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Los codiciosos especuladores

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Los codiciosos especuladores

El Gobierno español se encuentra de repente con que tiene facturas que pagar y la caja vacía, y cuando acude a pedir nuevos créditos los ahorradores le exigen medidas convincentes de reducción del gasto presente y futuro que garanticen que los créditos serán devueltos

26.06.10 - 00:28 -
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H asta hace poco creía que el problema de los déficit públicos insostenibles residía en la combinación de unos políticos irresponsables, cegados por el cortoplacismo electoral, y unos electores crédulos que votan programas electorales que les prometen menos impuestos y más beneficios sociales, pero estaba equivocado, la verdadera culpable es la avaricia, como proclamaba una pancarta desplegada por manifestantes en la Bolsa de Madrid el pasado día 8 de junio. Les contare una historia para explicárselo.
El pasado mes de abril un correo electrónico me informaba de que se había decidido cambiar el gestor del plan de pensiones de los trabajadores de la empresa, las razones que se exponían eran varias pero podían resumirse en la baja rentabilidad alcanzada desde su creación, lo cual me pareció muy razonable. En ningún caso se me ocurrió pensar que aquello me convertía en un especulador y mucho menos en uno de los responsables de la congelación de las pensiones, la bajada del sueldo de los funcionarios, la supresión del cheque bebé o la suspensión de la las obras del Ave a Santander.
Pero así había sido, no era consciente de la secuencia de acontecimientos que esta decisión, junto con la de muchos otros pequeños ahorradores a lo largo del mundo, iba a desencadenar. Todo comienza cuando la empresa gestora recibe la comunicación de la pérdida de un cliente, como eso reduce sus ingresos, el jefe llama a la persona responsable de gestionar el fondo y tras comunicarle que su impericia les ha hecho perder un cliente, le explica con claridad que, o se espabila, o buscan a otro. Por el contrario el nuevo gestor se muestra encantando con la llegada del nuevo cliente ya que ello incrementará sus ingresos, pero es consciente de que, o lo hace bien, o lo perderá. Así que todos los días los responsables de gestionar estos ahorros investigan dónde pueden colocarlos para obtener la mayor rentabilidad posible compatible con el nivel de riesgo admitido por el cliente. Para ello compran acciones y obligaciones de empresas, nacionales y extranjeras, también adquieren deuda pública, española y extranjera, así como otro tipo de títulos que le ofrezcan la mezcla de rentabilidad y seguridad deseada.
Para adquirirlos se dirigen a los llamados mercados financieros, el más conocido es sin duda la Bolsa, ya que es allí donde acuden las empresas que necesitan recursos, por ejemplo una empresa farmacéutica que va a construir una nueva factoría donde producir los fármacos de última generación que facilitan los transplantes, o Renault para financiar las inversiones necesarias para lanzar el coche eléctrico, o dónde los estados acuden para conseguir los fondos que les permitirá construir un nuevo hospital o una nueva línea férrea. De esta manera los mercados, nombre que reciben entre los iniciados, canalizan el ahorro de las familias de manera que se destinen a financiar las inversiones que permiten mejorar nuestro nivel de vida y obtener a cambio unos intereses.
Volvamos ahora al despacho donde los gestores de los fondos toman sus decisiones, a fin de lograr los rendimientos más elevados para sus clientes, todos los días escrutan la marcha de la economía y en función de sus previsiones de futuro compran unos títulos y venden otros, es decir especulan, y, aquí comienzan nuestras culpas, como lo hacen con nuestro dinero y lo hacen para evitar que nos vayamos con nuestro dinero a otra parte, resulta que somos colaboradores necesarios, y por tanto cómplices.
Pero lo peor ocurre cuando un día descubren que un país del área euro, Grecia, del que habían comprado deuda pública sin fijarse demasiado en las condiciones de su economía ya que la pertenencia al euro se consideraba un aval suficiente, muy probablemente no pueda hacer frente a los compromisos, y claro inmediatamente tratan de vender los títulos que poseen y por supuesto evitan comprar los nuevos. Alarmados por este hecho, revisan la economía del resto de los países del euro de los que poseen deuda pública, y empiezan a hacer cuentas sobre los riesgos, y encuentran que España aunque no tiene mucha deuda emitida respecto a su tamaño, se está dando mucha prisa en incrementarla, ya que está gastando mucho más de lo que recauda, no muestra ningún síntoma de recuperación en su economía y ningún signo de moderar su gasto, de manera que empiezan a preguntarse si comprar deuda española no será demasiado arriesgado, y comienzan a exigirle más intereses a la vez que más garantías sobre el futuro antes de prestarle.
El resultado es que el Gobierno español se encuentra de repente con que tiene facturas que pagar y la caja vacía, y cuando acude a pedir nuevos créditos los ahorradores le exigen medidas convincentes de reducción del gasto presente y futuro que garanticen que los créditos serán devueltos. El Gobierno, en el ejercicio de su soberanía, podría decidir no acceder, pero como la soberanía no paga facturas, ocurrió lo que ya conocen.
Ya lo ven, todo ello se debió no al derroche y mala gestión del Gobierno, sino al comportamiento de unos ahorradores que se preocupan de obtener una rentabilidad y no perder su dinero, es decir por especuladores y codiciosos.
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