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Viaje escrito sobre la marcha

LOS CUATRO CANTONES

Viaje escrito sobre la marcha

«Que no me digan que Palencia no merece la pena, que no oiga, por favor, que no me digan que aquí no se puede hacer nada»

26.06.11 - 01:51 -
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Hoy viajamos a nuestro querido Cerrato, paraje dejado de la mano de Dios que muchos capitalinos, no sé si porque lo desprecian o porque no saben que existe, no suelen visitar, belleza natural que en primavera encuentra su tiempo más propicio. Está verde y hermoso, ondulado, con el mar de cereal agitado en blando movimiento, prendido de amapolas y caminos que serpean los cerros dibujándose sobre la tierra como en los cuentos.
Hemos dejado atrás Reinoso, luego Villaviudas, donde el viajero puede perderse en el 'paseo de las lilas'. En Baltanás, tenemos parada obligada en el reciente museo, cuya visita me hace recordar a Gonzalo Alcalde Crespo, uno de sus promotores y compañero de letras. En él aprendemos cómo se formaron los característicos cerros que dan lugar al nombre de esta comarca. Antaño, hace millones de años, hubo un mar con fondo formado por sedimentos de moluscos muertos que pasó a mejor vida dejando su rastro calizo, polvo de esqueletos. El proceso geológico posterior abrió valles y cerros dejando lo que ahora contemplo. El museo nos deja percibir el olor del Cerrato durante las cuatro estaciones del año. Nos gusta mucho el aroma de la primavera y también, aunque un poco menos, el del verano. Tocamos y distinguimos la cebada, el trigo, la avena y el centeno. Vemos expuestas fotografías de palomares, bodegas y cuevas, que en estos parajes fueron habitadas hasta los años sesenta. Estudiamos el mapa y retenemos los pueblos más conocidos, escuchamos la dulzaina y con su sonido reverberando en la memoria salimos en dirección hacia Cevico Navero, parada y fonda.
Yeso típico del Cerrato
Comemos queso, ensalada y chuletillas en Los Torreros, cueva adaptada a mesón en cuyo techo Blanca y Carmen se han provisto de yeso, mineral típico que brilla al sol cual luciérnaga diurna. Buen mesón y buen precio, lugar en altozano en cuya terraza puedes hablar con los paisanos. Ahí he empezado a escribir este artículo que guiso al compás del viaje. Lo prosigo en el iPhone junto a la encina de Cevico, anciana señora de ochocientos años cuyo tronco robusto sostiene un arbóreo manto tejido con hilos de tiempo. El viento azuza sobre el páramo y todos aprovechamos para sestear. Adoro estos lugares y estar en ellos, quizás porque desde la belleza alcanzamos sentimientos más nobles y acrecienta el amor hacia mi provincia. Duermo un poco, con permiso del lector. Luego seguiremos, si Dios quiere, hacia la enebra de Antigüedad. Ciao.
Son las siete menos cinco de la tarde. Tras recorrer la bella carretera comarcal desde Cevico Navero, paramos en el Bar Begori de Antigüedad. Hemos visto las obras de remodelación que Siro realiza en el monasterio en ruinas; también hemos pasado por la cañada real, recorriéndola un tramo ante la mirada vigilante de un hermoso mastín. Luego -era uno de los objetivos del día- hemos tomado el sendero calizo, resto del antiguo fondo del mar, que lleva a la enebra de Antigüedad, lugar de promisión que hace tres o cuatro años no visitábamos. Me he abrazado a ella después de comprobar que su melena roza hermosamente el suelo y le he dicho, por lo bajo, que la amo. La enebra, en realidad una sabina, tiene cerca de dos mil quinientos años de antigüedad. Estas plantas engrosan su tronco unos pocos centímetros cada cincuenta años, de manera que si el lector percibe que mi abrazo no la abarca, le será fácil imaginar algún ejército romano cabalgando por sus cercanías o, más acá en el tiempo, a la propia Juana La Loca, que por aquí pasó llorando tras el cortejo fúnebre de su amado Felipe El Hermoso. Solitaria mi sabina, al viento desmelenada, me he llevado su energía tras abrazarla, eje axial que une tierra y cielo, hombre y cosmos, realidad y sentido telúrico, me he fundido con la totalidad dejando pasar por la mente todo lo que quiero y, con ello, la esencia pura de todo lo que me abraza.
Cultivos y robledales
Carmen asoma a la pantalla del iPhone y pregunta si nos vamos. Seguimos nuestro periplo de hoy, viaje que al propio tiempo está gestando su memoria en un nuevo artículo. Retomo la redacción tras recorrer primero la carretera que une Antigüedad con Baltanás, bello pasillo que discurre entre laderas cultivadas y robledales. Cinco o seis kilómetros antes de Baltanás, ascendemos un robledal por un camino pedregoso buscando la cima del páramo. Hace años encontramos un rebaño de quinientas ovejas y entablamos amistad con el pastor, hombre amable y sencillo de pelo cano y rizado, personaje anclado en la memoria que, quizás, como si nuestra voluntad unida al recuerdo pudiera detener el curso de los sucesos, pienso que permanece esperándonos. No hay nadie, ni rastro del grato recuerdo, ni siquiera los pastos permanecen, pues la tierra está sembrada. Si lo llego a saber, no subo, ya que ahora no podré imaginarle cuando paso; un campo cultivado ha borrado el pastor del espacio, fatalidad con la que no contaba, pero el viajero se adapta a lo vivido y no protesta, integra la experiencia frustrada como un ingrediente del propio viaje.
Seguimos el rastro de la luz hacia poniente apurando el sentido inverso del viaje. Estamos cansados y deseosos de llegar a casa, donde termino la redacción. La alfombra de asfalto es nuestro cauce, se desenrolla a nuestro paso hasta que la ciudad, precisamente hoy que hemos huido buscando el refugio contemplativo del campo, nos recibe. Que no me digan que Palencia no merece la pena, que no oiga, por favor, que no me digan que aquí no se puede hacer nada. Un poco de gasolina, voluntad de reencuentro y ver más allá, ganas de integrarnos en lo que nos une. Pocas pretensiones y sesenta euros han bastado para recuperar la memoria de uno de nuestros paisajes favoritos. Hay que dar gracias y el amén es vocablo casi parecido al fin.
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Encina de Cevico Navero. :: GUILLERMO DE MIGUEL AMIEVA

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