Son múltiples los factores que pueden contribuir a la desaparición de un edificio. El progreso, los intereses económicos, el deterioro o los desastres naturales son elementos que acortan la vida de las construcciones que, en ocasiones, podrían ser consideradas un tesoro cultural de la ciudad a la que pertenecieron. A partir de ese momento, esos monumentos quedan para el recuerdo, acogiendo alguna que otra anécdota memorable para la sociedad o reflejados a través de las recreaciones de los historiadores tras horas y horas de desempolvar textos y archivos olvidados. Algunas de estas edificaciones, que han pasado a formar parte de las listas del patrimonio perdido de Valladolid, son la Casa de las Aldabas, el Convento de San Francisco o el Palacio de la Ribera.
El primer inmueble que encabeza la enumeración anterior, la Casa de las Aldabas, se ubicaba en el que hoy en día es el número 22 de la calle Teresa Gil, adyacente al convento de Portacaeli. Su peculiar nombre le viene dado por las once grandes aldabas que colgaban a lo largo de su fachada. Al parecer, el aspecto exterior del inmueble amedrentaba a los viandantes, tal y como se refleja en un extracto del libro de Juan Agapito y Revilla 'Arquitectura y urbanismo del antiguo Valladolid': «No había vez que pasara por delante de la casa con honores de palacio, que no dirigiera la mirada a aquellas argollas de la fachada, que me parecían fatídicas, y que me hacían estremecer de horror». Sus muros fueron testigos de un hecho histórico, el nacimiento de Enrique IV, conocido como el Impotente, en el año 1425. Debido a este acontecimiento, a la casa se le concedió el derecho de asilo, de forma que las personas que tuvieran problemas con la justicia y llamaran a su puerta tenían inmunidad en su interior. El nacimiento del futuro rey, junto con los inquilinos que habitaron sus habitaciones, como don Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias, le valieron la posición de una de las casas más notables de la ciudad. La fuente que se encontraba en el patio de la casa fue obra del escultor Juan de Juni. Al igual que otros muchos edificios civiles de Valladolid, desapareció en «los años del desarrollismo», en la década de los sesenta, debido a que ocupaba un espacio muy atractivo en el que se podían construir casas y hacer un buen negocio, explica la doctora en Historia del Arte de la Universidad de Valladolid, María Antonia Fernández del Hoyo.
Entre otros de los muchos edificios, de carácter civil, destacados que ya no existen, se distingue la Casa del Cordón, ubicada en la calle Alonso Pesquera, frente a la puerta del Santuario, que fue residencia del marqués de Aguilafuente y cuya denominación viene dada por el cordón que adornaba la fachada, y el Palacio de los Almirantes de Castilla, que fue derribado para proceder a la construcción del teatro Calderón. En la esquina de la Acera de Recoletos con la calle Miguel Íscar, se alzaba el Hospital de la Resurrección, derruido en 1890 debido al abandono en el que había caído, y famoso por ser escogido por Cervantes para situar su obra 'El Coloquio de los perros'.
El teatro también ha sido la piedra angular de la vida vallisoletana. Prueba de ello es el teatro de la Comedia, erigido sobre la actual plaza de Martí y Monsó. Se construyó en torno a 1568; considerada como el primer corral de comedias de Valladolid, fue derribado en 1930. El teatro Pradera, del que pudo disfrutar durante 58 años la estatua de Zorrilla, fue un espacio dedicado a la proyección del cinematógrafo y a espectáculos de variedades. Se procedió a su demolición en 1968, por lo que más de uno aún recordará el artístico edificio.
