La noche en que Delibes daba sus últimos suspiros, la ventana de su casa que daba al patio de la Marquesina, en Valladolid, estuvo iluminada durante unas horas. Su familia estaba acompañándole y yo, desde mi habitación, al contemplar esa ventana me iba haciendo consciente de que la vida de un autor legendario de la novela española del siglo XX se estaba apagando, de que el autor de 'El camino' se iba, a punto de emprender uno nuevo. Poco a poco fui comprendiendo la irrepetible trascendencia de aquel momento del que yo estaba siendo un secreto y callado testigo.
Las novelas de Delibes que más me han gustado siempre son las de ambiente rural. Creo que podría establecerse un emparejamiento entre algunas de ellas: si 'El camino' retrata la ensoñación poética del mundo rural, su envés lo tendríamos en 'Las ratas', donde se nos muestra el hambre, la rudeza y el atraso de este entorno en la España de la época. Si la elemental sabiduría y perspicacia de los hombres del campo que no necesita del paso por la escuela la podemos percibir en 'El disputado voto del señor Cayo', en cambio en 'El tesoro' nos encontramos con la barbarie a la que puede abocar esa ignorancia letrada.
Pero dentro de esta diversidad nos encontramos con un rasgo unificador, sobre todo en lo que atañe a la constitución de sus personajes; porque todos ellos, incluso los más antipáticos y enconados -pienso por ejemplo en la Guindilla de 'El camino' o en el señorito Iván de 'Los santos inocentes'- están definidos por su radical humanidad; es decir, son humanamente malvados por encarnar los anhelos y las pasiones más bajas de los hombres.
Delibes era un escritor de esencias. Sus novelas eran el grano mismo que ya ha sido separado de la paja, el meollo de lo que quería contar, el fondo de un río sin remansos. Por eso 'El camino' es la narración del paso de la infancia a la adolescencia y nada más, y 'Señora de rojo sobre fondo gris' es solo el homenaje a su esposa fallecida, y 'El príncipe destronado', el recelo de un niño ante el nacimiento de su hermana pequeña. No hay nada más detrás de ellas. No hay trampas, ni trucos, ni ases guardados bajo la manga. Los lectores reconocían esa honestidad, se conmovían ante esa verdad sencilla de cada una de las historias y sabían apreciarla.
¿Por qué las novelas de Miguel Delibes concitan tanto fervor popular?, ¿por qué sabía ganarse el corazón de los lectores?, ¿por qué le reconocían y le seguían -y le siguen reconociendo- tantas multitudes de incondicionales admiradores de su obra? Muy fácil: porque sabía contar cosas esenciales a la vez que universales y extemporáneas, porque en sus novelas no cabe espacio para el artificio ni sobra nada, porque, al modo de Cervantes, sabía hablar en roman paladino y llamar a todo por su nombre: al pan, pan; y al vino, vino. En definitiva: porque como él decía, para escribir una novela solo bastan tres cosas: un hombre, una pasión y un paisaje. A estas tres reglas se sujetó con honestidad en la escritura de su veintena de novelas, y después de sembrar, pudo recoger. Y lo que recogió fueron lectores. Lectores que no solo lo admiraban, sino que le querían.
Alguien así debía ser, irremediablemente, sencillo en su vida personal. Y efectivamente, Delibes lo era. De él podría decirse que estaba completamente liberado del principal defecto que salpica a nuestra clase literaria: la vanidad. Ese pecado ausente le llevó a rechazar el Premio Planeta cuando se lo ofrecieron por una novela que no había escrito, a empeñarse en vivir en Valladolid, cuando muchos acuden a la capital en busca de la gloria del reconocimiento, o a aceptar sus últimos galardones con cortesía y no sin una cierta cohibición, destapada en sinceras manifestaciones como cuando hace muy poco dijo: «Mucho metal para mí».
Uno no puede leer 'El camino' sin quedar atravesado por la verdad conmovedora de la historia y la ternura de las situaciones que al terminar la novela acaban dejándonos traspuestos. Delibes sabe contar lo que de verdad importa al hombre y lo que de verdad es el hombre: lo que fue ayer, es hoy y será mañana. Aquí y en la otra punta del universo.
Aquella noche me acosté con el pensamiento de que todo esto estaba llegando a su fin y de que nadie nunca más podría volver a contárnoslo como él; y en efecto, a la mañana siguiente, la del 12 de marzo, me desperté con la noticia del fallecimiento de Miguel Delibes, y sentí la misma honda conmoción que tuve cuando terminé 'El camino': la que se tiene cada vez que cualquier mundo, por pequeño que sea, se acaba. Porque Delibes era un mundo. Un mundo encerrado en una seca y fría ciudad de provincias. Un mundo que agonizaba en la madrugada del 12 de marzo de 2010 en una habitación iluminada de un edificio de Valladolid.