Eugenio Jover (Valladolid, 1945) completo una extensa formación académica antes de ser ordenado en 1970. Ese mismo año decidió partir hacia uno de los países más pobres del África Occidental, entonces denominado Alto Volta y actual Burkina Faso. Y allí sigue cuarenta años después. El misionero, de la orden de los Padres Blancos, pasa estos días junto a su familia en la capital, a la que visita cada tres años, antes de viajar de vuelta a su parroquia en Barsalgo.
-¿Se arrepiente del camino que eligió hace cuatro décadas?
-Lo volvería a firmar. Siempre pasas dificultades y momentos difíciles, pero las alegrías son muchas más que los males al ver a la gente que podemos ayudar y ver también cómo crece la comunidad cristiana.
-Porque los católicos son allí una minoría, ¿no?
-Tenemos una iglesia por cada cinco mezquitas... Nuestra primera labor allí es la evangelización, pero eso no es solo hacer catecismo, sino también luchar para que haya buenas relaciones de tolerancia y amistad entre cristianos y musulmanes.
-¿Allí el 'diferente' es usted?
-Un poco. Nos llaman blancos como si fuera una religión extranjera y allí el blanco tiene mala fama de persona con dinero. Nosotros intentamos que vean que estamos allí para ayudarles.
-¿Tiene miedo a raíz de los últimos secuestros de cooperantes? ¿Está en una zona peligrosa?
-La Embajada nos ha advertido de que tengamos cuidado, pero no nos asustamos demasiado y no vamos a dejar de estar allí por eso. La verdad es que la suerte, entre comillas, de este país es que allí solo hay algodón, es decir, que no hay petróleo ni diamantes, y eso hace que no haya guerras. No nos quejamos.
-¿Y existe libertad en Burkina en el más amplio sentido de la palabra?
-Existe libertad de prensa y hay respeto. La democracia allí no es exactamente como la europea, porque el presidente lleva muchos años en el cargo y volverá a presentarse, pero la verdad es que lo hace bien. Burkina Faso, sobre todo, es un país con mucha riqueza humana porque allí más de la mitad de la población tiene menos de veinte años.
-¿Y en qué condiciones viven?
-Es un país muy pobre porque el 95% de sus habitantes son campesinos sin dinero y, pese a todo, tienen que pagar sus necesidades básicas. El problema es que suele haber una cosecha mala de cada tres y eso provoca mucha hambre. En mi parroquia, por ejemplo, no hay ni cien metros cuadrados de asfalto, y son 40 pueblos. Lo peor es que allí no hay luz ni agua corriente más allá de pozos en las aldeas en los que he visto pasar noches enteras a las mujeres haciendo cola para conseguir agua. Nuestro objetivo allí también pasa por conseguirles bombas para evitar que saquen el agua contaminada a poca profundidad y facilitarles un poco la vida.
-¿No será fácil en estos tiempos de crisis en el primer mundo?
-Las bombas son caras, pero hacemos lo que podemos cuando vienes a España. La gente allí se vuelve al blanco y pide ayuda. Es duro decirle a alguien que no tiene ni agua que no puedes ayudarle porque nosotros estamos en crisis. No les puedes decir eso y ayudas en lo posible.
-¿Qué opina de la polémica sobre las declaraciones del Papa en cuanto al uso del preservativo?
-Creo que la solución no puede estar en el preservativo, aunque nosotros no impedimos a nadie que lo compre. Nuestra misión consiste en insistir a los jóvenes en los valores de la fidelidad y de llevar una vida responsable.