Pura física. Las leyes que gobiernan el mundo que nos rodea son las mismas que determinan el consumo de combustible de un automóvil. Un coche grande y pesado siempre gastará más que un liviano utilitario, y una conducción a golpe de violentos acelerones nos convertirá en los mejores clientes de la estación de servicio más próxima. La inestabilidad del norte de África ha hecho que se enciendan todas las alarmas ante un eventual problema de aprovisionamiento de crudo, y el Gobierno ha sacado a la luz una panoplia de medidas destinadas a ahorrar combustible. La primera y más polémica, la limitación de la velocidad máxima a 110 por hora, entrará en vigor el lunes que viene. Y no será la única. El ministro de Industria, Miguel Sebastián, anunció anteayer un plan para subvencionar neumáticos que contribuyen al ahorro de combustible. Aunque no llegó a concretar de dónde saldría el dinero, habló de aprovisionar fondos para sustituir 240.000 cubiertas. La iniciativa beneficiaría a unos 60.000 coches (el 0,2% del total del parque móvil español).
En la cartera gubernamental aguardan otras medidas de carácter restrictivo que están en línea con las que aplican otros países y que van de la prohibición de circular a los vehículos con más años (los que más gastan) a la fórmula de alternar las matrículas: un día solo pueden salir a la carretera los coches con números pares, y al siguiente, los impares. La aplicación o no de esos planes dependerá de la evolución de los acontecimientos en los países norteafricanos y su incidencia en el precio del crudo.
Nociones básicas
En las gasolineras todas esas cosas se ven muy lejos y lo que cuenta es que llenar el depósito cuesta cada día más. El combustible ha alcanzado precios insospechados -la gasolina marcó ayer un máximo histórico: 1,30 euros/litro- y no parece que las cosas vayan a cambiar. La mayoría de los automovilistas procura sacar el máximo rendimiento a cada gota de carburante con un estilo de conducción dictado por las normas del sentido común: evitar las maniobras bruscas, que el motor no vaya muy alto de vueltas, tener el coche a punto... Son nociones básicas adquiridas como resultado de la experiencia al volante que se pueden perfeccionar con la adopción de sencillas técnicas de conducción que suponen ahorros de carburante de hasta el 15%. Durante años se han impartido en la mayor parte de las ciudades españolas unos cursillos de técnicas de conducción económica auspiciados por instituciones y asociaciones de automovilistas.
Los especialistas dejaban al cursillista al volante para que hiciese un determinado recorrido urbano sin darle instrucción alguna y luego le invitaban a repetirlo aplicando una serie de técnicas de ahorro. «Lo normal es que en el segundo recorrido el consumo descendiese un 15%, aunque a veces el ahorro era aún mayor», cuenta Luis Murguía, cursillista y asesor de movilidad del Real Automóvil Club.
¿Y cuáles son esas técnicas de ahorro? «No hay una fórmula mágica, sino que se trata de aplicar un listado de buenas prácticas que empieza por tener el coche en buenas condiciones». El especialista recuerda que la gran mayoría de los automóviles circulan sin verificar la presión de las ruedas, un factor fundamental en el ahorro de combustible. «Bien por pereza o porque los manómetros de las gasolineras están averiados, dos de cada tres coches llevan menos presión de lo que deberían y eso hace que se resientan los consumos».
Murguía aconseja hinchar los neumáticos unas dos décimas por encima de la presión que marcan los fabricantes para optimizar el ahorro de combustible. «Cuanto mayor es la presión menor es la rozadura, pero conviene no pasarse porque el neumático se desgasta de forma irregular». Otra recomendación básica en el terreno mecánico es cumplir los plazos de revisión, ya que elementos como el filtro de aire pueden hacer que el gasto de carburante se dispare si obstaculizan la 'respiración' del motor.
Pero donde de verdad se ahorra es en el puesto de conducción. Lo de dar acelerones nada más arrancar en parado no tiene sentido. Conviene emprender camino en cuanto el motor haya empezado a girar. El cambio de marchas es un instrumento clave: la norma es procurar que el motor funcione la mayor parte del tiempo a bajas revoluciones y para ello hay que recurrir a las velocidades largas. La primera solo se engrana para las salidas y a partir de los 30 km/h conviene meter la tercera. Cada vehículo es un mundo, pero la regla sería procurar llevar los coches de gasolina entre 2.000 y 2.500 revoluciones y los de gasóleo, entre 1.500 y 2.000.
La anticipación es otro de los pilares de la conducción económica. Nada de acelerar cuando sabemos que se aproxima un cruce o un semáforo que va a cambiar de color. La velocidad debe ser constante y deben desterrarse los golpes bruscos tanto al arrancar como al parar. La mejor forma de aplicar esa norma es mantener una distancia de seguridad con el coche que nos precede. «Muy poca gente deja ese margen de seguridad, que en una conducción económica es algo básico, porque permite anticiparnos en maniobras como las frenadas», explica el especialista.
Recurrir al motor para aminorar la velocidad es otro de los 'trucos' que se enseñan en los cursillos. «Hay que acostumbrarse a frenar soltando el acelerador, porque cuando lo haces el coche se desliza sin consumir ni una gota de combustible». Ese principio es también fundamental a la hora de aprovechar las inercias cuando se recorren calles ligeramente descendentes. En los cursillos no puede faltar, claro está, una advertencia básica sobre la velocidad. «Hay que hacerse a la idea -advierte Murguía- de que la resistencia aerodinámica hace que el consumo se dispare a medida que crece la velocidad, así que para una conducción económica lo primero es no correr».
«No hay una fórmula milagrosa pero sumando todas esas técnicas se obtienen ahorros significativos», insiste el especialista. La prueba es que ha conseguido que el consumo medio de su coche particular, una berlina diesel, se reduzca casi un litro. «Antes de empezar a dar los cursillos se me ponía por encima de los 6 litros, pero desde que me discipliné no paso de los 5,5 litros a los cien».
Y ese pequeño ahorro tiene su recompensa económica: al menos unos 260 euros si se recorren 20.000 kilómetros al año.