Los exalumnos del centro rememoran el antiguo aspecto del edificio desde el patio reformado de la Biblioteca Municipal.
Los exalumnos del centro rememoran el antiguo aspecto del edificio desde el patio reformado de la Biblioteca Municipal. / W. DOS SANTOS

El regreso de las últimas generaciones del hospicio

  • Una treintena de personas regresan al Palacio Juan de Austria (antiguo hospicio) cuarenta años después

Volver siempre es complicado, pues te enfrentas a la decepción. A que lo que recuerdas no coincida con la realidad. Y más cuando esos recuerdos fueron tejidos durante la niñez, donde las fantasías endulzan y colorean hasta las memorias más amargas.

A esta situación se enfrentaron ayer las últimas generaciones del antiguo hospicio ubicado en el edificio donde ahora se asienta la Biblioteca Pública de San Nicolás, que más de cuarenta años después se reunieron de nuevo en la entrada del que fue su hogar hasta la edad adulta.

En la plaza, antes de la visita, se olía la expectación. Todo eran rostros conocidos enredados en recuerdos lejanos; dedos alzados, señalando aquel detalle, aquella ventana, aquel rincón del patio...

Algunos de los presentes no habían visto el lugar desde su cierre en el 75. Otros, aunque viven en Valladolid, no habían llegado a entrar. Quizás por respeto o por mantener la magia. Y ayer volvieron, con algunos años más a las espaldas, sí, pero los ojos que escudriñaban la fachada, siguiendo líneas conocidas, viajaban a través del tiempo. Y eran los ojos de esos mismos chiquillos del Colegio Residencia Don Juan de Austria.

El exterior, aprecian, luce muy diferente. Ya no está el torno en el que depositaban a los niños no deseados para que las monjas se encargaran de ellos. Y de los torreones solo queda un modesto intento de elevación de la estructura, en las esquinas. En cuanto a lo que se esconde más allá de la fachada, hasta ayer, para muchos era un misterio.

A las ganas de redescubrir las entrañas del edificio, se une un sentimiento unánime: los buenos recuerdos les unen. Si no no estarían allí, claro; dispuestos a volver a pasear por los pasillos del Don Juan de Austria. «Lo recuerdo con cariño. Nos llevábamos bien», rememora Lourdes Pascual, que pasó 17 años de su vida entre los muros del hospicio, desde las 6 primaveras hasta las 23. «No pasé mala infancia», considera también Nieves Bruña, «La verdad es que me siento privilegiada».

Muchos de los que acudían al colegio eran niños de los pueblos, donde las oportunidades eran más escasas que en la ciudad. «Aquí al menos te garantizaban un primer y segundo plato en la comida», explica uno de los participantes, «entre el 61 y el 69 había hambre fuera».

Espacios irreconocibles

Tras la foto de familia, comienza la visita. Pasado el umbral, la fantasía toma forma y los recuerdos colisionan con la realidad: un patio sin rosales, sin altísimas y aventureras enredaderas escalando los pilares. Las palmeras siguen. Más espigadas que en los 70, pero siguen.

«Allí estaba la puerta de las chicas. Por allí salían», se oye. «Y allí estaba el despacho del director», contesta alguien. «No, era allí», corrige otra voz. Y adentrándose más allá, las confusiones aumentan casi al mismo tiempo que afloran las anécdotas. Puertas tras las que no se encuentran las escaleras que antaño hubo, o simplemente entradas que fueron tapiadas al recortar un edificio que, en tiempos, nacía casi de cara al Pisuerga.

Los responsables de la visita pusieron un vídeo con fotografías del hospicio en diferentes épocas para refrescar la memoria. Y los presentes pasaron la prueba: la capilla, el comedor, la enfermería, los dormitorios...

Después de la visita virtual llegaba el momento de la verdad. Las habitaciones de las fotos ahora son salas llenas de libros en las que reconocer el interior del antiguo hospicio se vuelve una tarea casi imposible: la capilla es la sección de las biografías y libros en otros idiomas; las oficinas interiores, los antiguos dormitorios de las chicas; la peluquería es entrada a la sección de libros infantiles... Y así con todo.

«Reconoces alguna ventana, algún punto de referencia... Pero está todo muy diferente», admite Miguel Ángel Rogero, también antiguo alumno del colegio. «Quizás tenían que haber respetado un poco más la estructura antigua», opina.