A la sombra que abrazan los chopos, mecidas sus hojas por el viento que surca el camino a las tormentas secas del atardecer estival, reposa en un banco Horacio Rodríguez y un acompañante anónimo -«no me llamo»-. Hace apenas unos minutos que culminó la faena en su afición preferida, mimar su huerto, pero Horacio, 84 años cargados de vitalidad, disfruta ahora del remanso de tranquilidad de un pueblo que casi cuenta a sus vecinos de invierno con los dedos de las dos manos. «Aquí se está superior», define con entusiasmo mientras empuja la pequeña puerta de madera que da acceso a su huerto, en plena chopera. Y advierte: «Está todo sin cavar eh, porque yo ya con mi edad no me puedo agachar».
Una docena de plantas de pimientos y otras más de tomates -«que este año vienen adelantados»- empiezan a aflorar en cuatro surcos. Su riego diario y la retirada de las «cuatro hierbas» que puedan nacer acaparan el ocio de este jubilado, acostumbrado a residir en un pueblo huérfano de bar (hay uno ocasional del Ayuntamiento en el que cada uno se sirve su bebida) y tiendas (el panadero reparte cada dos días).
Los huertos alcanzan en esta época del año su apogeo entre una población que roza la docena de vecinos en invierno. Hay al menos una decena de terrenos hortícolas, varios de ellos junto al de Horacio, muy próximo a su vez de una fuente del siglo XIX que estos días surte agua a tomates, cebollas, pimientos, calabacines y pimientos.
Tomás Martínez, regadera de plástico en mano, da fe de ello. Las nubes anuncian agua pero echa mano del refrán para justificar su labor: «El agua del cielo no quita riego». Y prosigue hasta su terreno.
San Pelayo, entre Torrelobatón y Castromonte, es uno de los pueblos más pequeños de la provincia de Valladolid. Su padrón contabiliza 59 censados, pero se aleja de la realidad de habitantes. Hace siete años que no nace ningún niño, pero el interés por la tranquilidad ajena al estrés de la ciudad empieza a tener adeptos en este pequeño valle. De ahí que el Ayuntamiento haya optado por subastar este verano seis parcelas a bajo precio para que los interesados puedan construir en ellas en un plazo máximo de cinco años. «Así daremos un poco de vida al pueblo», justifica Pedro Fraile, alcalde electo.
Por contradictorio que pueda parecer, las arcas de San Pelayo presumen en cambio de inversiones. Una media de 70.000 euros al año. ¿El secreto? Más de un centenar de hectáreas municipales de labranza en renta y varios molinos eólicos en término municipal. Estos últimos se divisan desde gran parte del pequeño pueblo, especialmente desde la iglesia de la Asunción, situada en las afueras.
El templo, como el pueblo, enmudece en invierno. Las misas entonces se trasladan a la ermita del Cristo de los Supiros, el patrón de San Pelayo, un crucificado al que veneran la primera semana de junio. Entonces lo acompañan en procesión hasta el límite con el vecino municipio de Torrelobatón. Para entonces el bullicio está asegurado. Jóvenes y mayores rompen la tranquilidad. Aunque los huertos no entiendan de fiestas.