El Norte de Castilla

El reguero de las desavenencias del PSOE

Jesús Mancho, refundador del PSOE y la UGT de Valladolid, a la izquierda, en el XXX Congreso de la UGT, en 1976.
Jesús Mancho, refundador del PSOE y la UGT de Valladolid, a la izquierda, en el XXX Congreso de la UGT, en 1976.
  • Desde el impacto de la revolución bolchevique hasta la Transición, el socialismo vallisoletano ha atravesado por intensas escisiones; entre las más contundentes, la que enfrentó a moderados y radicales en la Segunda República

«Peores crisis y divisiones más fuertes hemos padecido los socialistas en nuestra historia reciente, y de todas hemos salido; a veces, incluso reforzados». Así de contundente se mostraba la pasada semana, en una conversación informal, un histórico dirigente del PSOE y la UGT de Castilla y León. Y razón no le falta, si bien es cierto que las circunstancias históricas de aquellas divisiones pasadas poco tienen que ver con la que vive el Partido en la actualidad. Y eso que a lo largo de la historia, la UGT y el PSOE, que durante un largo tiempo fueron complementarios, atravesaron por periodos de auténtica calamidad interna, de escisiones a cara de perro y de enfrentamientos personales que se saldaron con sonadas crisis en la afiliación. En Valladolid no falta documentación al respecto.

Una de las divisiones más sonadas aconteció a raíz del triunfo de la revolución bolchevique en Rusia. Los socialistas españoles se escindieron entre los partidarios de seguir el ejemplo de Lenin y adherirse a la III Internacional, y quienes, fieles a la tradición de Pablo Iglesias, rehusaban separarse de la II Internacional y recelaban de los modos y maneras leninistas. Los primeros se separaron y crearon el Partido Comunista Obrero Español (PCOE), que en 1921 se integraría en el Partido Comunista surgido de las Juventudes Socialistas. Aunque la mayoría de los socialistas vallisoletanos se postuló en contra de la integración en la Internacional Comunista, especial influencia tuvo entre los terceristas la figura de Óscar Pérez Solís, un peso pesado del socialismo vallisoletano y uno de los iniciadores del PCOE, que luego sería elegido para el comité central del Partido Comunista.

También la colaboración de UGT y PSOE con la dictadura de Primo de Rivera a partir, que desde el sindicato fue interpretada por Francisco Largo Caballero como una ocasión de superar la competencia de los anarquistas, zafarse de la represión y ejercer un monopolio efectivo sobre la representación obrera en las entrañas mismas de la administración del Estado, terminaría generando crispación interna. Desde Valladolid, Remigio Cabello siguió los pasos de Indalecio Prieto y en el Comité Nacional de diciembre de 1924 votó en contra de que los socialistas aceptasen una vocalía obrera en el Consejo de Estado. Cuatro años más tarde, los vallisoletanos se presentaban en el XII Congreso del PSOE con una censura global de la Ejecutiva y del Comité Nacional, pues solicitaban una declaración formal y explícita de que «no une al Partido ningún vínculo de solidaridad con la actual situación gobernante española (…), afirmando su deseo decidido de que se restablezca en España la normalidad constitucional».

Mayor impacto tuvieron las escisiones acontecidas durante la Segunda República, especialmente a partir de septiembre de 1933, cuando los socialistas salieron del Gobierno y, ante las elecciones de noviembre, que darían el triunfo a las derechas, Largo Caballero anunció una insurrección revolucionaria en caso de que la CEDA accediera al ejecutivo. Reciente la llegada al poder de Hitler en Alemania y más aún la terrible persecución antisocialista de Dollfus en Austria, aquel presagiaba algo parecido en España. En octubre de 1934, la entrada en el gobierno de tres ministros cedistas encendió la chispa de la revolución.

