hicieron deporte, organizaron excursiones, en un ambiente también de exigencia académica. Cuando se produjo el golpe de 1936, ellos ya se habían ido examinado de las disciplinas del bachillerato en los Institutos de Zamora o Ciudad Rodrigo y habían regresado a sus casas en verano. Desde entonces, no volvieron a estudiar a Curía.

Encondiendo en las casas

En las ciudades de la llamada España nacional se fueron reabriendo los colegios de los jesuitas, con mayor o menor inmediatez. Solamente regresaron a Curía, muchos años más tarde. La mayoría cuando se unieron en una singular Asociación de Antiguos Alumnos, incrementada por los familiares que se hacían partícipes del llamado «espíritu de Curía».

Los escasos alumnos que han superado los noventa años regresan anualmente a los balnearios, acompañados de sus esposas, de sus hijos, nietos e incluso bisnietos. Con ellos, lo hizo en 2013 el propio historiador Javier Burrieza, que recorrió de la mano de algunos de ellos las vivencias más íntimas.

Burrieza, especialista en la trayectoria histórica de la Compañía de Jesús, abrió el álbum de las fotos color sepia; buscó los testimonios escritos de los profesores, consultó las páginas de El Norte de Castilla que informaban del cambio de rumbo de los jesuitas en Valladolid. El doctor Francisco Igea relató como su padre, también médico, ayudó junto con otras familias a los jesuitas «expulsos», escondiendo a dos de ellos en su casa.

Dos hermanos Igea salieron a una primera ubicación de los colegios en la localidad portuguesa de Entre-os-Ríos. Juan Lamamié de Clairac, hijo del diputado en Cortes que defendió la pervivencia de los jesuitas, también acompañó a dos de sus hermanos a Portugal. Los tres decidieron entrar después en la Compañía y el padre Juan, como todos le conocían, se convirtió en custodio de la memoria de estos años treinta y en impulsor, desde 1961 de la mencionada Asociación.

Ciriaco Vázquez de Prada no llegó a salir de Valladolid. Se quedó con los jesuitas en los pisos que mantenían clandestinamente, sobre todo al lado del hermano Sobrón, que mantuvo una academia junto al Arco Ladrillo para los alumnos de preparatoria.

530 estudiantes

José Martínez de la Escalera, procedente de Vigo, ha proporcionado los catálogos de los alumnos para reconstruir las complicadas matrículas del colegio, que superó los quinientos treinta estudiantes en 1935-1936. Gonzalo Álvarez Montalvo relataba cómo discurrían los complicados viajes a Curía.

El padre Antonio Encinas como rector junto con su hombre de confianza, el padre Fernández Cid –el futuro impulsor de las Escuelas de Cristo Rey–, fueron los profesores que encabezaron esta aventura educativa, a veces desobedeciendo a sus propios superiores que temían que el convoy de tren con los alumnos fuese atacado en el camino.

Quizás el exilio se convirtió en un paraíso, aunque algunos afirmaban que separarse de su familia con diez años era demasiado duro como para idealizar a su colegio.

Temas