Carlos Queiroz, seleccionador de Portugal, nació en Mozambique. Cosas de la vida y de las colonias, que alumbraron a miles de hijos blancos en el continente negro. Algunos de ellos, como Queiroz, vuelven siempre a su tierra, que ahora busca a un campeón. Y en eso está el preparador luso, siempre discreto, históricamente más preocupado por atrapar el futuro que por gestionar el presente. Necesita salir a la luz de una vez por todas y dejar la sombra en la que se ha movido como entrenador. El estratega, de 57 años, tratará de zancadillear hoy a España y buscará aprovechar una oportunidad única de hacer algo memorable en su carrera de entrenador. Una estrella de peso para su inmaculada hoja de servicios.
Porque el currículo de Queiroz es una hermosa sucesión de contrastes. De éxitos, con las selecciones inferiores de Portugal, y de mediocridades como entrenador de clubes. Siempre que se ha hecho cargo de un equipo de élite, tanto en EE UU y Japón como en su propio país o España, ha salido con más pena que gloria. En toda su carrera, que ha superado la barrera de los veinte años, sólo ha ganado una Supercopa (Real Madrid) y una Copa (Sporting Lisboa). Otra cosa son sus aportaciones como el fiel escudero de Alex Ferguson en el United -apostó por Cristiano Ronaldo, Nani y Vidic, entre otros- y su trabajo con el fútbol base portugués.
Dicen que es un profano en el arte del 'despachismo' y que no sabe tirar de la manga en los pasillos. Cultiva un acceso genuino al fútbol, con la dosis justa del mercantilismo que lo gobierna, y transige con las cámaras porque los contratos obligan. Su ecosistema es la sombra, trabajo en la retaguardia, olfato para anticiparse al futuro y construirlo desde el presente. Queiroz vivió en Mozambique hasta los 21 años y lo dejó por el conflicto armado que estaba a punto de partir el país en dos. Hizo las maletas y se refugió en la patria de sus padres, colonos portugueses asentados en el suelo subsahariano, que esperaron el desenlace de la Revolución de los Claveles para retornar.
Títulos con la sub'20
El seleccionador luso solía jugar de delantero -no destacó- y pronto cambió las botas por los zapatos y el silbato. Hizo historia con la selección portuguesa sub'20, que se proclamó campeona del mundo en 1989. Él estaba en el banquillo, con un puñado de pepitas de oro entre manos, talentos puros, y repitió la hazaña dos años más tarde en el Estadio de la Luz. De aquella generación salieron futbolistas de la talla de Couto, Figo, Joao Vieira Pinto y Abel Xavier, entre otros, que rompieron el cascarón y se presentaron a las grandes ligas. Pero Queiroz, pese a su éxito, no logró triunfar en los clubes.
Completó dos temporadas discretas en el Sporting de Lisboa y luego peregrinó por Estados Unidos, Japón y Emirates Árabes Unidos sin encontrar su lugar bajo el sol. Estudioso, reflexivo y con buen olfato para los jugadores, Ferguson le señaló con el dedo y se lo llevó al United como asistente. Estuvo cómodo, genial, pero un gigante como el Real Madrid llamó a sus puertas y no pudo negarse. Una nueva oportunidad para reivindicar su valía, su madurez como técnico, la capacidad de volar en solitario, pero le pudieron los molinos. Volvió a Inglaterra y se acurrucó bajo el ala del 'sir', con los 'diablos rojos', y en 2008 recibió la llamada para dirigir la selección absoluta de su país.
Hoy estará en la Ciudad del Cabo, en el banquillo de Portugal, con España enfrente. Lo tiene todo estudiado. Sabe cómo se desmarca Villa, los movimientos de Torres, el juego de Xavi e Iniesta... Los que le conocen dicen que es un buen tipo y que por eso no ha triunfado como entrenador de clubes. Ahora está ante la oportunidad de su vida. Eliminar a la Roja y llegar lejos en el Mundial otorga caché y credibilidad de cara a los proyectos futuros. El hombre que sólo ha triunfado a pequeña escala, con sus pepitas de oro, quiere su lingote. Está en África, la tierra que le vio nacer y a la que vuelve sin remedio.