Desde su pedestal de granito, don Daniel mira como enfadado. Parece un viejo cascarrabias, con su barba bíblica y sus cejas fruncidas. Sin duda, Barral captó ese pronto que el artista sacaba a relucir en situaciones concretas, aunque en el fondo era un pedazo de pan, un ser «adorable» y de trato «encantador» que hacía sentirse a quien estuviera con él «en presencia de la más pura energía humana», en palabras de Ramón Pérez de Ayala. La figura granítica de Daniel salida del cincel del joven Barral es el testimonio urbano de un hombre irrepetible, fundador de una dinastía de artistas y mentor del otro gran Zuloaga, Ignacio, el pintor.
Llegó Daniel Zuloaga Boneta a Segovia en 1893. Le habían encargado la decoración de la fachada del Ministerio de Fomento y, como los hornos que tenía en la calle Vallehermoso de Madrid se le quedaban pequeños para tan gigantesca obra, decidió instalarse en la fábrica de los hermanos Vargas, con quienes formó una pequeña empresa para acometer el trabajo comprometido. Con el tiempo surgieron discrepancias que llevaron a Daniel a Guipúzcoa, donde permaneció algo más de un año.
Regresado a su Segovia en 1907, montó el taller en la iglesia de San Juan de los Caballeros, que había adquirido tres años antes. Y puede decirse que ahí comenzó todo, porque las piezas de arte que salían de los hornos, los 'cacharros' que él decía, fueron inundando poco a poco las naves del viejo templo.
Recluido en su iglesia y rodeado de su mujer, Emilia Estringana, sus hijos Cándida, Esperanza, Juan y Teodora, y algunos discípulos de enorme valía -entre ellos, los futuros artistas Fernando Arranz, Alejandro González Alex, Manuel Bernardo o Isidoro Esteban-, Daniel amplió procedimientos «usando materias diferentes y soñando metalizaciones», porque «en este arte siempre hay que estar estudiando los procesos del fuego y sus fórmulas de alquimia, tan complicadas y tan sorprendentes», recordaba su hijo Juan en 1954.
Daniel Zuloaga utilizó el soporte de sus cerámicas para estampar las costumbres, los monumentos desaparecidos y los paisanos que veía en el Azoguejo o en la Plaza Mayor los días bulliciosos de mercado, motivos locales que elaboró con exquisita técnica y afán de perfección. «En este estudio-taller hago mi industria artística, como hacen los japoneses; mi trabajo es personal, mis piezas y decoraciones son únicas y ninguna se parece a otra. Repito poco y así he conseguido que mis objetos sean buscados», reconocería él mismo.
Nacido en Madrid en 1852, Daniel se había formado en su juventud en las fábricas de porcelana de Sèvres, pero siempre quiso hacer todo lo contrario que allí vio porque «una cosa es la vajilla para comer en irreprochable materia y otra el objeto decorativo, que no tiene más misión que la de alegrar la vista y el espíritu refinado», escribió su hijo.
El día 27 de diciembre de 1921, a las ocho de la mañana, Zuloaga expiraba en su vivienda de San Juan de los Caballeros. Tenía 69 años. La ciudad entera se vistió de luto y acompañó el féretro hasta el cementerio del Ángel, donde fue inhumado.