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«No hay peor enemigo que el entusiasmo del público»

CULTURA

«No hay peor enemigo que el entusiasmo del público»

Javier Martínez Director del Festival Internacional de Teatro y Artes de Calle

22.05.11 - 01:36 -
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Dirige el Festival Internacional de Teatro y Artes de Calle de Valladolid (TAC) desde su origen y cada año añade a la programación sus 'píldoras' de filosofía respecto a qué pretende que sea para él, Javier Martínez, este evento. «De entrada, es la gran fiesta del teatro, pero me preocupa que la gente lo sienta como algo puntual. Queremos que sea el resumen del trabajo hecho a lo largo de todo el año en nuestra programación». Los aficionados al teatro 'de autor' están acostumbrados a encontrarse con Martínez en la puerta de la Sala Ambigú, el espacio 'indie' de la escena local y cuya programación anual también es obra suya.
A veces le preguntan cosas como ¿por qué elegir 260 espectáculos de todo tipo y no 10 buenos y muy selectos? Y Javier Martínez saca su particular manual de programador para resumir las cuatro claves de lo quiere que sea el TAC este año. Primera: «Ofrecer cosas que sugieran algo para que luego lo transforme el espectador. Hay que ir a buscarle a esos lugares donde construye su vida». Segunda: «Los espectáculos no son propuestas individuales, sino colectivas. ¿260 montajes en lugar de 10? Todo es parte de lo que hay, de lo que somos». Tercera: «Las cartas de la baraja escénica hay que dárselas al ciudadano. Multigeneración, sin edades. Hay que contar con todos». Y cuarta: «Respeto absoluto de los espacios elegidos y su relación con el público».
A pesar de este vademécum global en el que vanguardias, teatro infantil, alternativo, circo y hasta ópera, entre otros géneros, se dan la mano, Martínez no esconde su querencia al nuevo circo, cuyo trazado es reconocible desde hace años. Y este 2011 no será una excepción. «Es que es la 'madre' que amamanta al resto. El circo nunca estuvo en crisis -asegura-. Ha pasado de ser magia, repetición y riesgo, pero sin contar nada, a incorporar a todo tipo de dramaturgos y teatreros».
A pesar de los brutales recortes generales, el TAC no piensa solo en sobrevivir, sino en «doblar la apuesta» que pueda acercarle a la elite de las programaciones europeas. Su director cree que hay una importante batalla ganada: la del público: «Las compañías que vienen por aquí destacan el respeto y la complicidad del ciudadano. En 12 años no ha habido un solo incidente» (esto último podría 'matizarse'). Cuando finalice el festival, volverán a lanzarse las inevitables cifras. Seguro que desde el Ayuntamiento nadie dará un dato inferior a los 200.000 espectadores que ya se dieron el año pasado (y el anterior, y el otro...). Pero más importante que una cifra, es un público. «Hemos tenido paciencia y llevamos años educando al ciudadano, al que solo le marcamos las reglas del juego».
Lo demás es la 'ley de la calle'. Una ley cada vez más democrática que este año incorpora nuevos lugares hasta superar los 35 escenarios en los que se representará todo ese proceso transformador de la realidad del que habla Javier Martínez. En este sentido, también ha habido la sensibilidad suficiente para abrir el abanico y huir de la tentación de «centrar para abarrotar».
Transformar la realidad
Normas de urbanidad en las que la cultura en las rúas puede jugar su papel dentro del 'teatro de la vida'. Martínez, que acaba de ser elegido entre los diez programadores que seleccionarán los espectáculos que Asuntos Exteriores 'exportará' a otras tierras, todavía cree en esa capacidad del arte para «el crecimiento personal, la creación de pequeños microcosmos que ayuden a que las cosas cambien desde abajo».
Para el futuro, Javier Martínez trata de luchar contra una muerte prematura a causa del éxito. «No hay peor enemigo que el entusiasmo del público. Hay que programar a contracorriente y buscar aquello que, latentemente, crees que puede apetecer al público», promete. Sabe que nunca le dejarán cumplir su fantasía: hacer un festival de calle sin calles, «fuera de la ciudad». Al fin y al cabo, el TAC es una forma de que la gente reconquiste lo que es suyo, pero también, «otra forma de 'vender' la ciudad».
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