Como no podía ser menos en una semana en que todos los días se ha abierto la puerta grande del coso del Paseo de Zorrilla, el amable público que asiste al festejo de rejones también quiso sacar en hombros a dos de los jinetes que actuaron en la última del abono de la Virgen de San Lorenzo.
Con todo merecimiento lo consiguió Diego Ventura, que dio todo un recital de toreo a caballo, ante los buenos toros de Niño de la Capea, que lidió con sus tres hierros. Ya en su primero, el sevillano estuvo en maestro, templando las embestidas del excelente ejemplar, clavando en corto y muy reunido y llenando plaza en todo momento, tanto en lo fundamental como en los perfectos alardes de doma. Tras un gran par a dos manos y un certero rejonazo, el presidente, después de una semana de tantos dispendios, se puso estrecho y le negó una segunda oreja solicitada por unanimidad.
Pero Ventura volvió a arrollar con el quinto, otro toro de gran calidad, con el que formó un auténtico alboroto en una faena intensa, sin tiempos muertos y de mucha pureza en los embroques. Redondeó su obra clavando tres rosas -arpones adornados con motivos florales- sin solución de continuidad en un palmo de terreno y con un rejonazo fulminante. Esta vez el público prácticamente obligó al palco a la concesión del rabo.
Le acompañó en la salida a hombros el joven Leonardo Hernández, que paseó un trofeo de cada toro del lote con que se presentó en Valladolid, a pesar de pinchar antes de los rejonazos definitivos. La del tercero, que cortaba y echaba la cara arriba, fue una faena de mérito y a más, con el brillante colofón de clavar una rosa yendo al toro totalmente de frente. Con el sexto, de mejor condición, Hernández, con pureza y mucha rectitud en cada encuentro, echó el resto para no salir a pie de la plaza.
Abrió plaza Sergio Vegas ante un toro manso en permanente huida, al que se esforzó en sujetar en una labor deslucida y trabajosa en terrenos de tablas. Pudo desquitarse con el segundo de su lote, después de que, por partirse una mano, se devolviera sorprendentemente a los corrales al titular casi al final de la faena del vallisoletano. El sobrero también fue noble y bravo, y la actuación del rejoneador de Rueda, que entre unas cosas y otras estuvo en la arena casi la mitad del tiempo que duró la corrida, no pasó de discreta por su escaso ajuste y su ligereza al clavar.