Por fin acudió el público al palenque del Paseo de Zorrilla. Era el día de la Patrona, y la euforia arrastrada de la sobremesa se notó en las ganas de fiesta de las cerca de siete mil personas que cubrieron las tres cuartas partes del aforo. Buena entrada y bonancible público, ese que mantuvo en todo momento una actitud receptiva y generosa ante todo lo que les ofreció la terna de figuras. Lo bueno y lo menos bueno, que de todo hubo.
Pero es justo reconocer que los tres toreros pusieron mucho de su parte para provocar ese entusiasmo, a veces desmedido, del público vallisoletano, pues no regatearon esfuerzos para superar la, aunque manejable, débil y pronto desfondada condición de los toros que cría en la provincia de Cáceres el gran torero colombiano César Rincón.
Siempre sobre las facilidades que ofrece la nobleza, los matadores pusieron más en el empeño que los toros que tuvieron delante, a los que hubieron de administrar fuerzas, embestidas y duración para redondear faenas de triunfo.
Y cada uno lo hizo a su manera. Por ejemplo, y en orden de antigüedad, el nuevo Paquirri -antiguo Rivera Ordóñez- optó por aplicarle a su segundo toro -el primero se desinfló con la rapidez de un globo picado- la medicina del tiempo. Es decir, un intervalo suficiente entre muletazos, apenas un par de segundos, para que el animal se equilibrase y cogiera aire tras cada una de esas arrancadas que tanto le costó dar. Fue así como el mayor de los Rivera llegó a los mejores niveles de su actuación, un par de tandas de naturales que, junto al vistoso tercio de banderillas que también protagonizó, motivaron al tendido para pedir esa segunda oreja que el presidente concedió con manga ancha. Sobre todo porque la estocada, caída, debió restar puntos en la valoración.
También la estocada de El Juli al segundo de su lote fue defectuosa: un espadazo que, cobrado con total entrega y decisión, tomó una trayectoria desviada, hasta asomar bajo el brazuelo contrario del animal. Pero no tuvo más remedio la presidencia que conceder de nuevo el doble trofeo, para atender a la demanda del público y, ya que los pañuelos se habían soltado, para igualar el dispendio del turno anterior.
Pero estas pasajeras polémicas de orejas de más o de menos no deben ocultar el verdadero fondo de la magistral actuación de El Juli en la primera de sus dos apariciones en la feria. Si se deja a un lado esa desviación de la espada, la tarde del madrileño fue toda una lección de la mejor técnica del toreo, esa que consigue sacar de los toros, sabiendo especular con sus defectos y sus virtudes, las mejores prestaciones posibles. A eso siempre se le llamó maestría. Y lidia, a ese inteligente juego de recursos y estrategias que los mejores desarrollan con tan aparente facilidad como hace El Juli.
El primero, aunque noble, no era fácil. Flojeaba de patas -o de remos, como se dice en el argot- y más aún ante las pésimas y resbaladizas condiciones en que estaba el albero por exceso de riego. Por resbalar, lo hizo hasta Emilio Fernández, uno de los banderilleros de Juli, que cayó en la misma cara del toro y se libró por milímetros de una segura cornada.
Aun así, el toro embestía con cierta violencia que el maestro madrileño no contrarió: en vez de castigarle para corregirla, se la consintió con valor para que el animal creyera por momentos que podía ganar la pelea. Esa fue la clave para que el toro se creciera y durara embistiendo bastante más de lo esperado. Y para que la faena ganara en dimensión hasta llegar a inesperados niveles de premio.
Con el quinto, tan noble como afligido, El Juli aplicó el bálsamo de su muleta de precisión, esa que mide en milímetros y en micras cada gesto necesario para mover a los toros cómo, cuándo y hasta dónde quiere. Mecido y sostenido por la diestra -y la siniestra- mano del joven maestro, el de El Torreón fue cogiendo más y más confianza a cada pase, hasta terminar por darlo todo en series de muletazos intensas y en ese alarde final, toda una traca de adornos, con que El Juli se recreó en el fruto de sus habilidades. La fea estocada no puede empañar tanta y tan sobrada torería.
Sebastián Castella no entró en tantos matices. Su toreo va por otros caminos, por el de la quietud a ultranza, por el de imponer a los toros, sin mucho diálogo, un concepto que busca llegar al tendido con una emoción intensa y cruda. Y como, en tarde de tantas orejas, él no pudo cortársela a un tercero que se dio en franca retirada al hilo de las tablas, no se detuvo en administrar la también medida raza del sexto. En vez de dilatarla a sorbos, prefirió apurarla de tres tragos: los del explosivo inicio de faena en los medios, con estrujados pases cambiados, y los de las dos exigentes, por largas y obligadas, series de derechazos con que secó la botella medio llena-medio vacía de raza del colorado ejemplar del hierro de César Rincón. Y, por aquello de no ser el único en salir a pie de la plaza, aun siguió atacando, invadiendo el terreno del toro hasta dejarse siluetear por los pitones los arabescos de oro de la taleguilla. El escalofrío final de una gran tarde de toreros.