El Norte de Castilla

Ana Fernández: «En un entorno adaptado, nadie estaría discapacitado»

Ana Fernández, en la pasarela peatonal Pedro Gómez Bosque
Ana Fernández, en la pasarela peatonal Pedro Gómez Bosque / A. Mingueza
  • La vallisoletana ha ganado el Premio Nacional de la Juventud 2016, en la modalidad de Igualdad, con una memoria de sus logros presentada desde ASPAYM Castilla y León

La silla de ruedas en que se desplaza y el respirador que utiliza las 24 horas del día no le impiden llevar una vida normal. Y es que Ana Fernández (Valladolid, 1987) parece haber nacido para romper barreras. Así lo han pensado también en el Instituto Nacional de la Juventud (INJUVE), una entidad que la ha galardonado con el Premio Nacional de la Juventud 2016 en la modalidad de Igualdad.

Fue ASPAYM Castilla y León, organización en la que participa activamente, la que le invitó a presentarse «por todo lo que representa: es mujer, ha conseguido todo lo que se ha propuesto y tiene un cargo público”, según explica Raquel Pajares, responsable de comunicación. Porque, aunque sean las propias entidades las encargadas de postular a los aspirantes, desde la fundación resaltan que «el objetivo es valorar el esfuerzo de una persona».

Es precisamente esto lo que más le ha ilusionado a Ana. «Pocos premios reconocen lo que has conseguido como persona. Estos hablan de valores, no de méritos concretos», destaca. Su trayectoria –que relató en una memoria– la define por sí misma: tras estudiar Magisterio de Educación Especial y Psicopedagogía, se preparó unas oposiciones del Junta de Castilla y León para trabajar de profesora. Y lo consiguió, en tan solo nueve meses.

No fue esta, sin embargo, la única batalla que tuvo que librar antes de ponerse al frente de un aula. Aunque su buena nota le aseguraba una plaza, «aquellos que optan a las reservadas para personas con discapacidad tienen que pasar otro trámite: que el Centro Base exponga en un escrito que eres apto para impartir docencia», comenta. Una evaluación que es posterior a los ejercicios y que, además, se realiza sin entrevistar al opositor. «Unas personas que no me conocían y que no habían visto cómo me defiendo en el día a día tenían que tomar esa decisión teniendo delante, únicamente, unos informes que referían que tengo distrofia muscular congénita y una discapacidad del 92%», señala.

Las expectativas no eran buenas. Por suerte, un trabajador social que formaba parte de ese equipo evaluador la conocía, a ella y a su tenacidad. «Hay pocas cosas que me paren, aunque me lleve un esfuerzo. Si lo quiero hacer, ya buscaré los recursos necesarios», asegura. Y, como no podía ser de otro modo, lo consiguió.

La naturalidad de los niños

En estos años (superó la convocatoria en 2011), ha trabajado, principalmente, con niños con discapacidad. El pasado curso, sin embargo, un nuevo reto se le puso delante. En el seno del CEIP Miguel Hernández, comenzó a impartir clases de refuerzo en lengua y matemáticas a alumnos que tenían una situación personal complicada. Una coyuntura a la que se suma lo que podría representar otra dificultad: el amplio abanico de edades con las que trabaja, desde primero de Educación Infantil hasta sexto de Primaria.

No ha notado la diferencia. «Son niños que necesitan ayuda, igual que las personas que tenemos discapacidad, pero por otras razones», explica. En este entorno ha demostrado a lo largo de nueve meses –como ya lo hizo antes– que vale lo que tiene: «Estoy sola con los niños toda la mañana, no necesito a nadie más».

Su madre la lleva en coche y la ayuda a disponer las cosas para la clase. Le asiste para quitarse el abrigo, le coloca el portátil y emplaza la agenda a una distancia en la que ella la puede manejar, ya que la distrofia le impide coger peso o separar los brazos más allá de una determinada distancia. «Debilita los músculos del cuerpo, por lo que no puedo hacer ciertas cosas sola (comer, vestirme...). También me dificulta, por ejemplo, la respiración, por eso llevo el aparato».

Unos artefactos llamativos que los estudiantes aceptan con total normalidad. «Los niños son lo más natural del mundo. El primer día te preguntan y ya está. Si tengo que corregir un ejercicio, ellos ven normal ponerme el cuaderno sobre las piernas o colocarme el bolígrafo entre los dedos», relata. Es, en última instancia, un intercambio. «Yo les ayudo con unas cosas y ellos me ayudan con otras».

