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museo de la escuela de ayer

En el bullicio del ayer

Roturas, con quince vecinos, conserva tal cual la escuela, cerrada hace 50 años

31.07.10 - 01:23 -
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El mapa de España que cuelga de la pared de la escuela de Roturas distingue entre Castilla La Vieja y Castilla La Nueva. Le rodean cartabones y escuadras de madera, que ornamentan las instalaciones junto a una pizarra de aspecto desgastado. En la parte superior, cuadros de dirigentes de otra época están separados por un crucifijo que mira directamente a la docena de pupitres milimétricamente colocados. La imagen desprende sabor añejo, que se antoja inusual por bien conservada, tanto que podría ser perfectamente la misma que observaban los alumnos de Roturas cuando este edificio cerró sus puertas hace ya más de cuarenta años.
La escuela es ahora silencio donde ayer hubo bullicio, es la niña mimada de los escasos 15 vecinos del que será uno de los municipios más pequeños de Valladolid. Está ubicada en la parte superior del edificio del Ayuntamiento, con cubierta de madera recién colocada.
Hasta aquí sube cualquiera de los lugareños para hacer de guía cuando algún visitante pregunta por esta reliquia del pasado, hoy convertida en Museo de la Escuela del Ayer. Angelita, Gabino, Angelines, Gloria, Ausencia, Isabel, Jaime y Manolo acompañan al alcalde, Lucas, en esta peculiar visita al aula en la que recibieron sus estudios. La mayoría de estos vecinos están retratados en alguna de las dos fotografías que hace aproximadamente medio siglo inmortalizó a los alumnos de este pequeño pueblo. «Aquí seríamos unos cuarenta chavales», calcula Jaime mientras señala la fotografía en la que aparece él.
Con el cierre del colegio, los niños tuvieron que desplazarse a Villagarcía de Campos y las niñas a Mota del Marqués. Lo recuerda Angelita, que recorrió en numerosas ocasiones los 112 kilómetros que separan Roturas de Villagarcía para visitar a su hijo. «No supimos por qué les llevaron tan lejos, pero también lo hicieron con los niños que vivían en las fincas», rememora esta mujer.
Lugar recóndito
El Roturas de ahora poco tiene que ver con aquel pueblo que llegó a tener 250 habitantes. No es un lugar de paso. O se viene en su búsqueda o no se halla en el camino. La única carretera que desemboca en sus calles, que procede de Pesquera de Duero, termina en una plaza de grandes dimensiones donde se levanta una fuente que ofrece agua de un manantial autóctono. En la plazoleta, que reparte ramificadas las calles del pueblo, suelen aguardar al forastero entre media y una docena de vecinos que tienen en este punto su lugar de encuentro. Aquí se cuece el día a día, entre partidas de cartas y conversaciones. «Pasamos el rato. El día de San Juan también celebramos en la plaza una hoguera y una chocolatada, y el domingo después de las fiestas, que son esta semana, nos vamos todo el pueblo de merienda», añade Angelita. Eso sí, los gastos corren a cargo de los participantes. «A escote nada es caro», puntualiza Angelines. «Aquí -prosigue Angelita- los caprichos nos los pagamos nosotros. Si queremos sacar al santo con música, ponemos dinero para pagar los dulzaineros».
La colaboración es un pilar básico en una localidad que cada puerta tiene nombre y apellidos. En Roturas se conocen todos. Manolo, por ejemplo, es el responsable de subir cada Nochevieja al campanario y entonar las campanas para que todos los vecinos tomen juntos las doce uvas. «Había que demostrar que el pueblo existe, que está vivo», justifica.
La tranquilidad respira ya en los pulmones de una centenaria olma que da la bienvenida al pueblo. Destaca entre las choperas de gran altura y el viñedo que en esta época verdea el campo. Ya en el interior, el municipio esconde rincones de bello trazo, con casas rehabilitadas en piedra y madera que dan aliento a otras casi contiguas que miran hacia la decadencia. El silencio alcanza su mayor volumen en el mirador de la iglesia de San Esteban, templo del siglo XVI que destaca por su retablo de piedra. Desde aquí se divisan los tejados escalonados de un pueblecito por el que cada vez se dejan ver mayor número de huéspedes gracias a la apertura de tres casas rurales. «Buscan la tranquilidad del pueblo, está claro», resume el alcalde, Lucas Aguado.
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