Si el ADN encapsulara información histórica además de biológica, el de Koopman sería barroco. Su tiempo transcurre entre el siglo XVII y el XVIII. Sobre esas centurias lee, en esos siglos investiga y a ellos vuelve en cuanto tiene un teclado al alcance de sus dedos. Ton Koopman (Holanda, 1944) dirige a la Orquesta Sinfónica de Castilla y León mañana en un concierto extraordinario. Vuelve a ponerse al frente de una formación que ya conoce y los músicos celebran su presencia.
A pesar de que Bach y sus coetáneos rigen dos tercios de la agenda del maestro holandés, esta semana salta a los compositores del imperio austrohúngaro. Cambia la música dedicada a Dios por la de los salones y el mecenazgo aristocrático. «La música de Mozart y Haydn, me gusta, la siento cercana. Aunque lo mío es el barroco, me siento al órgano y me fluye natural, como si no tocara yo. Lo que no puedo dirigir es Bruckner o Mahler, no siento esa música como mía», explica Koopman tras el ensayo de ayer. Cuatro horas con los músicos en los que el maestro volvió a ganárselos.
«El director es un primus inter pares, un músico entre músicos que intenta transmitir cómo ve él esa partitura. Esta música necesita otra actitud y eso es lo que pido a los músicos, que al segundo día ya están adaptados. Es una Orquesta muy abierta y receptiva que responde enseguida», dice este profesor de la Universidad de Leiden. «Sólo se puede hacer música a partir de la armonía con los músicos, no luchando contra ellos».
El sueño de las cantatas
El fundador del Amsterdam Baroque Orchestra (1979) da conciertos con su familia musical tres meses al año. El resto, acepta compromisos como director invitado y como teclista, fundamentalmente de órgano. «Me gusta trabajar con las mismas orquestas una o dos semanas al año. Lo hago con la Orquesta de Cámara de la Radio de Holanda, con la de París dos veces al año, la de Boston o el Concertgebouw».
Koopman es uno de los maestros historicistas que desde los años sesenta bucea en los archivos en busca de las «fuentes». En la estela de Leonard Bernhardt, es compañero de generación de Gardiner o Christie y entre sus alumnos está Philippe Herreweghe. Todos ellos han soñado con lo mismo, grabar la integral de las cantatas de Bach (más de 200). Gardiner, el más ambicioso, quería hacerlo en las iglesias para las que fueron compuestas. Pero la realidad discográfica cambió en los noventa y esos proyectos han quedado inconclusos o sintetizados. «Universal absorbió otros sellos y decidieron que no hacían negocio con la música clásica», apunta.
Tanto Gardiner como Koopman han elegido el camino de crear su propio sello. «Total libertad creativa pero a la vez, obligación de buscar sponsors», señala el holandés. Aún así, le ha merecido la pena. «He conseguido presupuesto para la grabación de los trabajos de Buxtehude. Aún no lo tengo para Bach».
Conoce desde hace muchos años a Jordi Savall con quien ha tocado en repetidas ocasiones. «Él fue pionero en esto, fue el primero que creó su propia marca discográfica».
Este investigador considera el siglo XX como el momento del gran cambio orquestal. «El vibrato aparece en el XIX y la nueva sonoridad, en el período de entreguerras. Los instrumentos americanos de viento cambian. Las nuevas trompetas trombones hacen mucho vibrato», dice quien prefiere un sonido más «pulido, más claro y limpio». «En el barroco era imposible porque el violín se cogía más abajo y no había sitio para que las manos produjeran el efecto del vibrato». Aunque aclara enseguida que a falta de grabaciones, el referente era el intérprete más cercano. «Por ejemplo en Venecia el sonido de Nardini era más bonito que el de Vivaldi, quien buscaba fundamentalmente probar su virtuosismo a partir de una sonoridad más fuerte. Sin embargo en Roma, era aún más alta. Lo que para un veneciano era el máximo de hercios, en Roma se superaba». Por todo ello, Koopman reconoce que Strauss o Brahms no son para su batuta. «Lo más cercano que dirijo es Schumann. El romanticismo no es para mí. Nunca digo eso no lo haré, pero es improbable». Así que mientras la historia de la dirección parece imposible sin el sinfonismo de Beethoven, este bibliófilo reconoce que «sólo lo he dirigido una vez. Próximamente haré tres de sus sinfonías en Japón. Y también habrá una excepción con Brahms, cuyos 'lieder de los gitanos' también los dirigiré en París».
Proyecto de Cabezón
Koopman fue la batuta elegida el año pasado para hacer 'El camino de Santiago', siete conciertos con su agrupación coral en otras tantas iglesias de la vía jacobea a su paso por Castilla y León. «Preparé mucha música vocal española del XVI y grabamos un disco sobre repertorio español para órgano». Había un compromiso para grabar obras de Cabezón en el año de su quinto centenario «pero no sé si por la economía o por qué, no he vuelto a saber nada». También en Holanda se hace sentir la crisis. «Los recortes en las artes no han hecho esperar. A mi Gobierno le preguntaría por qué no ahorra en la seguridad durante los partidos de fútbol, que la paguen los que van, y no abandonen la ayuda a la cultura, a los museos, los libros, la música... Hay que educar a los jóvenes».