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Con el tapete sobre la mesa

PALENCIA

Con el tapete sobre la mesa

19.11.10 - 00:08 -
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En Barrio de la Puebla, la iglesia y el antiguo lavadero, y, en la Dehesa de Tablares, se conserva la iglesia románica, con una magnífica espadaña y con una portada con archivoltas.
Ya lo tienen todo preparado encima de la mesa, el tapete y las cartas, y ellas a su vez dispuestas a repartir y empezar la partida. Lo hacen todas las tardes después de salir del rosario y juegan más o menos hasta que llega la hora de cenar. «Todas somos buenas, porque lo que nos importa aquí es pasar un rato agradable», me dicen cuando les pregunto si hay alguna que destaca más en el juego.
Aparcamos las cartas un rato y comienza la conversación con Dora, Montse y Brígida, y después llegan las demás: Araceli y Lucía. «La vida antes era muy diferente a la de ahora en todo, en el vestir, en el comer y en el hacer», señala Lucía, una de las mayores del pueblo. Ellas han vivido y nacido en La Puebla, pero cada una ha tenido una vida muy distinta, dependiendo de su entorno familiar.
Montse, por ejemplo, iba al pueblo siendo niña, y después de hacer las patatas en casa iba a ver la llegada del autobús a las siete y media, que llegaba de Palencia. «Nos entreteníamos esperándole y mirando quién se bajaba, era una diversión, porque además por aquel entonces no pasaban casi coches por el pueblo», recuerda.
A diferencia de Montse, Dora no pudo disfrutar tanto porque tenía que ayudar más a su madre, ya que era la mayor de nueve hermanos. Sin embargo, las dos coinciden en señalar que en el pueblo no hay ni un solo analfabeto porque, por suerte, todos pudieron ir a la escuela.
Trabajar en el campo recogiendo patatas, ir a las misas y rosarios y acudir a alguna que otra fiesta en algún pueblo. Así pasaron la juventud estas tres mujeres de La Puebla, aunque cada una a su manera. Brígida, la más joven, sí pudo salir más de fiesta a los pueblos, porque además fue la primera mujer del pueblo que se sacó el carné de conducir con 18 años, y, claro, eso le facilitó mucho las cosas. «Cumplí los 18 años y me fui a Palencia a sacar el carné porque mi padre era vendedor y lo hacía con un carro, hasta que dijo que necesitaba un coche. Así que yo me lo saqué primero y luego mi padre», recuerda. En más de una ocasión se metieron en el coche más de ocho personas para poder ir de fiesta a los pueblos vecinos.
Brígida sí tuvo la oportunidad de estudiar, pero prefirió quedarse con el negocio familiar, la venta ambulante, y apostar por el pueblo. Ahora ella sigue siendo vendedora ambulante, aunque augura que «conmigo acabará este negocio, aunque ha pasado de generación en generación». Ella sí pudo hacerlo y quedarse con la vida rural de La Puebla, pero Dora y Montse emigraron al País Vasco después de casarse, y allí vivieron más de treinta años y formaron su familia. «Había que comer y decidimos marcharnos a la aventura, como hicieron otras personas de la provincia», apunta Dora.
Con derecho a cocina
Aunque los inicios no fueron nada fáciles para ellas, porque vivían en habitaciones con derecho a cocina. «Yo, cuando tenía que hacer algo en la cocina, me llevaba al hijo encima, y así tenía que ocuparme de todo», rememora Dora. «Decimos de los estudiantes ahora que se marchan fuera a vivir, pero todas las personas que iniciaron una vida desde cero en el País Vasco también lo pasaron mal», asegura Brígida.
Una vez que sus maridos se jubilaron, han vuelto al pueblo, y de momento no tienen pensando marcharse. «Nuestros maridos y nosotras nos marchamos entonces del pueblo, pero con la promesa y con la idea de volver a La Puebla», agrega Dora. Ellos volvieron, pero otros se quedaron allí.
Ahora pasan el rato haciendo las labores del hogar y jugando a las cartas con las amigas en el Ayuntamiento. «A veces la vida sí es aburrida, pero hay que buscarse actividades para que eso no te pase», señala Brígida. Por ahora, ninguna tiene pensado marcharse de La Puebla, a no ser que sus hijos les obliguen a vivir con ellos, pero de momento es en su pueblo donde están mejor.
Creen que el futuro de La Puebla no es nada bueno, y temen que en unos años se quedará como un caserío. «Eso ya lo decía mi padre, que falleció hace muchos años y que ya veía la caída de la población», asegura Brígida. «Para mí, lo que tengo y mi pueblo es lo mejor, porque no he conocido otra cosa», apunta Lucía. Pero Dora y Montse sí han conocido lo de fuera y han vuelto, así que eso quiere decir que la mejor vida la tienen ahora en La Puebla de Valdavia.
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