El Norte de Castilla

El Hospicio, a principios del siglo XX.
El Hospicio, a principios del siglo XX. / DPV

Un palacio transformado en hospicio

  • El emblemático edificio de la Plaza de la Trinidad, erigido en el siglo XVI por los condes de Benavente, albergó el orfanato provincial hasta los años 70 y hoy es sede de la biblioteca pública

Cuando a mediados del siglo XIX la hasta entonces ‘Plazuela del Conde de Benavente’ mudó su nombre por el de ‘Plazuela del Hospicio’, a nadie le extrañó: hacía muchos años, más de 40, que el emblemático edificio que hoy alberga la Biblioteca pública, antiguo Palacio de los Condes de Benavente, servía de sede al Hospicio u Orfanato Provincial. Y así lo seguiría haciendo hasta mediada la década de los años 70 del siglo XX.

Rastrear los orígenes de institución tan benemérita nos obligaría a emprender un largo viaje en el tiempo, concretamente hasta 1542, momento en que la Cofradía de San José fundó la casa-hospicio de niños expósitos con objeto de acoger a niños pobres desamparados. Pero el espacio de que disponemos nos obliga a avanzar en el tiempo. Gracias a las investigaciones de Teófanes Egido, Jesús María Palomares y Elena Maza, tenemos noticias de la aparición, ya en el siglo XVIII, de una nueva institución benéfica: El Hospicio de pobres o Real Casa de Misericordia.

Promovida por la Junta de Comercio de la ciudad, su finalidad consistía en recoger a cuantos pobres y vagos deambularan por Valladolid y emplearlos, de paso, como mano de obra en los telares, lo cual redundaba en beneficio de la economía local. Caridad y trabajo al mismo tiempo, algo muy propio del ideario ilustrado. La idea fue presentada en 1722 al Ayuntamiento por Francisco Rubín, y al año siguiente ya eran 400 los pobres acogidos en las Casas del Duque de Híjar, situadas en la ‘Plazuela de los Leones’ (hoy, De las Brígidas). Aunque se le buscó otro emplazamiento más adecuado –se pensó para ello en unos terrenos cercanos al Campo Grande–, durante todo el siglo XVIII el Hospicio permaneció en las Casas del citado duque, hasta 1784 en régimen de alquiler y desde entonces en propiedad municipal para evitar que el propietario obligara a desalojar repentinamente el edificio.

Hasta ese momento, la institución había atravesado vicisitudes diversas; entre ellas figura el impulso dado en 1752 por el obispo Martín Delgado y Cenarro, creador de la Congregación de Nuestra Señora de San Lorenzo, a la que quedó vinculado el Hospicio, que además contaba con varios talleres fabriles. Una vez superada la crisis de los años 70 –aún nos movemos en el siglo XVIII–, que incluso llegaría a dar al traste con la institución, en 1786 abre de nuevo sus puertas y recibe, como agua en mayo, copiosas aportaciones de las 61 cofradías vallisoletanas. Es entonces cuando adquiere la nueva denominación de Real Casa de Misericordia y comienza a ser regida por la administración central.

En 1801 abandona definitivamente las Casas del Duque de Híjar y se establece en el Palacio de los Condes de Benavente, imponente edificio erigido entre 1516 y 1520 que, tras dos terribles incendios –1667 y 1716–, había quedado en desuso. Las reparaciones necesarias para su acondicionamiento fueron dirigidas por el arquitecto Pedro García González. En aquellos momentos, el Palacio, que hoy es Biblioteca Pública, daba cobijo a tres instituciones benéficas: la Real Casa de Misericordia, el Asilo de Niños Expósitos y la Maternidad.

Sostenidos en buena medida por la aportación económica –siempre exigua– de la Diputación Provincial –desde 1822 los establecimientos benéficos dependían de la Junta municipal de Beneficencia– estos servicios recibieron mayor empuje a partir de 1847, momento en que dicha institución escribe al gobierno «para conocer si la Casa de Niños Expósitos tiene carácter provincial, ya que en caso afirmativo pasaría a ser controlada por la institución». Así fue: el 25 de noviembre de 1849, el Pleno de la Diputación Provincial aprobaba la propuesta de «unificar las Casas de Maternidad, Expósitos y Misericordia, bajo la denominación de Hospicio Provincial de Valladolid».

Hambre y frío

Asediado por la penuria económica, el Hospicio aunaba la finalidad propiamente benéfica con trabajos derivados de su imprenta y de unos talleres textiles, muy poco rentables a tenor de las quejas constantes de los asilados, víctimas del hambre y el frío; el Hospicio también poseía, como nota curiosa, una banda de música que a veces tocaba por las calles.

El ‘Manual Histórico y Descriptivo de Valladolid’, editado en 1861, refiere para ese año una cantidad de 260 niños hospicianos y la división de la institución en secciones de lactancia, destete, maternidad y huérfanos. De esta forma, puede leerse en una publicación de 1863, el Hospicio estaba en disposición de salvar «el honor de las mujeres que han concebido ilegítimamente y evitar infanticidios que la vergüenza provoca», al tiempo que proporcionaba «la lactancia a los niños de ambos sexos que nacen en el departamento de Maternidad y sus madres determinan dejarlos a cargo del Hospicio; a los habidos ilegítimamente y abandonados en cualquier pueblo de la provincia, y a los presentados en el torno del establecimiento o entregados en la Dirección del mismo».

Acogía igualmente a niños huérfanos hasta 7 años, bien por haber sido abandonados por sus padres o porque estos no podían cuidarles a causa de una enfermedad o por insolvencia económica. Las nueve amas de cría empleadas para la lactancia cobraban 50 reales al día. Junto a las Hermanas de la Caridad estaban un capellán rector, un director local, un administrador o depositario, un médico, un cirujano, un mayordomo y un maestro de música y otro de primeras letras, pues además de la enseñanza primaria se impartía música instrumental.

Aquel hospicio u orfanato, como comúnmente se le conocía, fue objeto en febrero de 1955 de un laudatorio reportaje en El Norte de Castilla: contaba entonces con 409 chicos acogidos en tres departamentos, infancia, estudio para niños de 7 a 14 años y, a partir de esta edad, talleres destinados a aprender un oficio. Denominado desde los años 60 del siglo XX Colegio-Residencia ‘Don Juan de Austria’, llegó a acoger más de 300 niños. Ya en 1972, sin embargo, los más pequeños eran enviados a la Casa Cuna que acababa de crearse en el Polígono Arturo Eyries, pues al Palacio le quedaba poco de vida como Hospicio Provincial: en progresivo declive desde mediados 1973, tendría que esperar hasta finales de la década siguiente para recibir del Ministerio los fondos necesarios para su rehabilitación y reforma como sede de la Biblioteca Pública del Estado en Valladolid, función que ejerce desde su inauguración el 3 de mayo de 1990.