Aver, pregunto yo: ¿por qué las fiestas duran diez días y todo el mundo habla de la Semana de Ferias?¿Por qué tengo que escribir diez artículos en lugar de los siete que corresponden a una semana normal, que es lo que Dios tardó en construir el mundo, y uno de ellos descansó? Pues no señor, aquí estoy, dispuesto a dejarme los lomos por ustedes, que tienen diez días para divertirse mientras servidor anda con el bloc haciendo como que lo pasa bomba para que en casa no me llamen 'pringao', que es lo que soy.
Al grano: cerca de las siete de la tarde, miles de jóvenes y jóvenas llenaban hasta la bandera la plaza de la Universidad y adyacentes y, pese a estar en la calle, parecían fieras enjauladas y con unas ganas terribles de comerse el mundo. Y de bebérselo. A medida que los santos lugares se iban llenando, algunos bares trincaban, como el Avec Moi (mi café de guardia) porque según me contó Alicia García «es preferible esperar a que pase un rato y abrir más tarde, aunque haya que recoger mesas, sillas y sombrillas y echar la verja para evitar barullos».
Decidido a cubrir el evento, olvidé que se ha puesto de moda echar agua al personal, que agradece a risotadas que le pongan como una sopa. Por allí andaban, que yo los vi, Óscar Arranz y Jorge Lobo, de la Coordinadora de Peñas, disfrutando como si esto fuera el 'chúndara' de Peñafiel o el 'agua va' de Pedrajas de San Esteban. Como el primero es de la peña El Chupetón y el segundo de Cuerpo de Bombones, le pregunté a Jorge si la elección de esos nombres era síntoma de que andaban 'necesitados', a lo que me respondió que «bastante, la verdad».
Previamente había hablado con Miguel Asensio, de otra peña con nombre sugerente donde los haya: Melampine, que después de decirme que están cabreados con el alcalde porque no les ha dejado hacer una paella en la calle, me explicó el origen del nombrecito. «Es una cosa que se nos ocurrió y que ahora hemos convertido en un cóctel afrodisiaco de Cointreau, lima y zumo de naranja» ¿Y eso empina? «Está por ver».
Jurándome que me tomaría uno para probar en mis carnes sus efectos, subí a casa, me cambié de calcetines y de terminal de móvil y me fui al pregón a ver y escuchar a Marta Valverde, que se ahorró el susto del año pasado cuando explotó aquel petardo que dejó sordos a algunos y descompuestos a otros. Mientras la oía, me estuve acordando de lo que dijo un día a mi admirado Carlos Flores en la Cadena Ser cuando la entrevistaron para que hablara del pregón que pensaba dar. La pregonera in pectore aprovechó para pedir a sus paisanos que en vez de tirarla huevos los dejaran en cestitas para poder aprovecharlos, obligando al locutor a aclarar que aquí ya no se hacen esas cosas. Coño, Marta, que 'semos uropeos'...
Tras el chupinazo y los chupitos hice lo posible por acercarme a la plaza de toros para ver el espectáculo más extraño de estos diez días. Nada menos que la ópera Carmen interpretada por una banda de cornetas y tambores.
Entre los efluvios de lo que bebí y lo pegajoso que se había puesto el suelo en algunas calles, opté por irme a la cama.
Gracias, Señor, por haberme dejado terminar la jornada vivo y sin secuelas. El lunes arreglo lo del móvil.