El incendio de la discoteca Siete Siete, veinte años en el recuerdo de los vallisoletanos

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Los bomberos trabajan en la labores de extinción en la discoteca Siete Siete de Valladolid en la noche del fatído 6 de octubre de 1996. / Ramón Gómez y Gabriel Villamil

  • Vecinos, una de las víctimas y los periodistas y fotógrafos de El Norte de Castilla que realizaron aquella noche la cobertura informativa de uno de los sucesos más trágicos que ha sufrido la ciudad, rememoran la madrugada de aquel 6 de octubre de 1996

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Era la discoteca de moda de la ciudad. Sus puertas estaban abiertas hasta primeras hora de la madrugada, por lo que entre sus paredes se daban cita los más trasnochadores. Aquella noche, la noche en la que cerró sus puertas para siempre, en la discoteca Siete Siete un grupo de clientes apuraban la fiesta sin ni siquiera imaginar que ese día y ese lugar entrarían a formar parte de la historia más trágica de Valladolid.

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El fuego no solo destruyó el local y causó daños en el edificio de viviendas en el que se alojaba; acabó con la vida del sargento de bomberos José Luis Vidal (de 39 años, casado y con tres hijos) y su compañero Juan Carlos Matarranz (de 34 años, también casado y con un hijo), Lucía Escudero (51 años), que atendía el guardarropa y que dejó huérfanos a cuatro hijos, y María del Carmen Velasco, una clienta del local de 37 años y natural de la localidad segoviana de Cuéllar.

Ese 6 de octubre le cambió también la vida a otras dos personas: a Rafael Barca, un cliente de 51 años que sufrió quemaduras en el 54% de su cuerpos y que fue trasladado a la Unidad de Quemados de Getafe, y Gerardo Abia, el suboficial de bombero que sufrió quemaduras leves en una mano y en la oreja y que se encontraba en el interior del local cuando fallecieron sus dos compañeros.

Veinte años después, un local en venta y una zona de trasteros en alquiler ocupan el espacio de aquella discoteca de moda, cuyo incendio no han podido olvidar sus vecinos, que todavía hoy no han recibido íntegras las indemnizaciones por los daños que sufrieron. «No me han pagado nada, y me gasté más de tres millones de pesetas (18.000 euros) en reformas y arreglos», explica Socorro Pérez, la vecina más afectada, ya que su piso se encontraba justo encima de la discoteca. «Pensé que me estaban robando porque oí que se caían los cristales. Cuando me asomé por la ventana me asusté mucho porque vi el fuego y era terrible. Recuerdo que lo pasé muy mal».

Su vecina del quinto, Luchi Corraliza, recuerda que se cayó por las escaleras y tuvieron que ayudarla a bajar. «Como las llamas salían por el portal, nos quemamos las piernas y el pelo al intentar salir. Fue horrible» apunta, mientras señala el local que albergó una de las discotecas más famosas de la ciudad. «Ni hemos visto un duro ni lo vamos a ver, eso está claro».

Vecinos y clientes del local observan angustiados el incendio.

Vecinos y clientes del local observan angustiados el incendio. / Ramón Gómez

El fuego causó también daños en el taller de coches contiguo. José Luis (sus compañeros le llaman ‘El rubio’), es el único que queda de esa época. «Me enteré del incendio cuando vine a trabajar el lunes. Estaba todo quemado y no se podía pasar», explica y añade que el taller no sufrió muchos daños; «pudo ocurrir bastante. Las paredes estaba muy calientes pero los coches no se quemaron. Recuerdo que para acceder había que salvar unas escaleras muy empinadas, pero como casi todas las discotecas en aquel tiempo».

Todos aquellos que conocían la discoteca coinciden en que la tragedia pudo ser mucho peor. Ramón Gómez, jefe de Fotografía de El Norte de Castilla, fue uno de los primeros reporteros gráficos en llegar a la zona del incendio: «La discoteca Siete Siete era un lugar donde íbamos habitualmente, porque era un sitio que cerraba tarde, era muy agradable. Cuando llegué, la primera impresión que me dio es que allí había muchas personas atrapadas. Yo conocía la discoteca y existían un montón de escaleras hasta que llegabas al agujero. El nerviosismo era palpable».

El caos, el denso humo que se veía a kilómetros y los vecinos en pijama y cubiertos con mantas son imágenes que no podrá olvidar Gabriel Villamil, también fotógrafo de El Norte de Castilla. Pero en su recuerdo, un instante está grabado en su memoria: la charla que mantuvo con uno de los bomberos que fallecieron en el Siete Siete: «Estaban dudando de si entraban o no. Parecía que el incendio estaba controlado; me acuerdo de que instalaron un ventilador muy grande en la puerta de un garaje para extraer todo el humo. Finalmente decidieron entrar y, desgraciadamente, no salieron».

«Dentro la temperatura era altísima»

Junto a Ramón Gómez y Gabriel Villamil, dos periodistas del diario decano de la prensa española acudieron esa noche a la avenida de Santa Teresa para realizar la cobertura del incendio. Fernando Bravo, redactor jefe de Valladolid en aquel tiempo, recibió la primera llamada a las siete de la madrugada: «Cuando conseguí llegar, vi un humo muy denso, que salía por la puerta del local, y mucha gente por allí, bomberos, policías, vecinos…». No puede evitar, igual que Gabriel Villamil, rememorar a aquellos dos bomberos con los que charlaron minutos antes de que fallecieran en el interior de la discoteca: «Cuando entraron creo que no había nadie dentro, había mucho humo, eso sí. Y una temperatura altísima. Tenían botellas de oxígeno y trajes autónomos y se ayudaban de una cuerda. Les vería como se afanaban para intentar abrir una puerta posterior para que saliera el humo».

Horas más tarde, la sala de recepciones del Ayuntamiento de Valladolid albergó la capilla ardiente con los cuerpos de los dos bomberos fallecidos. «Lo que me quedó grabado fue ver las escaleras del Consistorio, donde los bomberos lloraban mientras trasladaban los féretros de sus compañeros», relata Antonio Corbillón, también periodista de El Norte de Castilla. Aunque para Corbillón, también fue «durísimo» entrevistar a las víctimas y a los vecinos, que «como después vimos pasarían lo suyo muchos años después». Una de esas víctimas fue Rafael Barca, uno de los clientes que se encontraba aquella noche en la discoteca y que sufrió quemaduras en el 54% de su cuerpo. «Era necesario contar su historia –explica Corbillón– para que nadie se olvide de ellos».

Veinte años después, Barca encara la vida con optimismo dejando atrás la interminable terapia, los dolorosos tratamientos y las marcas que el incendio tatuó en su piel. «Me encuentro ahora muy bien, me estoy preparando oposiciones de auxiliar de Enfermería y hago la misma vida de antes», relata, y explica con entusiasmo y un punto de orgullo que trabaja en la Cruz Roja desde hace más de doce años, «y estoy feliz por poder ayudar a otras personas». A pesar del recuerdo de esa noche, Rafael Barca no ha dejado de sonreír: «Salgo todos los sábados con mis amigos, voy a la discoteca y hago la misma vida que hacía antes».