«La poesía disfruta de un mala salud de hierro». Lo asegura risueña Francisca Aguirre (Alicante, 1930), que cuarenta años después de la publicación de su primer poemario veía recompensada su perseverancia poética con el Premio Nacional de Poesía 2011, el de más alto rango institucional. Lo obtuvo gracias a 'Historia de una anatomía', un poemario en el que casa «humor negro y melancolía» y que no deja de darle satisfacciones. Publicado por Hiperión, el pasado año ya obtuvo el premio Miguel Hernández, dotado con 24.000 euros. Cultura le premia ahora con los 20.000 euros de 'bolsa' del galardón que concede anualmente para distinguir al mejor poemario publicado en el último curso editorial.
«Es un libro en torno al cuerpo, en el que, como un notario, doy cuenta de la historia de mis huesos y la historia de mi vida, de lo que la reviste» avanza Aguirre. Original en su planteamiento lírico, presenta al cuerpo como sujeto de pruebas médicas en poemas como 'Radiografía', y se ocupa de elementos físicos - 'Columna vertebral', 'El pelo', 'La piel'-, o espirituales - 'La memoria', 'Las pasiones', 'La voluntad', 'Los sueños', La esperanza'-. «Está hecho con cierto sentido del humor, un pelín negro, y al tiempo algo melancólico», explica la jovial octogenaria Paca Aguirre. «Quien escribe es consciente del desastre del cuerpo y de los estragos del tiempo; y es también un homenaje a mi padre, sobre todo al final del libro; a partir de los datos personales, quería muy deliberadamente que se supiera quién era mi padre y que este libro era para él», precisa recordando a Lorenzo Aguirre, pintor que compartió celda con Miguel Hernández fusilado por los franquistas en 1942.
«Con la excepción de los poetas satíricos y los que optan por el humor negro, la poesía no suele ir de la mano del humor», reconoce Aguirre. «Los poemarios adolecen de humor y tienden hacia la melancolía que lleva implícita el recuerdo y la evocación del pasado», admite una poeta muy apegada a la realidad. «Escribo siempre sobre lo que he vivido. Raramente invento, aunque a veces la historia me invente a mí, o algo de mí, para mirarme desde fuera», explica. A su juicio «la poesía sirve hoy para lo mismo que sirvió siempre», para que podamos movernos en el territorio de lo inefable. «Es el paño de lágrimas de las personas sensibles. Sirve para cantar lo que no tienes, lo que has pedido, lo que anhelas, lo que se fue».