Noche rusa, sin rusos. Un concierto y una sinfonía frutos de las heridas de la historia: la biografía de Rachmaninov, el primero, la traducción musical de la Guerra de la Madre Patria por Shostakovich, la segunda. Al frente de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, Alejandro Posada, su anterior titular, y como solista, un pianista italiano de ecléctica formación, Alessio Bax.
El considerado 'concierto del siglo XX', el 'Segundo' de Rachmaninov, planteaba el reto de lo conocido. Partitura a dominar por el pianista que aspira a serlo, Bax (1977) era consciente de las escasas bazas para colarse en el oído del público y hacerles olvidar las innumerables grabaciones y versiones. Y, como si no hubiera transcurrido un siglo desde que se estrenara en 1901, se adaptó al espíritu romántico y melódico de quien no se sumó a la vanguardia por decisión propia. Limpió la partitura y la transitó sin aspavientos, contenido sobre el Steinway Sokolov de la casa. Dominó su parte y escuchó atento a los músicos. En el allegro las cascadas de notas que salían de las pequeñas manos del italiano -no padece el síndrome de Margan del compositor- contrastaban con el susurro orquestal. Susurro y explosión sinfónica venían después. El año que moría Rachmaninov, en la casa de Beverly Hills que había comprado recientemente en una gira, en 1943, se estrenaba la 'Octava sinfonía' de Shostakovich. Lo hacía su amigo Mravinsky a quien se la había dedicado en noviembre. Nueve meses antes, el 2 de febrero, terminaba el asedio alemán a Stalingrado, con derrota nazi y dos millones de muertos. La 'Numancia' soviética inspiró la 'Octava', tras una 'Séptima' dedicada a Leningrado. Sinfonía larga que requiere una orquesta redoblada en los bajos y la percusión. La mayoría de la plantilla de la OSCyL, convocada. Shostakovich vuelve a confiar el frío al cuerpo de los violines, el dolor del paso marcial que se retira o avanza en el hielo, a contrabajos y chelos, el subrayado dramático, a la percusión y excepcionales voces, a los vientos. Lanuza, al flautín, Cebrián a la flauta, Sebastián Gimeno al oboe, Salvador Alberola con el fagot, Roberto Bodí a la trompeta, tuvieron sus momentos estelares en ese largo viaje sinfónico. Hubo algunos abandonos del público. Posada danzó sobre el podio, poco que ver con la cadencia certera y austera de la mano de Mravinsky.