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La familia que pone el sabor al otoño

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La familia que pone el sabor al otoño

María Luisa de Pablos, sus hermanas y sus hijos regentan los puestos de castañas asadas de la capital

20.11.10 - 00:16 -
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«Yo he vendido castañas desde que mi madre me tenía dentro», sentencia María Luisa de Pablos para demostrar el pedigrí familiar a la hora de ponerle olor y sabor al otoño. Eran aquellos tiempos en los que doña Marciana (un hijo varón, diez niñas, entre ellas María Luisa) vendía castañas en blanco y negro, esas que iban directamente a los bolsillos de los abrigos para que el paseante se calentara las manos. Ahora se meten en cucuruchos de papel cuché y revistas del corazón. Los tiempos, que han cambiado. «Hace años las castañas eran la merienda. Y ahora, son casi un capricho», reconoce María Luisa, histórica de la venta ambulante (de las castañas pasa al turrón, del turrón al algodón de azúcar y de ahí a las palmas del Domingo de Ramos), que ahora tiene el brasero encendido en la calle Mantería.
Viste de negro, con mandil y guantes recortados para que los dedos trabajen con mayor destreza. El fuego que desprende el bombo hay días que no es suficiente para soportar el frío, «aunque después de tantos años una se va acostumbrando. Lo peor llega a última hora de la tarde, cuando las brasas se empiezan a apagar». Brasas de piñas y carbón de encina. «Es parte del secreto para que estén tan buenas, porque con la vitrocerámica o la cocina eléctrica en casa no salen así», desvela María Luisa. El otro secreto, claro, las castañas. «Me ha tocado mucho andar con el coche y dar vueltas hasta encontrar las que queríamos», asegura Félix Galicia, hijo de María Luisa y continuador del negocio familiar. «Antes íbamos a viviendas particulares y llenábamos la furgoneta con lo que había en los sobrados de las casas. Ahora ya nos las sirven las cooperativas». La última partida, 200 kilos, de Nocedo. Los venderán, con suerte, durante los próximos diez días. «Las traemos de El Bierzo, que son las mejores. Las de Salamanca o las gallegas son muy duras, así que tardan mucho en asar», asegura Félix mientras demuestra pericia para abrir las castañas con una navajilla. «Esto hay que hacerlo para que no se revienten».
-Pues menuda maña tienes.
-Es que son ya muchos años. Cuando era pequeño, nada más salir del colegio, del Fray Luis de León (en Delicias), me iba al puesto de mi madre y mientras ella despachaba, yo me ponía en la parte de atrás del puesto para rajarlas.
Este recuerdo sigue vivo, veinte años después, en la memoria de Félix, que ahora asa castañas en la calle Constitución, dándole cuerda a una tradición que inició su abuela y que ahora se mantiene viva gracias a ocho puestos -«cada vez somos menos»- que le dan olor y sabor al otoño.
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