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Túnez: la revolución de los geranios

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Túnez: la revolución de los geranios

23.01.11 - 01:08 -
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Sobre las ruinas de Cartago florecen los jazmines en enero y los manifestantes han puesto en la boca de fuego de los fusiles policiales flores de geranio cortadas en los jardines de la capital. No han aparecido aún en las calles de Túnez grandes pancartas ni han ondeado en la rebelión urbana otras banderas que la nacional, mientras los policías más jóvenes sonríen parapetados tras su escudo transparente cuando ven desfilar a la multitud celebrando el final de la dictadura y gritando su consigna cotidiana. Desde el inicio de la revuelta popular, los tunecinos muestran solo pequeños carteles con órdenes muy precisas, como si quisieran imitar el estilo lacónico y la voz de mando de quienes, hasta la semana pasada, les mantenían en silencio bajo su régimen represor: «Tenemos hambre», «Ben Alí, márchate», «Fuera torturadores», «Dégagez»… Esas son algunas consignas de los manifestantes que montan guardia, mientras el Gobierno transitorio ilegaliza la dictadura, acorrala al exsultán Ben Alí, suelta a los presos políticos y legitima a todos los partidos. No hay ya enfrentamientos en la calle, vigilada por los tanques floreados, sino clamor popular en estado puro. A los hambrientos que reclamaban hace dos semanas la rebaja del precio del pan les acompañan ahora magistrados, comerciantes, periodistas, profesores y estudiantes universitarios en paro.
Aparentemente, la insurrección ha ganado la primera batalla, pero el gran problema del ocaso de las dictaduras es la densa oscuridad que dejan detrás sus atrocidades y el tropel de sus leales en fuga: la corrupción no se lava en dos días, el ejército y el Estado son la misma cosa y el futuro de un pueblo que se cree libre se juega a veces en el secreto de una conspiración No basta cambiar la bombilla fundida por otra con apariencia de garantía democrática para que una dictadura se apague.
Mientras se hace la luz, los dirigentes de esa extensa región árabe entre Mauritania y Siria miran para otra parte, observando preocupados o lamentando la deriva tunecina; pero los ciudadanos de esos países siguen con insólito interés las emisiones de la cadena Al Jazira sobre la revuelta tunecina y muchos empiezan a echar sus cálculos. El efecto de contagio se deberá a esas informaciones más que al espíritu de los kamikazes que se inmolan en Egipto y en Argelia emulando la gloria del joven Mohamed Bouazizi, símbolo de la rebelión de los descamisados en Túnez.
De mis tiempos de corresponsal en París conservo dos buenos amigos magrebíes que se convierten en oráculos de la prensa en cuanto algo se mueve al norte del Sahara. Ellos, el escritor marroquí Tahar Ben Jelloum y el politólogo de origen argelino Sami Nair, raramente coinciden en sus análisis, porque su origen y su historia personal les provoca quizá una permanente divergencia de opiniones; pero en esta ocasión los dos pronosticaron una semana antes la caída de Ben Alí y temen ahora la aparición de las banderas verdes de los islamistas. Ambos creen probable también la extensión de esa protesta popular a los países vecinos, con más o menos intensidad. También reclaman una revisión en Europa de los temores que suscitan aquí los musulmanes.
Del Magreb, colonizado hasta hace medio siglo, llegan a las costas europeas del Mediterráneo pateras cargadas de emigrantes y noticias muy confusas; la más preocupante, el anuncio de la creciente invasión islamista desde Egipto a Marruecos, el peligro de un terror que hace temblar a los ciudadanos de las democracias poderosas desde la destrucción de las Torres Gemelas. Esa amenaza es la coartada perfecta de los líderes autocráticos, gobiernos dictatoriales y monarquías absolutas para convencer a sus antiguos colonizadores de la conveniencia de mantener allí regímenes cercanos al sultanato. A fuer de aniquilar a la hidra y alzarse como baluartes frente al islamismo radical, a los jefes de esos países se les permite manipular elecciones, reprimir libertades y corromper la maquinaria del Estado en nombre de la sacrosanta consigna occidental: vade retro, islam… La incapacidad de Europa para corregir esa deriva social y política en el Magreb nace de las viejas ataduras y prejuicios coloniales que se han convertido en mercadeo de intereses entre la metrópoli y sus viejos súbditos; el caso de Francia, especialmente en la época de Mitterrand, es flagrante. Ahora la inepcia y la consiguiente parálisis han llegado al punto de que la Unión Europea es incapaz de organizar las famosas cumbres mediterráneas.
Para montar una dictadura basta un clamor basado en la tontuna colectiva, la osadía moderada de un líder fatuo y la promesa de victoria contra algún enemigo cercano. Como a todo ser vivo, también el vacío produce vértigo a los pueblos habituados a obedecer al cayado del pastor. En el partido único del derrocado Ben Ali militaban más de dos millones de tunecinos. Eran los que votaban en masa para garantizarle el poder con el 95% de los sufragios. Nunca un dictador había sido derrocado solo por su pueblo en un país árabe. Por la avenida Habib Burguiba de la capital tunecina han desfilado miles de manifestantes, pero este barómetro de la rebelión popular fue capaz de incendiar el palacio y marcar su tiempo.
El miedo ya no circula por las calles de Túnez. Tampoco el ansia de revancha. -Al cabo, ¿qué más nos da unos cuantos muertos más después del centenar de víctimas? -preguntaba ante el palacio presidencial un joven estudiante. Los geranios del parque Belvéderè siempre están floridos.
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