Y esta reciprocidad, precisamente, contribuye en su formación, más allá de las cifras y las letras. Ana lo explica así: «Procuro que sean responsables. Me ayudan a meter la llave en el ascensor y a entrar en él con orden, apagan la pizarra digital... Son rutinas que se van creando y que los ayudan a crecer y a espabilar».

Hasta tal punto que, durante el pasado curso, un estudiante que se encontraba en una situación bastante complicada formuló una frase que la lleno de ilusión: «Profe, yo te miro y ya no veo el aparato». Sonríe. Ha allanado el camino a muchos que vienen detrás.

Muchos pasos por dar

Una senda, no obstante, en la que faltan muchos pasos por dar. No solo habla de barreras arquitectónicas («todavía hay muchas, pero Valladolid está muy avanzada a ese respecto», puntualiza), sino de normalización social, algo que ella define como su «caballo de batalla». Una puerta amplia, una rampa o un bordillo rebajado sirven, igualmente, a una persona con diversidad funcional que sin ella. «La sociedad es la que pone la discapacidad», advierte. «En un entorno adaptado, nadie estaría discapacitado».

Porque una persona con esta –u otra– enfermedad tiene las mismas necesidades sociales y, por tanto, de movilidad que cualquieraa. Ana sale y entra como el resto de personas de su edad. Ir de bares o al cine son actividades que se complican cuando los autobuses no tienen rampas (o las tienen, pero no funcionan) o cuando las salas de cine no están habilitadas. «Yo me niego a ir a OCINE. Tiene asientos reservados para personas con discapacidad, pero están en primera fila y yo no puedo mover el cuello lo necesario como para ver la pantalla. Pago el mismo importe que los demás y no puedo elegir asiento. En unas instalaciones tan recientes, tendríamos que tener la posibilidad de poder ver la película desde atrás».

El regreso a casa también se torna complicado. En verano, aprovecha las buenas temperaturas y vuelve en su silla, «aunque sean las tres o las cuatro de la mañana». Pero, en invierno, si quiere coger un eurotaxi, cualquier recorrido le cuesta 20 euros, «sean dos kilómetros o dos calles». Un importe difícil de afrontar para ella.

El apoyo familiar

Ana ha convertido su dependencia en una autonomía difícil de comprender sin la figura de su madre. «Siempre bromeo con que, si yo voy por la calle y hay un bordillo difícil de salvar, mi madre sería la última que miraría para atrás. Seguiría andando y yo la alcanzaría. Confía en que puedo hacer las cosas y, si en un momento dado, necesito su ayuda, me la presta», explica resaltando la importancia que ha tenido para ella su entorno familiar. «En mi casa nunca me he sentido diferente, las cosas nunca han girado en torno al hecho de que tengo una discapacidad».

Y fue precisamente su familia, junto con las de otras cuatro pequeños con discapacidad, las que impulsaron el grupo infantil y juvenil de ASPAYM Castilla y León. «Surgió de forma muy espontánea, como reuniones de apoyo, para compartir experiencias. No buscaban elaborar un programa concreto de actividades», declara. Pero ese fue, en último término, lo que consiguieron. Un espacio para que sus hijos no dejaran de ser niños, para que cultivaran sus aficiones.

Y aquí es donde entre ella. La pintura. Uno de sus mayores disfrutes. «Pinto al óleo, cuadros impresionistas, con mucho color. Lo hago desde hace doce años con ayuda de una amiga. Viene a casa y me echa una mano en la parte 'motora': me acerca la lámina, las pinturas... yo hago lo demás», explica con la llaneza de quien no ve obstáculos cuando sobra la capacidad de esfuerzo.

Tanto le gusta el mundo gráfico, que ha convertido su propio cuerpo en un lienzo. Cuatro tatuajes decoran sus brazos. Los luce con orgullo y asegura que no serán los últimos (aunque a su madre no le haga mucha gracia). «Me encantan», confiesa. Unos pájaros huyendo de una jaula como símbolo de libertad, una rosa en el hombro con la leyenda «Viva la vida», cuatro runas vikingas y una máxima de su admirada Frida Khalo: «Pies, para qué os quiero si tengo alas para volar».