Los hermanos tenían ya por la mañana las capas dispuestas y colocaban los cardos que adornan el paso para la salida a media noche, «creemos que no va a llover, nuestro Cristo va a permitir que se celebra la procesión», manifestó el presidente, Antonio Martín Alén. En todo caso, también habían preparado un plástico para cubrir, si fuera necesario, la talla del siglo XVII, de autor anónimo, única que conserva la cruz original, «tendría que llover a mares para que se suspendiera la procesión», insistió.
No podía ser de otra manera cuando la cofradía es este año la imagen de la Semana Santa de Zamora. Su bombardino, uno de los personajes más significativos de la Pasión, ilustra el cartel, cuyo autor es el propio presidente de la Hermandad Penitencial de Santísimo Cristo del Amparo, que le rinde así homenaje.
Es ese bombardino, interpretado desde el año pasado por Eduardo Vidal, el que suena a intervalos en la procesión. El fúnebre himno 'Dies irae' se alterna con la música del cuarteto y con el estridente crujido de la siete matracas en medio del silencio en el que avanza el cortejo.
Cubiertos con las capas pardas alistanas, que han dado el nombre popular a la cofradía, la salida de los 150 penitentes de la iglesia de San Claudio de Olivares, anunciada por el tañido de campana, ya constituye en sí un impresionante momento, como lo es su avance por las estrechas calles, a la luz de los faroles de hierro que encierran los cirios portados por los hermanos. Un caminar pausado en forma de cruz por cuestas y rúas, con la nueva bandera guía de seda de Damasco abriendo el desfile (la estrenada el año pasado se sacará sólo el día del Corpus), seguida de la Cruz guía. La llegada a la plaza de San Ildefonso marca uno de los hitos del recorrido, con el rezo del Vía Crucis al paso de la procesión, que sigue por Fray Diego de Deza, plaza de Arias Gonzalo y Obispo manso hacia la Puerta del Obispo. Tras la Cuesta llega a la plaza de San Claudio para entonar el Miserere alistano.
En plena madruga suena la sentida plegaria en las voces del coro, que conmueve a los asistentes: «Ten mi Dios, mi bien, mi amor, misericordia de mi ; ya me ves postrado a Ti con penitente dolor...» El Cristo del Amparo entra después a su templo, de nuevo en silencio, sin que nada perturbe la solemnidad.