ESTÁN a punto de dar las doce de la noche y la mayoría de los españoles están despiertos. Esperan con ganas la llegada de un nuevo año. Miles de ojos miran atentos las pantallas de televisión en las que los diferentes presentadores explican cómo hay que comer las doce uvas de la suerte para no equivocarse con el reloj. En muchas casas, las copas están preparadas para brindar y las familias y amigos listos para abrazarse después de que suene la última campanada. Los nervios flotan en el ambiente, al igual que las ganas de fiesta para disfrutar de una noche en la que se suele dormir más bien poco y en la que muchos se ponen de 'punta en blanco' para recibir el año.
Sin embargo, a esas horas, hay cientos de personas que no están en sus casas y rodeados de los suyos. Algunos han salido hace escasos minutos, otros llevan horas trabajando. No van ataviados con ningún vestido de gala, zapatos de tacón, traje oscuro y corbata, sino que llevan su uniforme de trabajo, el de cualquier día del año. Para ellos, el rojo de este día en el calendario no significa nada porque sus días festivos son diferentes a los de la mayoría de ciudadanos. Una noche, un tanto especial, que muchas personas pasan al pie del cañón, trabajando. Están de guardia.
Una situación que conocen a la perfección el personal que trabaja en centros de salud y en el hospital. La Nochevieja para ellos no da tregua ya que los accidentes, los infartos o los partos no siguen el calendario, simplemente ocurren. Por esa razón, cientos de profesionales de salud de todas las especialidades estuvieron de guardia para cubrir cualquier eventualidad.
Una de ellos fue Paula Casas, de 38 años de edad. Casada y con tres hijos de 20 meses y 6 y 9 años, comenzó su turno de trabajo a las nueve y media de la mañana del día 31 de diciembre de 2010 y terminó a la misma hora del día siguiente, pero de un año después. Estaba de guardia en el consultorio de Nava de la Asunción. No es la primera vez que ha trabajado esta noche. «La verdad es que no es desagradable. Hay buen rollo entre los compañeros», asegura. Pero lo tiene claro por qué trabaja.
«Me toca por calendario, si no fuera así no me compensa». Para esta médico de guardia, la mañana y la tarde fueron normales, atendiendo diferentes casos. La noche fue más especial. Un restaurante de la zona les preparó la cena más lo «que nosotros llevamos: champán, turrón y uvas». Las uvas las disfrutó junto con otros compañeros en una sala y después brindaron por el nuevo año, aunque reconoce «a veces se nos han quedado las uvas en los platos porque ha habido una urgencia, pero luego nos las hemos tomado».
De trabajar tampoco se libraron los que se encargan de la seguridad, tanto en el ámbito privado como a nivel ciudadano. Funcionarios de prisiones, militares, guardia civil y policía local vivieron la primera noche del año en sus puestos de trabajo. Este fue el caso de Miguel Ángel, de 45 años, el oficial de policía 6060 de Segovia. Ha sido su segunda nochevieja consecutiva trabajando.
A las diez de la noche salió de su casa, antes había cenado con los suyos, porque su turno de trabajo comenzaba a las once. Pocos minutos antes de las doce de la noche estaba en la Plaza Mayor. Dentro de una bolsa de plástico llevaba sus uvas de la suerte, que se comió al ritmo de las campanadas del reloj del Ayuntamiento. «Es una noche normal, cuando me hice policía asumí trabajar en noches como ésta. Lo llevo bien», explica. La noche la pasó tanto en el cuartel como patrullando por la ciudad.
En el cuartel de bomberos de Segovia también había gente. El turno comenzó a las ocho de la mañana del día 31 de diciembre del 2010 y finalizó a las ocho de la mañana del pasado 1 de enero del nuevo año. Fue un día normal para seis bomberos segovianos. Sobre las nueve de la mañana revisaron los equipos para que todo estuviera a punto. La cena sí fue algo más especial.
«Teníamos entrantes: unas gulas, salmón y encargamos dos cuartos de asado para cenar sobre las once de la noche», explica Manuel Ayuso, jefe del equipo de bomberos esta pasada Nochevieja. Los bomberos de Segovia sí vieron las uvas en una sala de retén, su cuarto de estar, y levantaron las copas de champán, «deseándonos de corazón un feliz año. Yo llevo 22 años de servicio y me ha tocado trabajar muchas Nocheviejas. Lo llevo bien», afirma Ayuso. Después de cenar, algunos vieron un poco la tele, otros jugaron al parchís, tres de ellos brindaron con los dos agentes de la Policía Local que entraron a visitarles unos minutos y otros se acostaron sobre la una de la mañana.
Los que se acostaron muy tarde fueron todos aquellos que salieron de fiesta. Y fueron muchos los que esta pasada Nochevieja se tomaron unas cuantas copas. Por eso, optaron por dejar el coche en casa y utilizar un servicio público. Taxistas y conductores de autobuses saben muy bien lo que es trabajar en Nochevieja, llevando a sus domicilios a muchos jóvenes. Esta pasada Nochevieja funcionó el buho, el autobús nocturno.
