Quinientos voluntarios, nueve mil servicios prestados a tres mil extranjeros de 28 nacionalidades diferentes y más de una veintena de proyectos que abarcan desde la orientación hasta el alojamiento, pasando por la formación, la alimentación o el apoyo psicológico. La memoria del trabajo que en el 2009 desarrolló en Valladolid la Red Íncola abruma.
La mayoría de los veinte mil inmigrantes que residen en la capital ha tenido un contacto permanente u ocasional con alguna de las diez instituciones que, tras varios acuerdos previos, decidieron en el 2006 unir sus esfuerzos para potenciar sus recursos y no duplicar la oferta en la atención al extranjero. El propósito era tan claro como ambicioso: «apoyar a la población inmigrante en mayor precariedad y promover sus derechos para que disfruten de una vida digna».
Las asociación celebra este mismo mes sus primeros cuatro años de vida, una corta andadura que, sin embargo, ha dado para mucho. Gracias al trabajo de las nueve congregaciones y del Teléfono de la Esperanza, la Red Íncola se ha convertido en la puerta de entrada para gran parte de los inmigrantes que aterrizan en Valladolid, pero también en el número que siempre responde cuando, pasado un tiempo, las cosas dejan de ir bien.
La crisis económica está teniendo consecuencias especialmente negativas en la población inmigrante -«por ser un sector doblemente golpeado por la destrucción del empleo y por carecer de redes familiares para atenuar el impacto», tal y como explica el presidente de la Red, Cipriano Díaz Marcos- lo que también se refleja en el trabajo del medio millar de voluntarios que colaboran con la asociación.
La situación de precariedad ha multiplicado el número de usuarios que reclaman servicios de urgencia, como los que se ofrecen en los dos pisos de acogida para familias de las Hijas de la Caridad y las Esclavas, la residencia para mujeres sin cargas familiares de las Religiosas de María Inmaculada, la entrega de alimentos o los más puntuales recursos de ropero, duchas o lavandería. El apoyo jurídico, psicológico o de terapia y mediación familiar, además de la bolsa de empleo, se han convertido asimismo en fundamentales para aquellas personas en situaciones límite.
Los trabajadores sociales o el propio coordinador de la Red, Alberto Ares, son los encargados de atender inicialmente a los usuarios en la sede de la Plaza de España, de orientarlos y de encauzarlos hacia los distintos servicios repartidos por la capital. Una vez cubiertas las necesidades básicas, los inmigrantes tienen también acceso a otros recursos formativos, e incluso lúdicos. De entre los primeros, destacan las aulas de apoyo a los alumnos de Primaria o Secundaria, coordinados por las Filipenses y la Institución Teresiana, los cursos de español para adultos, el programa de atención a la mujer árabe de la Compañía de María o los cursos de formación laboral, como los impartidos el pasado año en geriatría, informática, primeros auxilios o puericultura.
Los campamentos urbanos o de verano, la ludoteca para niños árabes y los encuentros interculturales, son ejemplos de la oferta destinada al ocio, aunque en este apartado merece una especial atención el conocido como centro de día Calor y Café, un local de 300 metros en la calle Ruiz Hernández que se ha erigido como la mejor alternativa al deambular diario de muchos inmigrantes sin trabajo u hogar. Cerca de medio millar de extranjeros pasan semanalmente por el centro, en el que no sólo se les ofrece comida y bebida, sino que se les da la posibilidad de navegar, ver cine, hacer yoga o, simplemente, pasar el tiempo muerto con algo menos de angustia.
También las personas sin hogar, inmigrantes o no, que por diversas razones no acuden a los servicios de albergue temporal son objetivo de la Red. Para ellos trabajan 52 voluntarios, responsables del programa Café Solidario, que los lunes y miércoles por la noche salen al encuentro de inmigrantes a los que ofrecen un café, pero también escuchan e informan acerca de los recursos puestos a su disposición.
Los religiosos y voluntarios que trabajan en la Red Íncola están convencidos que la mejora de la calidad de vida del colectivo pasa por conseguir una 'mirada positiva' de la sociedad hacia la inmigración. Son innumerables los encuentros, exposiciones, talleres, conferencias y programas de sensibilización en colegios cuyo objetivo es, precisamente, mejorar el proceso de integración de la población extranjera por parte de la de Valladolid.