El Norte de Castilla

«Un maltratador no verá nunca que lo es si siempre lo tratamos como a un monstruo»

Rebeca Rodriguez posa junto a la Biblioteca de Castilla y León, donde presentó su libro.
Rebeca Rodriguez posa junto a la Biblioteca de Castilla y León, donde presentó su libro. / GABRIEL VILLAMIL
  • Rebeca Rodríguez, hija de una mujer asesinada por su marido, aboga por tratar a los dos protagonistas del maltrato porque quienes quieren dejar de ser agresores, dice, «no tienen adónde acudir»

Las dudas y el odio. Las secuelas de un crimen por violencia de género tienen nombre. Y destinatarios. Los hijos, los hermanos, los padres, incluso los amigos. Víctimas colaterales. Como Rebeca Rodríguez del Valle, que diez años después del asesinato de su madre a manos de su padre ha presentado un libro en el que nada es casual. Ni el título, ‘Comienzos’ (ediciones Atlantis), ni la imagen de la portada, una mariposa. «Empiezas una nueva vida .Renaces. Vuelves a nacer. Te estás reinventando. Eso es lo que me pasó a mí. En el caso de mis padres yo viví un proceso de transformación, por eso la mariposa de la portada. Para mí significa mucho», dice.

Habla con vehemencia sosegada. Es psicoterapeuta. En su trabajo se encuentra con personas maltratadas y eso le ha llevado a una conclusión. «No toda la violencia de género es igual».

«Por mi trabajo tengo contacto con mujeres maltratadas y en mi casa no se daba nada de eso. He sido capaz de ver por qué hay violencia de género que viene con un maltrato en casa y por qué se llama violencia de género cuando el marido mata a la mujer. Esa muerte no conlleva que haya habido maltrato», asegura. Y eso es importante porque las otras víctimas sufren. Dudan. «La imagen que yo tenía de mis padres no era la que se creó en el juicio. Y no nos damos cuenta de que estamos rompiendo la vida a los hijos, a los hermanos... A mí me partieron la vida porque ya no sabía quién era mi padre y si todo lo que había vivido era real. Es como decir ¿y ahora quién soy, si todo era mentira? Incluso llegué a creer que podía haber sufrido maltrato en casa sin haberme dado cuenta. Y cuando te pasa algo de esto es como que tu voz interior se apaga y escuchas las de fuera solamente».

«Te replanteas cada cosa», dice.

Enfoca la violencia de género desde una perspectiva global. «No solo hay violencia de género. No es normal que los niños se graben mientras se pegan. Eso también es maltrato, es violencia. Es alarmante la violencia en la que estamos viviendo. Estamos perdiendo la sensibilidad, estamos sobreestimulados por imágenes de violencia. Encendemos la tele y vemos a una persona matando a otra de manera real y no nos impacta. Sentimos odio, pero somos capaces de verlo una y otra vez. Estamos insensibilizados».

Aboga por educar la inteligencia emocional en los niños. Que sepan encauzar la ira, el dolor, la tristeza.

Y en el caso de la violencia de género, ampliar el espectro. «Nos estamos centrando solo en la víctima y aquí hay dos enfermos, el que maltrata y la que lo padece, porque lo asumen los dos como algo normal. Un maltratador no va a ser consciente nunca de que lo es si le recordamos siempre que es un monstruo, porque lo que hacemos es que sienta más odio y lo reforzamos. No va a ver ayuda, porque ve que todos lo miran como a un monstruo y eso crea un miedo inconsciente que lo refuerza y el golpe es más fuerte para quien está a su lado».

Un círculo vicioso del que algunos, afirma, quieren salir. «A mí me han llamado dos hombres maltratadores y me han dicho ‘no tengo adónde ir’. No saben qué hacer con ese problema y no quieren seguir así, pero no tienen esa ayuda. Si coges a esas personas que son conscientes y les abres la puerta a una posible ayuda puedes evitar más violencia. Puedes salvar dos vidas más».

La otra gran secuela es el odio. «Lo que te puede acabar matando es el odio», asegura Rebeca Rodríguez. Y por contraposición, lo que puede salvar es el perdón, aunque pueda sonar terrible, asegura. «La palabra perdón creemos que es dar la razón o justificar algo y el perdón es una acción de amor hacia uno mismo. Hay una tristeza y encima hay un odio, una ansiedad, una depresión, un estrés. Nadie nos ha enseñado el perdón. La ciencia nos dice que perdonar sana. Y no estás haciendo nada malo».