El Norte de Castilla

La vida desde los 106 años

Eloísa Pahino
Eloísa Pahino / R. Gómez
  • Eloísa Pahíno, tía del cantante Alfonso Pahíno, sumó ayer seis velas al centenario con un único secreto por conseguirlo: vivir

El color rosa de sus uñas luce perfecto. Pañuelo al cuello conjuntado con la chaqueta negra y la blusa azul marino seleccionadas de su fondo de armario. Una diadema peina el cabello, plateado por el paso de los años. En su mirada, la fatiga de la longevidad, pero la fuerza de la vitalidad. Le acompañan 106 años, más de un siglo de una vida que vino al mundo el 27 de febrero de 1909 en la pequeña población zamorana de Fuentes de Ropel. Desde ahí, con pocos años, se trasladó a Valladolid, su ya Valladolid, la ciudad que ha surcado de huellas el rostro afable de esta centenaria. ¿Su nombre? Eloísa Pahíno García, dice sin apenas pestañear. El apellido viene grapado a un famoso cantante de la ciudad del Pisuerga: Alfonso Pahíno. Es su sobrino, uno de los siete que mantiene y con los que ayer pudo celebrar este asombroso 106 cumpleaños. ¿El secreto? «Vivir, vivirlos, porque hay que vivirlos, y la verdad es que no he hecho cuidado ninguno», resume con naturalidad.

La vida desde los 106 años

El que ya considera su nuevo hogar, la residencia Raíces de la carretera de Rueda, donde reside desde hace nueve años (profesa devoción por su director, Carlos Gago), le organizó ayer una fiesta sorpresa de cumpleaños con familiares y residentes. Al son de las canciones que entona cuando coincide con su querido sobrino, esta centenaria tuvo tiempo de desplegar el retrovisor y echar la vista atrás varias décadas. De cuando vivió en la calle Torrecilla, o de cuando se trasladó a la calle Padilla. Su dedicación fue siempre la costura. Una hermana mayor, dice, era modista, y de ahí el aprendizaje. Y entre patrón y patrón, el ganchillo. Era su pasión.

Soltera por decisión propia, «porque el buey suelto bien se lame», refranea para justificar que «estaba mejor suelta», asegura que el amor nunca llegó a llamar a su puerta. El enamoramiento no existió. Y si llegó a existir se encargó de ahuyentarlo. De ahí que nunca se le pasara por la cabeza lo de tener hijos. «Aunque si les hubiera tenido hubiera sido como otra madre cualquiera».

Es la única de los ocho hermanos que vive y la única que ha alcanzado esta asombrosa edad. Ni siquiera sus padres fueron centenarios. La herencia de la longevidad no existe en su caso. Le falla el oído y tiene problemas en la vista. Se ayuda de un bastón para caminar pero por lo demas, asegura no tener ni un dolor. «Sí tomo alguna pastilla pero tampoco sé para qué», dice restando importancia. Solo en una ocasión ha precisado ingreso en un hospital, «ocho o diez días y no me diga por qué fue porque ni lo sé», espeta con carácter.

Cantar y hablar han sido siempre sus actividades preferidas. La primera la practica siempre que puede, con coplas que le evocan recuerdos del pasado. «Porque yo ví empezar una guerra y afortunadamente la vi terminar», se limita a recordar esta testigo de la transformación de Valladolid. «Aunque yo salía poco de la calle Padilla».

Desde su acogedora habitación de la residencia Raíces se muestra con ánimo de seguir soplando velas. «Aunque una sea ya más vieja que la orilla del río», apostilla riéndose. No tiene metas. Solo la que se plantea desde hace décadas. Vivir. «Y ya veremos a ver hasta dónde llegamos».