Pero no todos en Valladolid estaban de acuerdo. Ya el 26 de noviembre de 1933, cuando Largo Caballero abría la sesión extraordinaria del Consejo Nacional del Partido con la propuesta de que PSOE y UGT se uniesen «en un movimiento ofensivo para que todos los trabajadores luchen contra la reacción y el fascio», Antonio García Quintana, alcalde socialista de Valladolid desde 1932, secretario del Partido desde 1930 y vocal de Castilla La Vieja en el Comité Nacional del PSOE entre 1933 y 1936, contradijo sus tesis y apostó por mantener el pacto con los partidos republicanos. Este asunto terminaría por desgajar en dos a la organización.

Moderados y radicales

En efecto, en 1935, una vez fracasada la revolución de octubre, la pugna entre moderados y radicales, prietistas y largocaballeristas desembocó en la petición de Prieto de reunir urgentemente al Comité Nacional con la idea de desbancar a los largocaballeristas de la Ejecutiva. García Quintana volvió a alinearse con la moderación, como demuestra su correspondencia con la Ejecutiva socialista, que puede consultarse en el Archivo de la Fundación Pablo Iglesias: además de exigir la reunión urgente del Comité Nacional, a lo que se oponían los largocaballeristas, apostaba por revisar la labor realizada por la Comisión Ejecutiva y analizar la situación, más que crítica, por la que atravesaba el PSOE:

El reguero de las desavenencias del PSOE

«Mi deber me impide callar (…). Me interesa, me preocupa, me alarma el porvenir del Partido. Del porvenir del Partido debe preocuparse primordialmente el Comité Nacional (…). No pasaron jamás el Partido y las masas obreras que le siguen por un periodo de desorientación y confusionismo más acusado que el actual. (…) No se puede seguir por más tiempo tolerando el espectáculo desmoralizador de indisciplina que se está dando por todas partes. Si cada cual, como ahora, va a poder hacer lo que le venga en gana, creo que podemos prepararnos a extender para nuestro Partido la correspondiente papeleta de defunción».

Aun amonestado por la ejecutiva largocaballerista, que rechazó todas sus imputaciones, el de Valladolid insistió: abandonaría el PSOE si éste «no rompía con las agrupaciones y tendencias extremistas y si no retornaba a sus antiguas posiciones reformadoras, legalistas y gubernamentales». Finalmente, el Comité Nacional se celebró los días 16 y 17 de diciembre de 1935 y los prietistas terminaron haciéndose con la Ejecutiva. Largo Caballero, forzado a dimitir, lanzó entonces una frase con resonancias actuales: tenía las manos libres para recurrir «directamente a la base». En el socialismo vallisoletano, militantes como José Garrote o Eusebio González Suárez se alinearon con las tesis largocaballeristas, enfrentándose en varias ocasiones a García Quintana.

Como ha escrito Santos Juliá, la escisión de diciembre de 1935 recorrió la historia del socialismo español hasta su refundación, en el primer lustro de los 70, por parte de una nueva generación de jóvenes militantes del interior. Una refundación que tuvo también momentos de tensión, especialmente cuando aquellos jóvenes, liderados por Felipe González, desbancaron a los militantes históricos como Rodolfo Llopis. Ocurrió también en Valladolid, donde la refundación del socialismo, según documentación de Jesús Mancho, líder de aquel proceso, hubo de hacerse a partir de 1971 sorteando las reticencias de compañeros veteranos como Benito Guaza. Es más, en aquellos años de la Transición, el vallisoletano era un PSOE profundamente dividido entre el sector obrero y el de los profesionales liberales, compuesto básicamente por abogados. El enfrentamiento entre ambos grupos se escenificó en una tensa asamblea celebrada en la iglesia de la Pilarica a principios de 1977, en la que hubo más que palabras –hay testigos que hablan de auténticas peleas- y que provocó la dimisión de la Ejecutiva, liderada por Juan Colino. Acto seguido, ocupó la secretaría política Manuel Conde del Río.