El encargado de conducirlo fue Juan Antonio Arlandis, de 53 años de edad. Es la primera Nochevieja que le toca vivirla lejos de su familia. Cenó en casa rodeado de todos los suyos pero luego se fue a trabajar porque su turno comenzó a las doce y media de la noche. Pero antes tuvo que ir a por el autobús, que estaba en las cocheras de la empresa de Urbanos de Segovia.
Allí fue donde recibió el año nuevo, «a través del sonido de la radio». Con las uvas en un bote disfrutó lo que pudo este 2011 porque asegura que «es un día que te apetece estar en familia. Es la primera Nochevieja que no voy a estar con mi hija de 14 años». Arlandis se pasó toda la noche haciendo viajes hasta las siete menos diez de la mañana que acabó de trabajar. A primera hora transportó a personas que salían de fiesta. A medida que avanzaba la noche fue llevando a la gente que se «recogía a sus casas». Su punto de inicio del recorrido comenzaba en el Paseo del Salón y finalizaba en Venta Magullo, un itinerario de media hora.
En los hoteles y restaurantes de Segovia también fueron muchos los que vivieron la noche con el traje de trabajo ya que tuvieron que servir las mesas de los comensales que se decantaron por salir a cenar fuera de casa. Un trabajo que también comenzó varias horas antes de la medianoche, como el caso de David Orgambides, de 23 años. Lleva seis años sirviendo las cenas de Nochevieja y su jornada comenzó sobre las siete y media de la tarde. Había que preparar muchas cosas para que no fallara ni el más mínimo detalle.
Cuando fueron las doce de la noche, él y el resto de sus compañeros, tomaron las uvas y brindaron en un cuarto para empleados, y cinco minutos después «continuaron con su trabajo». Pero la noche de David no acabó en este hotel cuando sirvió las cenas. Después fue a un local de ocio a poner copas hasta las ocho de la mañana.
Una noche en la que muchos esperan con ganas llegar a la barra para pedir una copa. «Hay de todo, como en todos los sitios, pero la gente es comprensiva». Este veinteañero reconoce que trabajando esta noche «me lo paso bien» y que sí que compensa trabajar ya que «se paga más del doble».
Y para acabar bien la noche son muchos los que optan por terminarla comiéndose un chocolate caliente con churros. Los que trabajan en la churrería Povi, en la capital, saben muy bien lo que es trabajar ese día, como es el caso de Ángel Moreno, de 45 años. Él comenzó la noche cenando en un restaurante y sobre las dos y media de la mañana comenzó a trabajar y preparar unos 200 kilos de masa para hacer churros y 150 litros para hacer chocolate. «Sí compensa trabajar, es ya una costumbre».
A las churrerías acude todo tipo de público, sobre todo entre «las cinco y las ocho de la mañana». Pero a esas horas a Ángel le quedaban todavía muchas horas de trabajo ya que terminó su jornada laboral bien entrado el Año Nuevo, sobre las doce y media de la mañana.
Las vacaciones de invierno también representan, para muchos, la oportunidad de viajar. Y allí donde haya un turista, hay un trabajador del sector de la hostelería para que todo funcione a la perfección. Este es el caso de Miguel Ángel Bolaños, un vallisoletano afincado en Segovia, que trabaja como jefe de auditoria interna en un hotel de Madrid.
En una pequeña nevera portátil se llevó su cena. Nada de grandes banquetes, un poco de verdura y pescado cocido. Su turno de trabajo comenzó a las diez de la noche y en la recepción del hotel vio pasar las horas. «Me enteré de que era año nuevo por los cohetes que se lanzaban en la calle. Me acerqué un poco a la puerta del hotel y disfruté de lejos con el ambiente que había en la calle. Cerca de la puerta me tomé unas gominolas porque no me gustan las uvas. Después de las doce me tomé un pequeño benjamín sin alcohol», argumenta.
Bolaños, de 38 años de edad, asegura que esa noche se suele cobrar algo más pero «no compensa porque se pasa bastante mal, se echa de menos la juerga y no te digo nada si tienes familia», asegura. Una noche más que disfrutó «en soledad» y adelantando trabajo.
Las que también disfrutaron la Nochevieja de una manera diferente fueron las Hermanas Concepcionistas Franciscanas de Segovia, de la calle Licenciado Peralta. Reunidas todas en el refectorio del Convento cenaron sobre las diez de la noche y «cantamos villancicos alrededor de la imagen del Niño», afirma la madre abadesa, María Jesús. Al día siguiente, todas las religiosas que forman la comunidad se levantaron sobre las seis de la mañana, como un día más, aunque rezaron unas oraciones «especiales» por ser Año Nuevo.
Y por supuesto, los que también estuvimos trabajando fuimos los periodistas, para que hoy, cientos de ustedes puedan leer lo que pone en este artículo. Feliz 2011.