La Real Academia Española muestra diferentes acepciones de fábula. Yo me quedo con la de ficción artificiosa con que se encubre o disimula una verdad, en concreto es la que mejor define algunas interpretaciones que en no pocas ocasiones se transmiten a la sociedad sobre lo que son y lo que implican los transgénicos, tanto para el agricultor, como para el consumidor y el medioambiente. En muchos casos se trata de visiones apocalípticas del desarrollo tecnológico del agro, en concreto en lo que respecta a la tecnología transgénica. Una de las imágenes más habituales en España es mostrar un campo lleno de maíz transgénico que hace desaparecer todo tipo de cultivos. La realidad es que cuesta imaginarse miles de hectáreas de rentables frutales aragoneses o catalanes sustituidos por este cereal, ni tampoco la huerta valenciana o murciana, los eficientes invernaderos almerienses, los extensos viñedos riojanos, los olivares andaluces, los arrozales sevillanos, los pastos cantábricos, las dehesas occidentales, etcétera. Ni siquiera esto sucederá en los campos de cereal castellanos y leoneses, donde este maíz no necesita ser sembrado, ya que la plaga que combate no es un problema acuciante.
En algunos lugares del mundo el monocultivo puede llegar a ser un problema, ¿o una alternativa con adecuadas rotaciones y tecnología? En cualquier caso, bueno o malo, es una cuestión de planificación estratégica, de las grandes políticas de desarrollo, que se pueden acometer con variedades que incorporen modificaciones genéticas o con convencionales. De hecho, de acuerdo con los datos de la ISAAA (International Service for Acquisition of Agro Biotech Applications) en el 2009 las tres cuartas partes del maíz mundial correspondían a maíz no transgénico. El problema no es la tecnología, sino el uso que se hace de ella, y ésta puede ser transgénica, convencional o ecológica. No hay que olvidar que en términos relativos el mayor número de alertas sanitarias se producen por cultivos y alimentos ecológicos, por encima de los convencionales y muy por encima que los transgénicos, tal como constata cada año el Sistema de Alerta Rápida para Alimentos y Piensos de la Unión Europea (UE).
Pero existen otras fábulas. Por ejemplo, la impactante idea de que ingerimos los pesticidas asociados. Por ejemplo, el pesticida en el caso del único cultivo que hasta la fecha se ha cultivado en la UE, el maíz Bt, es una toxina natural que segrega la planta, que es exactamente la misma que está autorizada como tratamiento insecticida en producciones ecológicas y que se usa en muchas mayores dosis que lo que produce la planta transgénica. Si esto nos condena, ¿tendríamos que dejar de consumir alimentos ecológicos, más peligrosos, según lo que afirma esta recurrente teoría? Otra fábula se refiere a que estos cultivos arruinan a los agricultores. Quizás se trate de una ironía. ¿Se han arruinado más de 14 millones de agricultores en todo el mundo, la mayoría pequeños, con total libertad para elegir, que año tras año vuelven a optar por estas semillas?, ¿quiere decir que los agricultores son personas incapaces de hacer cuentas y año tras año deciden arruinarse?, ¿que sus vecinos, viendo su ruina, optan por hacer lo mismo, y repiten y repiten?
La realidad del desarrollo agrario mundial está muy alejada de esta visión, que abusa de la lejanía de estos cultivos en una UE aislada, debido quizás a que los políticos soportan un yugo que les ha forzado a no haber aprobado más que un cultivo transgénico en quince años, ahora son dos. Pero ¿quién ha puesto este yugo de aislamiento, de ralentización tecnológica, de retraso productivo y ambiental? En la UE, ha sido la ideología, más en concreto los grupos y movimientos que han priorizado su batalla ideológica contra determinados modelos económicos, frente a la deontología en el desarrollo de sus funciones de defender el bienestar de las personas, la conservación de nuestro medio natural y el desarrollo equilibrado de una sociedad que crece; de un mundo que en el 2050 deberá producir de forma sostenible el 70% más de alimentos en la misma superficie. Sin duda, eso no lo conseguiremos con modelos agrarios poco eficientes, basados en una estructura productiva unifamiliar ni tampoco con las producciones ecológicas, por mucho que en espacios económicos desarrollados parte de la sociedad se identifique con estos alimentos.
Una realidad que una sociedad madura entiende, a pesar del constante intento de mostrar lo contrario. El 77% de los europeos opinan que los agricultores deben aprovechar los progresos de la biotecnología, según el Eurobarómetro del 2010, una tendencia que ha ido en aumento. La propia Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) reconoció en la VI Conferencia de la Red de Regiones Libres de OGMs la clara reducción de la preocupación social y de las consultas que recibían sobre este tema. Lo que sucede es que la minoría opuesta es mucho más ruidosa.