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La lengua de Caín

27.03.10 - 00:54 -
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Es posible que Guillermo Cabrera Infante aprovechara alguna de las ocasiones en que tuvo que declarar su profesión para dejar clara su pasión por el cine. ¿Contestaría, en vez del rutinario «escritor», cinéfilo? ¿O guionista? ¿O crítico de cine, o cronista de estrenos? Es más posible que improbable, pues el cine llena muchas de las páginas de la vida de Cabrera Infante, y de las páginas que escribió. A veces da la impresión de que no hizo otra cosa que ver películas. Con sólo 22 años, la edad apropiada para pajarear por un cine-club universitario, funda con otros apasionados la Cinemateca cubana, y en su primer viaje a Nueva York acarrea todas las copias que puede conseguir en el Museo de Arte Moderno. Ejerce como guionista, aunque muchos de sus trabajos se quedaran en el cajón, de donde algún día saldrá el que elaboró con la novela de Malcolm Lowry 'Bajo el volcán', un desafío para el que no encontró valientes. Más suerte tuvo con 'Punto límite: Cero', rodada por Richard C. Sarafian en 1971, y que la memoria guarda con respeto lejano.
Por sus novelas, por sus inclasificables textos, el cine ronda sin cesar. No sólo como referencia narrativa, o mitológica, sino como lugar, como actividad central de vida. Imaginamos con facilidad a Cabrera Infante en sus años de La Habana (tal vez todos los años de su vida, en presencia o en ausencia) yendo al cine, saliendo de él, hablando de películas por las aceras, labrando amistades, ampliando horizontes. En sus escritos más autobiográficos (es decir, en casi todos), esa forma de remansar en una proyección las tardes y las noches envuelve a sus personajes. El protagonista de 'La Habana para un infante difunto' hace converger, como no podía ser de otra forma, la iniciación sexual y artística en las salas de cine, aunque perjudique a su concentración de espectador, pues como anotó Cabrera Infante en una de sus críticas «las mujeres no dejan ver las películas. Parece que la conjugación de la penumbra, la música de fondo y los muebles muelles las predisponen a otra cosa bien diferente de un juicio crítico: al prejuicio erótico». Esa novela acaba (más bien no acaba) con la pareja viendo una de Pluto, y el protagonista desbordando todas las exploraciones y tentativas que abundan en centenares de páginas anteriores: se introduce, literalmente, dentro de su deseada, con todo su cuerpo entero, en un viaje subterráneo antisimétrico del que inicia la Alicia carroliana por otro agujero terrestre. Como dice el sediento narrador, «¡Ah, las cosas que se podían hacer en los cines de La Habana!»
¿Y dónde más puede proclamar un escritor su constante amor a las narraciones en imágenes? En donde tantos lo han hecho, en la labor crítica. Aquí al lado tenemos centenares con las que probó su pluma Miguel Delibes. Por allá las de Francisco Ayala. O las de Jorge Luis Borges. Nuestro escritor también cultivó en abundancia ese encuentro de la palabra con la imagen o, mejor aún, la persecución de la segunda por la primera. Su debut en la letra impresa son las críticas de cine que escribió con constancia en el semanario 'Carteles' entre 1954 y 1960, además de un período más breve en 'Revolución', que después recopiló y publicó en 1963 en 'Un oficio del siglo XX', firmado con su seudónimo G. Caín. También en esa época dio una serie de conferencias en La Habana sobre cinco directores, Welles, Hitchcock, Hawks, Huston y Minelli, que Seix Barral agrupó en 'Arcadia todas las noches'.
Las críticas de su primer libro corresponden a estrenos, uno tras otro, como tantas que encontramos en la prensa diaria, pero negándose a la sepultura en donde se entierra la efímera actualidad. No las mantiene vivas ninguna especificidad metodológica, ninguna adhesión a vanguardias o a novedades en miradas o enfoques. A pesar de que Cabrera Infante compraba por esos años 'Cahiers du Cinema' en una librería belga de su ciudad, y recogía por tanto la corriente crítica de la Nouvelle vague, en sus textos no hay rastros de política de autor ni de mitología del cine clásico. Tampoco hay referencias a la gramática de la imagen (la excepción sería algo parecido a un análisis textual de la célebre secuencia del avión en 'Con la muerte en los talones'), al montaje, a la deriva estilística, a la metanarratividad.
El arma casi única de nuestro escritor es la palabra, su solidez, su creciente jugosidad, el tejido de referencias cinematográficas y literarias que las trae y lleva. Con ellas argumenta, ironiza, prolonga, cuenta, imagina, emociona, denigra. La palabra que llega inflamada de una pasión, esa que le arrastra tres noches seguidas al cine donde estrenan 'Vértigo'. La palabra de escritor, con la que se contagia y aprende todo, menos a hacer crítica.
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