El Norte de Castilla

Resistiéndose a desaparecer

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Entrada a San Pelayo / Rodrigo Ucero

  • San Pelayo, uno de los pueblos más pequeños de la provincia, con 51 vecinos, ha aumentado su censo un 20% en el último año

La historia de San Pelayo no es la más conocida y sus calles tampoco las más transitadas. No cuenta en su haber con impresionantes monumentos ni con grandiosos paisajes naturales. Ni siquiera sus fiestas, gastronomía y artesanía son las más populares. San Pelayo es un pueblo modesto, humilde y sencillo. Donde sus gentes, son también así, humildes y sencillas y eso es precisamente, lo que hace tan grande a este pequeño pueblo.

Los sanpelayinos están apostando fuerte para que su municipio, uno de los más pequeños de la provincia, no caiga en el olvido. Quieren ganar la partida al tiempo y no dejarse vencer por las ruinas y la maleza que tanto atenazan a muchos pequeños pueblos como el suyo. Trabajan para repoblar, revalorizar y hacer resurgir a este pequeño municipio que no quiere desaparecer. Y lo están consiguiendo. Este verano, los niños han vuelto a llenar las calles de risas y de juegos y los mayores, están cada vez más volcados en realizar actividades que mejoran su calidad de vida.

El cambio en la localidad comenzó tras las pasadas elecciones municipales. A sus 27 años, Virginia Hernández se convertía en una de las ediles más jóvenes de la provincia. Esta joven cogió el bastón de mando con las ideas muy claras. Las últimas décadas habían causado estragos en el padrón y había que plantar cara al éxodo rural. Así, la alcaldesa junto a sus dos concejales Elisa Cerrillo y María Ángeles Rodríguez, pusieron en marcha un plan de dinamización con el que han conseguido aumentar su población en un 20%, recuperando índices de los años 80, con 51 vecinos censados. Talleres de risoterapia, gastronómicos, de manualidades o de globoflexia. Obras de teatro, actuaciones musicales o masterclass de zumba. Gimkanas, catas de cerveza y comidas de hermandad, son sólo algunos ejemplos de las actividades preparadas para este mes de agosto, en las que hay que destacar la gran implicación vecinal y la participación de sanpelayinos de todas las generaciones.

Esta corporación se ha planteado un nuevo reto: finalizar la legislatura con un padrón de 76 vecinos. Una diferencia de 25 habitantes, que sería insignificante para una gran ciudad, pero todo un logro para San Pelayo, ya que significaría recuperar los índices de hace medio siglo. “Lo más satisfactorio es que hemos conseguido multiplicar por cien la actividad de San Pelayo. La gente estaba en casa, no salía. Hemos dinamizado la vida en el pueblo, que los vecinos tengan cosas que hacer, se quieran juntar para celebrar todo tipo de actividades. Ahora, la gente que vive de continuo en San Pelayo, participa más de la vida del pueblo y los que habían dejado de venir, han regresado otra vez a su lugar de origen”, explicó la edil, de Toma la Palabra.

El proyecto de dinamización está funcionando, y ya hay varias familias que han vuelto al municipio. Una incluso, llegada desde el otro lado del charco. Juan Antonio Fraile emigró a Brasil hace 10 años y allí formó su familia, aunque sigue sintiendo que sus raíces están en San Pelayo. Ver a sus vecinos tan activos, les ha hecho regresar al pueblo con más ilusión que nunca y ésta vez lo han hecho para empadronarse. “Me encanta la sensación de estar en el pueblo. Aquí los niños pueden bajar a la calle sin problema, no hay violencia ni la inseguridad a la que estamos acostumbrados en mi país. Las calles, el caño, los paisajes… todo aquí es idílico. Pero sin duda, lo mejor, es la relación que hay entre los vecinos. Son relaciones muy sencillas y a la vez muy profundas”, subraya Ceiça Fortaleça, la esposa brasileña de Juan Antonio.

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  • San Pelayo no quiere desaparecer

A sus 83 años, Rosa Primo, es una de las vecinas más longevas de San Pelayo. Recuerda con cierta tristeza cómo en las últimas décadas el éxodo rural hizo mella en su pueblo natal. “La gente se marchó principalmente a Valladolid por falta de trabajo. Ahora está empezado a resurgir otra vez. La verdad es que nunca he visto el pueblo tan animado como ahora”, recuerda esta sanpelayina, abuela de la actual alcaldesa y muy orgullosa de la labor que está realizando por hacer resurgir su pueblo.

Situado a 32 kilómetros de la capital, San Pelayo fue una tabla de salvación hace 17 años para Pilar Martínez y su familia. “Uno de nuestros hijos requiere cuidados muy especiales y buscábamos para él un lugar con grandes espacios. En mis vecinos he encontrado una gran familia, que nos acogió con los brazos abiertos. Este es mi sitio y no volvería a vivir en Valladolid de ninguna de las maneras. Aquí he logrado ser feliz e intento ayudar impartiendo algunos talleres de manualidades, labores o cocina”, explica con vehemencia.

Los niños están entusiasmados en el pueblo. Siempre tienen algo que hacer y se entretienen jugando a juegos de antaño. La banda sonora de las mañanas de San Pelayo la ponen las bocinas del frutero, el pescadero, el panadero o el de los productos congelados. Más armoniosa es la melodía del afilador, que de vez en cuando también se deja caer por esta pequeña localidad. Los mayores dan sus matutinos paseos, amenizados por las tertulias y corrillos, tan sólo interrumpidas por las risas y juegos de los más pequeños.

Una pieza esencial en la vida cotidiana de San Pelayo, es el bar. Un lugar de reunión en el que se juntan los vecinos a disfrutar de sus ratos de ocio. Equipado con wifi, juegos de mesa y una biblioteca, este pequeño centro social es gestionado y se disfruta de forma mancomunada. “Funciona como una peña. Existen cinco llaves en el pueblo y nosotros mismos compramos las bebidas, la vajilla y lo mantenemos limpio y a punto. Cada uno se cobra su consumición y se friega su vaso. Todos somos responsables y funciona perfectamente. Aquí es donde hacemos la mayor parte de las actividades actualmente”, explica la alcaldesa.

La pasión, ilusión y empeño de los sanpelayinos y la corporación que los preside, han hecho resurgir este pequeño municipio, en el que la vida transcurre de forma sencilla y maravillosa a la vez. Son ejemplo de esperanza y de lucha contra la despoblación. También son ejemplo de unión vecinal y de trabajo en equipo. Cada nuevo censado es una alegría y piensan seguir trabajando intensamente para que su pueblo nunca desaparezca.