Los toresanos revivieron ayer uno de los actos más emotivos y peculiares de la Semana Santa: la tradicional bendición de los Conqueros. El atrio de la iglesia museo de Santa Catalina albergó este ritual el que los cuatro hermanos de la cofradía de Jesús Nazareno y Ánimas de la Campanilla juraron silencio ante la mirada de Nuestro padre Jesús, uno de los pasos más venerados por los toresanos, y se comprometieron a cumplir con la ardua tarea de solicitar limosna por las calles de la ciudad.
La figura del conquero, también conocido popularmente como 'cagalentejas' -porque en el pasado el abad de la cofradía invitaba a los cuatro hermanos a comer y el primer plato siempre eran lentejas-, tiene su origen en la antigua hermandad de Ánimas de la Campanilla, de ahí que para esta bendición la túnica que visten los cofrades es negra. En otros tiempos, los hermanos estaban obligados a ofrecerse como postulantes para el Jueves Santo, y todo el mes de noviembre durante los fines de semana recorrían las calles con la típica campanilla para recaudar dinero destinado a los fines de la hermandad.
El gemido de la trompeta, al que respondió el lastimero eco desde el interior del templo, marcó al mediodía el inicio de la bendición de los Conqueros. Con semblante serio y arrodillados ante la imagen de Nuestro Padre Jesús esperaron las indicaciones de los abades en ejercicio para iniciar su solitario y silencioso recorrido por las calles de Toro y cumplir con la tradición de recaudar donativos para la cofradía. En medio de un respetuoso silencio, uno de los abades agradeció a los hermanos que «por voluntad propia han decidido sacrificarse con la mordaza del silencio obligatorio»; silencio que los hermanos guardan hasta hoy Viernes Santo.
Manos entumecidas
Con el rezo del bendito, un credo y una salve prosiguió este acto en el que otro abad alabó a los conqueros por ser «un ejemplo de humildad que nos transmitieron nuestros hermanos», como recogen los antiguos estatutos de la cofradía toresana. «Con los pies cansados de andar y las manos entumecidas por la conca», los abades pidieron a los conqueros que no desfallecieran en su largo peregrinar: «El que os diere, bendecidle en nombre de Dios; el que os la negare, perdonadle, que Dios le pedirá cuenta de sus actos». Acto seguido los cuatro hermanos hicieron el juramento de silencio.
Los abades pidieron a los conqueros que «aunque algunos sufriréis mofas en vuestra ida y venida con vuestros símbolos de conquero, pensad que Nuestro Padre Jesús sufrió mucho más por nosotros, tomadlo como un servicio de penitencia a nuestra cofradía». Arrodillados, y con la ayuda de los escribanos, se cubrieron el rostro, «no para que no os conozcan, pues debéis sentiros orgullosos, sino en prueba de penitencia y amor a esta santa cofradía y que, según nos legaron nuestros mayores, es costumbre en la misma».
Con el rostro ya cubierto, los abades recordaron a los cuatro hermanos que «ser conqueros no es una labor fácil y aunque unos se mofarán y otros os insultarán no se lo tengáis en cuenta y perdonádselo con vuestro silencio».
Golpeteo de las insignias
Los escribanos entregaron a los conqueros las insignias, cuyo golpeteo en el suelo sirve a los hermanos para solicitar las limosnas y para que «os sirva de apoyo en las horas de cansancio», y las concas, especie de cuenco de madera que los hermanos utilizan para solicitar las dádivas y que en otras épocas se usaba para probar el vino que se elaboraba en las bodegas.
Los cuatro conqueros iniciaron entonces su peregrinar por las calles de Toro para solicitar limosna, labor que se prolonga hasta que se oculta el sol. Durante la procesión de este Viernes Santo repetirán la petición entre los toresanos y visitantes.