La huerta real
Los vecinos de Huerta del Rey le deben el nombre de su barrio a otra de estas edificaciones que han pasado a la historia. Los residentes de esta, que más bien era un espacio de recreo, eran de mayor estatus. El Palacio de la Ribera, del que aún quedan vestigios que se han convertido en lienzo de los grafiteros, formaba parte del conjunto palaciego de Valladolid, que ocupaba la zona de San Pablo y llegaba hasta el río debido a la grandeza del palacio del Conde Benavente (actualmente la plaza de la Trinidad) y las edificaciones fortificadas que le rodeaban. Más que por su arquitectura, era importante por sus jardines, su colección de animales y las colecciones pictóricas que atesoraba, según detalla la historiadora de la Universidad de Valladolid. Se construyó a principios del siglo XVII, durante la estancia de la corte de Felipe III en Valladolid. Los nobles paseaban en galeras en el Pisuerga, realizaban corridas y celebraban la fiesta del 'despeño de toros' en la ribera del río.
Los edificios religiosos
Si el verdugo de los edificios civiles fue la época del desarrollismo, la desamortización fue el de los conventos. Fernández del Hoyo es experta en este tipo de edificaciones, plasmando su dominio del tema en varios libros. «Los conventos de hombres, sobre todo, eran enormes. Ocupaban mucho espacio urbano», explicó.
Una de las construcciones religiosas más destacadas fue el convento de San Francisco. Limitaban sus muros la actual Plaza Mayor, donde tenía su fachada principal, la calle Montero Calvo y, a los laterales, la calle Santiago y Duque de la Victoria. «La puerta de entrada coincidiría, prácticamente, con la entrada del teatro Zorrilla», comenta Fernández del Hoyo.
Prueba de la existencia de este convento son los restos de muros que aparecieron durante la rehabilitación de este teatro. Se construyó en torno a 1265, en un solar que la esposa de Alfonso X el Sabio, doña Violante, cedió a la congregación. Sus diferentes estancias albergaron obras de gran valor artístico, como 'El entierro de Cristo', de Juan de Juni, que se encontraba en la capilla del obispo de Mondoñedo y que actualmente se exhibe en el museo de San Gregorio. «Algunas de estas piezas se perdieron, como una de las primeras 'inmaculadas' que realizó Gregorio Fernández que, o se perdió o nadie sabe dónde está», amplió María Antonia Fernández. En una capilla que se encontraba separada del convento, la cofradía de La Pasión se encargaba de enterrar a los ajusticiados.
Convento con leyenda
Entre las historias y leyendas que rodeaban a este enclave se encuentra la del alcalde Ronquillo, conocido por participar en la Guerra de las Comunidades de Castilla y ajusticiar al obispo Acuña. Según el mito, los frailes aseguraron que un día antes de que este personaje recibiese sepultura, se encontraba el sacerdote preparando el sermón cuando, por un hueco que había en el techo de una de las capillas, entraron varios demonios y se llevaron el cuerpo de Ronquillo. La desamortización de Mendizábal selló el destino del convento de San Francisco, cuyo derribo se inició en 1937.
El espacio que hoy en día ocupa la Consejería de Sanidad acogió en su momento el convento de El Carmen Calzado. Fue la sepultura de Gregorio Fernández y de su familia, que vivía enfrente, en el Paseo Zorrilla. Pocos años antes de su derribo, en 1930, se intentaron buscar los restos del artista que no aparecieron. De su tumba tan solo se conserva su retrato y su lápida, que se encuentran en el museo de San Gregorio.
La Trinidad Calzada, en la actual calle María de Molina, y la Merced Calzada, en la calle de la Merced, fueron otros dos espacios religiosos que destacaron por sus extensas huertas y amplios claustros.
Adyacente al recientemente desaparecido convento de Las Lauras se encontraba el de San José de Padres Capuchinos, uno de los últimos edificios de estas características que se fundó en Valladolid. De naturaleza humilde, se ubicaba en la actual plaza de Colón, extendiéndose sus terrenos y su enorme huerta hasta la estación de ferrocarril.
Las construcciones que han pasado a engrosar las listas del patrimonio perdido de la ciudad de Valladolid son numerosas, y ocuparía un espacio verdaderamente extenso enumerar y profundizar en todas ellas. Espacios que un día existieron y ocuparon las calles de la ciudad y que, actualmente, sustituidos por viviendas o paseos, tan sólo se puede disfrutar de ellos a través de libros y recreaciones.