«Dios, si existe, debe andar entre neutrinos y quarks. Quizá sea parte de la materia misma; pero todo depende del concepto de Dios que se tenga». Lo aventura Sonia Fernández Vidal (Barcelona 1978), doctora en física cuántica, divulgadora y autora de ' Quantic love ' (La Galera).
En una deliciosa novela que mezcla amor y partículas elementales, explica a los lectores más jóvenes con llaneza y rigor conceptos cuánticos muy complejos. Ha querido presentarla en el CERN de Ginebra donde transcurre, la casa del gran colisionador de hadrones, la máquina más grande del mundo. Un mega acelerador de partículas en el que las mejores mentes del globo tratan de recrear qué pasó en el instante primordial, en la gran explosión del big bang que dio origen al universo hace 14.000 millones de años.
Los científicos del Centro Europeo de Investigación Nuclear generan cada segundo 40 millones de colisiones de unas partículas de inimaginable pequeñez en una tubería de casi 30 kilómetros, a cien metros bajo tierra, al filo de la velocidad de la luz y a menos 270 grados para recrear aquel instante original, generando temperaturas cien mil veces superiores a las del centro del sol.
¿Juegan los físicos a ser Dios o a explicarlo? «El juego no es ser Dios, sino saber cómo lo hizo; jugamos con una máquina del tiempo para ver qué leyes rigieron en el big bang y aproximarnos los más posible al instante original generando esa materia primordial, esa sopa de quarks y gluones que creó la materia y todo el universo cuando todo el cosmos se concentraba en un punto más pequeño que una mota de polvo», explica la doctora. «No creo que la ciencia tenga la capacidad de definir qué es la verdad, ni que tenga las herramientas para decirnos si Dios existe o no, o lo que es».
Fernández Vidal investigó casi dos años en el CERN, hasta que se despertó en ella la inquietud divulgadora. Publicó 'La puerta de los tres cerrojos', un inesperado bombazo que va por la séptima edición -60.000 ejemplares- y en al que anticipó el estilo divertido y desenfadado al que regresa con 'Quantic love'.
«Estoy enamorada de la ciencia y quiero compartir con los lectores esa pasión, abrir caminos a los más jóvenes mezclando amor y física cuántica», dice con una franca sonrisa que invita a saltar de su mano a una piscina de uranio enriquecido sintiéndose a salvo. El éxito editorial le ha permitido bajarse del tren de la investigación y subirse en marcha al de la divulgación. «¿Por qué no poner de moda la ciencia?», propone.