En los escaparates de Toledo lucen destellos de cuchillos, dagas, navajas, espadas, sables... Es una ciudad con filo. Mosquera la conoce. Pero eso no basta. El gallego sufre el estrés del pelotón, la enfermedad del miedo. A Toledo se llega a lomos de un tobogán, sobre curvas inflamables, a través de un puente y una rampa. Entre cuchillos de asfalto. Toledo es para los hábiles y los valientes. Y para el lamento de Mosquera: «Me duelen los doce segundos que me ha sacado Nibali», repetía. «Tendré que darlo todo en la Bola del Mundo». Y todo por cortarse ayer en Toledo.
Nibali no sabía nada de la ciudad del damasquinado. No le hacía falta. El estrés le alimenta. Baja cuestas trazando como un motorista. Nació con dientes, como los lobeznos. Le llaman tiburón. Ayer rodaba por terreno desconocido, pero sabía cómo hacerlo: «Tenía que estar a rueda de Gilbert». El líder llegó a Toledo a rueda del clasicómano belga, del vencedor de la etapa. Gilbert miraba arriba, a la pancarta de su victoria. Nibali, atrás, disfrutando al no ver a Mosquera. Y el gallego solo miraba al suelo. Venía herido, con un tajo de 12 segundos.
La noche había temblado por una tormenta, pero el día amaneció tranquilo en Piedrafita. Aquí han conservado el nombre del Chava, de Jiménez, el ciclista que dejó de latir con solo 32 años. Había carteles con la carrera de juveniles que hoy le rinde homenaje en El Barraco. Rueda por estas carreteras el eco de sus nueve victorias de etapa en la Vuelta. De la sonrisa que se empezó a apagar una mañana de febrero de 2002. Hacía frío aquel día. El Chava desayunó y vio a través de la ventana cómo los vecinos fumaban su propio aliento por la calle camino del trabajo. Se vistió con la ropa del Banesto y caminó hacia la puerta. Fueron sus últimos pasos en línea recta antes de iniciar la caída. No salió a entrenarse esa mañana. Se sentó en el sofá durante horas, vestido de ciclista. Tampoco rodó al día siguiente, ni al otro. Falleció meses después en una clínica madrileña dedicada a sanar adicciones y depresiones.
La etapa abulense partió desde ese eco del pasado. Lo hizo lenta por la protesta de los ciclistas, molestos porque era tan larga: 234 kilómetros. De esa huelga encubierta se aprovecharon nada más cruzar el alto de Chía los cuatro escapados: Roels, Jufré, Ortega y Florencio. Era un reto imposible. Cayeron en el número gafe, a 13 kilómetros de Toledo. Justo cuando la etapa se metía en la máquina del tiempo. Primero, el día se acordó del pasado, del Chava' Luego, se puso a pensar en el futuro, en la Bola del Mundo. En eso venía metido Mosquera. Haciendo números. En la etapa del Xorret había perdido 33 en relación al italiano; en Peña Cabarga, otros seis. Pero le había aventajado en todos los puertos largos, en Pal (32), en los Lagos (11) y en Cotobello (19).
El italiano, en cambio, es un depredor que caza a diario. Lo suyo es el presente. El colmillo siempre afilado. Para tipos así, Toledo es buena plaza. Tan cortante. La dentadura de Nibali brilló cuando comenzaron a sonar los cuchillos. Barredo y Luis León Sánchez desenfundaron primero. Era día de armas blancas. En la cabeza del grupo se veía a Gilbert, a Velits y también la Rojade Nibali. ¿Dónde estaba Mosquera? Con el estrés. A dos kilómetros del final, Frank Schleck trazó una curva a su manera: mal. Mosquera frenó. «Schleck casi nos tira». El susto se tradujo en unos metros de pérdida. David Blanco, el guardaespaldas de Mosquera, ocupó ese espacio como pudo. Pero su protegido venía ahogado en tensión. Entró torcido al puente que sube hacia la ciudad. «Me he quedado sin aire», reconoció. «Nibali tiene más chispa que yo en finales así». Y se coloca mejor.
Por las cuestas de Toledo subió en 1959 Bahamontes con el trofeo del Tour. Por ahí apretó Gilbert, que es como una navaja multiusos. También Nibali; hábil, contrarrelojista, con resistencia en la montaña. Mosquera es otra cosa: está hecho para sobrevivir en el monte. Eso le queda a la Vuelta, el desafío hoy de la Bola del Mundo y saber si 50 segundos se pueden canjear por una Vuelta. «No conozco la Bola, pero estoy tranquilo», declaró Nibali. Tampoco conocía Toledo y le sacó filo.