La fórmula del Hay Festival, involucrar a la gente, contar con los voluntarios y poner en contacto a los autores con el público, es «muy atractiva» para Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956), quien ayer se aprovechó de esa cercanía para desvelar, en diálogo con Ana Gavín, directora de la Fundación José Manuel Lara, las claves de su novela 'La noche de los tiempos' en el primer acto público del evento literario. En un espacio abarrotado, la exposición del escritor precedió a la lectura del primer capítulo de su obra contando con escritores y periodistas, entre ellos Carlos Aganzo, director de EL NORTE DE CASTILLA, y el delegado del periódico en Segovia, Jaime Rojas. Fueron las primeras páginas de una novela surgida, como casi todas, «de manera casual y lenta», con la vivencia del protagonista, el arquitecto Ignacio Abel, que ha huido de España, en la estación de trenes de Pensilvania.
En 'La noche de los tiempos', calificado por Ana Gavín como ejemplo de «poesía ininterrumpida», el académico se acerca a la historia española, a los tiempos de la Guerra Civil, desde la vida de sus protagonistas y «con una mezcla de cercanía y distancia; la distancia inevitable porque escribes sobre gente que vivió hace tres cuartos de siglo y una de las cosas que aprendes es que las cosas se borran muy rápido. Pero también desde la cercanía porque para mí era una cosa desesperante saber cómo era la vida cotidiana, cómo era un paquete de tabaco, una entrada de cine, un tranvía o qué ruido se oía al abrir la ventana».
Muñoz Molina explicó que uno de los 'leit motiv' de la novela es «ese segundo que tenemos todos en cualquier lugar cuando parece que has oído tu nombre y te vuelves», como hace Ignacio Abel cuando va a tomar un tren. En este primer capítulo también se produce una de las circunstancias que marcan la vida posterior del protagonista cuando, como explicó el autor sin desvelar la trama, «deja morir a una persona para salvarse él».
En este ejercicio para «imaginar un tiempo que no has vivido, tu propio estupor por ello y la necesidad de contarlo», Muñoz Molina traza un retrato detallado de la vida cotidiana española a partir de los años 30, y rinde homenaje a Pedro Salinas, a su amante Catherine Whitman y a su esposa Margarita, de cuyas vidas toma muchos elementos para contar la historia de Abel, de su amante americana y de su mujer madrileña.
En suma, la novela es la historia de un hombre que asciende en la escala social, de un ilustrado comprometido con la modernización de España, pero a la postre de «un idealista práctico» que no se divorcia para casarse con su amante. Un español, en definitiva, de «este país palabrero en el que parece que se puede decir cualquier cosa», donde somos pesimistas pero «ni estamos condenados a lo peor ni tenemos garantizado lo mejor», comentó el escritor, y donde sería deseable que «la búsqueda del conocimiento del pasado estuviera menos mediatizada por la política del presente».
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