«En Don Bosco un cojo puede jugar en el equipo de fútbol, aquí caben todos, no sólo los buenos». Santi Domínguez, responsable del centro, reconoce que esta máxima puede no sonar políticamente correcta. Da igual. Así son las cosas en el complejo de asociaciones que trabajan bajo el amparo de los Salesianos de Pajarillos. A nadie se le deja en el banquillo.
El Ayuntamiento de Valladolid acaba de reconocer el compromiso social de la Casa de Juventud Aleste, que durante 37 años ha sido «colchón amortiguador» -no les gusta la palabra refugio- de decenas de generaciones de chavales en uno de los barrios que más ha sufrido la marginación y el azote de la droga. ¿Cuántos? «Puff, miles», resume la dirección. Su declaración como entidad de utilidad pública municipal la pasada semana llega con el aplauso general de los que conocen de cerca este entramado, con especial foco para los más desfavorecidos, del que se benefician cada año cerca de dos mil personas, sobre todo, de los barrios menos ornamentales de la capital, del este.
Este hogar ha evitado que muchos se cortasen con las aceras más afiladas de la calle mediante el deporte y el ocio y ha logrado, además, crear una conciencia de pertenencia que se defiende con orgullo. Lo corroboran Inmaculada, Amor, Carmen y el resto de las mujeres que realizan trabajos manuales bajo la supervisión de Dina en el aula de la Asociación El Candil, uno de los brazos de este acogedor pulpo, compuesto por el Club Deportivo Don Bosco, la Asociación Juvenil Arco Iris, así como por programas de ocio, talleres y formación para todos los gustos y edades.
«Nosotras estamos tan a gusto, hay veces que cuando invitas a alguien de fuera a merendar a tu casa y les dices que vives en Pajarillos te ponen caras raras, pero aquí se vive muy bien, aunque no se puede negar la evidencia de que ha habido problemas», reconoce este grupo de amas de casa, que lo mismo canta zarzuela que baila sevillanas o se ejercita con el pincel y las tijeras. Todo sin salir de Don Bosco, que tiene oferta «de 3 a 90 años», como publicita Santi al recordar a los miembros de menor y mayor edad.
Desde 1972 el complejo que se extiende junto a la parroquia de María Auxiliadora, colindante durante décadas con el maldito Poblado de la Esperanza, mantiene abiertas sus puertas de par en par. «Esto es una gran familia donde no catequizamos, sino que buscamos el desarrollo integral de la persona», destacan. Españoles payos y gitanos, musulmanes, sudamericanos o inmigrantes llegados de los países del este, gente con más y gente con menos comparten instalaciones, actividades, tienda de campaña o equipo de fútbol sin que nadie se mire de reojo. Un logro en los tiempos que corren y que está respaldado por el trabajo de un centenar de voluntarios, además por la labor educadores profesionales.
Es, sin duda, con niños y jóvenes donde Aleste deja el resto. «Prevenir antes de intentar reparar los descosidos» es una labor importante en una zona asociada históricamente al «mal rollo», que ahora se ha desplazado de la parte alta de Pajarillos al 29 de Octubre, «aunque esto ha mejorado mucho», según acotan Inmaculada y el resto del grupo de mujeres de El Candil.
La Casa de Juventud mantiene abiertos varios programas para los chicos. El de infancia apoya escolarmente y a nivel de socialización a niños de 5 a 14 años procedentes algunos de hogares desestructurados. Por sus aulas han pasado muchos hijos del poblado que no tenían oportunidad de recibir esa ayuda en casa. «Vemos que no pueden acceder a otro tipo de recursos como una academia o un colegio, pues aquí les ofrecemos ese apoyo», explican. Se planifica a la medida. En estas tareas también hay baches. El último lo recuerda con humor Lorena Hernando, que de niña del Don Bosco a los 15 años ha pasado a trabajadora del centro. «El otro día un grupo fue a visitar la feria del libro y uno de los críos se llevó uno de una caseta, la monitora cogió un sofoco, pero estas cosas pasan y es lo que hay que ir trabajando con los chavales», aclara esta joven de 27 años.
En otra de las habitaciones de esta gran casa las monitoras Sara Hidalgo y Sofía Blanco bregan con un grupo de pequeños a los que enseñan a tomar decisiones con la excusa de una gran roca muy difícil de mover. «¿Cómo lo harías?», les preguntan. Josito, Shakira, Michel, Antonio, Luis, Cristina y Amparo están más pendientes de la prensa que de el dilema. Con el juego, explican las responsables, se trata de que aporten sus ideas, sepan respetan los turnos de palabra y colaboren entre ellos. Es una forma educar desde lo lúdico.
Aquí también se recibe, sin pedir explicaciones, a chicos que llegan «muy machacados». «En el programa de prevención a la marginación nos vienen jóvenes de centros como el Zambrana, el Montero, de pisos tutelados, que, junto con otros normalizados, trabajan para ser críticos con sigo mismos y saber ver otros horizontes», subrayan los responsables del centro.
Hablar de porcentajes de éxito con personas es muy complicado «porque cada una tiene su proceso», pero en Don Bosco aseguran estar satisfechos. «Hay programas como el de infancia donde a los niños les derivan de los centros de acción social, con lo cual vienen un poco más obligados. Sin embargo con el paso del tiempo, la gente está contenta, se queda año tras año», señala el director del centro, quien aclara que lo que se busca con este proyecto es que los pequeños, la mayor parte de etnia gitana, trabajen habilidades sociales e inserción. Reconocido con numerosos premios, el centro de Don Bosco ha tenido que poner este año en marcha las becas Aleste. «Se ha notado mucho la crisis y el incremento de padres y madres en paro; a esas familias que lo están pasando mal no se les cobra por la actividad, que, aunque suelen tener precios muy populares, les supone un esfuerzo», desvela. Lo dicho, nadie se queda en el banquillo.
Junto al campo de fútbol las madres de los jugadores más pequeños de Don Bosco respaldan la utilidad del complejo amparado por los salesianos. «Para nosotras y para los chavales este lugar es estupendo, los chicos están aquí y no están en otro lugar. Es un desahogo para todos», dicen Mari Mar y compañía mientras celebran con pasteles un cumpleaños. Que este lugar deja huella está claro. «Aquí hay mucha gente que vino de pequeña, luego ha traído a sus hijos y éstos han traído a los nietos», destacan. La Casa Aleste es la cuarta entidad declarada de utilidad pública después de la Asociación Vecinal Rondilla, la de Empresarios de San Cristóbal y el Consejo de la Juventud.