No se le ha borrado la imagen ni una sola vez desde aquel 22 de abril de 1936. Carmen Cabezas, de 84 años, lo tiene grabado a fuego en su mente. Sus padres, sus otros cinco hermanos y ella misma rodeaban la cama esperando a que su hermana Mercedes descansara en paz. Llevaba meses enferma, presa de un tumor en el vientre de al menos cinco kilos que engullía su vida lentamente. Pero aquella tarde su hilo de voz se fue apagando, su piel palidecía por momentos y su mirada yacía perdida en la habitación de la vivienda familiar de San Cristóbal de la Cuesta (Salamanca). «Mi hermana se moría», confiesa. El párroco del pueblo le dio el sacramento de la extremaunción y los murmullos de las oraciones de la novena que la familia venía realizando al padre Hoyos sonaban ahora más desgarradores que nunca.
Eran los terceros ejercicios devotos que los Cabeza Terrero dirigían a
Bernardo de Hoyos, un jesuita de
Torrelobatón fallecido en 1735 a quien rogaban desesperadamente la salvación de su hija. Y he aquí el milagro. Cuando todos pensaban que la muerte había hecho ya presa, y su padre, incluso, mandó cerrar un ojo que había dejado abierto,
Mercedes Cabeza, de 24 años de edad, se incorporó en la cama y acertó a pronunciar: «Estoy curada, Dios existe». «Y así se obró la curación milagrosa, porque no había ninguna solución médica a su enfermedad», lanza Carmen con una tranquilidad pasmosa en su voz.
Han pasado 74 años, esta octogenaria era entonces tan solo una niña de 10 años, pero no se cansa de rememorar una y otra vez el pasaje. Lo cuenta desde la residencia de las Operarias Misioneras de Salamanca -congregación fundada por su hermana-, desde la perspectiva cristina en la que fue educada, pero desde la objetividad de quien presenció una curación «que ningún médico pudo justificar en la ciencia». «Todos sabíamos que había sido un milagro, porque incluso la barriga, que la tenía como una embarazada por el tumor, desapareció de repente y no expulsó nada por ninguna vía natural, pero evidentemente la Iglesia tiene la última palabra». Y la ha tenido. En enero del 2009 el Papa Benedicto XVI reconoció el
milagro, atribuido desde un primer momento al
padre Hoyos. Años de investigaciones, testimonios y certificados médicos.
Al fin, este jesuita que se convirtió en el primer apóstol del Corazón de Jesús en España, será proclamado el próximo
18 de abril como nuevo beato de la Iglesia católica en el Paseo Central del Campo Grande. Será un acto multitudinario (se esperan unas 20.000 personas) que para Carmen Cabezas, única superviviente junto a uno de sus hermanos de aquel pasaje, supondrá «una satisfacción muy grande». «Nosotros rezamos la novena porque un jesuita amigo de mi hermana le dijo que lo hiciéramos, que el padre Hoyos la iba a curar. Rezamos la primera y no mejoró, con la segunda novena incluso empeoró, pero al comenzar la tercera fue cuando ocurrió todo gracias a la perseverancia de la oración», añade esta octogenaria.
'La Monjita'
La vivienda de los Cabeza Terrero se transformó en cuestión de minutos en un santuario de peregrinación de vecinos del pueblo y de municipios cercanos. Acudieron en masa para comprobar lo ocurrido. Mercedes, la dulce joven apodada 'la Monjita', la niña que sustituyó las muñecas por los juegos de altares, recibía a los curiosos sentada en la cama, con el rostro «alegre y risueño», hablando sin parar con una inusual rapidez y con una conversación sin rumbo. «Así estuvo tres horas. Me acuerdo que habló de la fe, de la guerra que iba a haber ese año, de la Iglesia y, sobre todo, recuerdo que hablaba con alguien a quien decía: 'No andes tan deprisa, que soy pequeña y no te puedo seguir'. Nos imaginamos que debía de hablar con Jesucristo», prosigue Carmen.
La maquinaria eclesiástica se puso entonces en funcionamiento para demostrar que el padre
Bernardo de Hoyos había curado el tumor a esta joven de San Cristóbal de la Cuesta. El doctor Cacho, el médico del pueblo que atendió a Mercedes de su enfermedad, declaró que en su presencia «se levantó de la cama y empezó a hablar en un estado casi místico, lleno de energía» y que «con gran sorpresa el tumor había desaparecido y la enferma decía que sentía una sensación de bienestar que nunca antes había tenido». Así ha quedado reflejado en la 'Positio' de beatificación y canonización, que recoge en más de 150 páginas las declaraciones de testigos, pruebas médicas y demás documentos que han corroborado lo acontecido aquel 22 de abril de 1936. La propia Mercedes escribió en 1989 una carta al rector del santuario nacional de la Gran Promesa en la que aseguraba lo siguiente: «Todavía vivo después de 53 años y puedo decirle que del antiguo tumor no tengo síntomas».
Falleció en 1993, a los 82 años, «porque se le acabó la vida de anciana, tuvo fallos en el corazón y en el organismo», especifica su hermana. El doctor Basilio Gutiérrez manifestó en su certificado de defunción que la muerte no tuvo relación «con una enfermedad que padeció en su juventud».
El padre Hoyos había obrado su milagro. Quedaba aprobado por la Iglesia, aunque hay al menos «cinco o seis más» atribuidos a este jesuita vallisoletano. «Pero había que centrarse en uno, y evidentemente éste es claro, porque en 1936 a esta mujer le cerraron los ojos pensando que había fallecido y en 1989 gozaba de un buen estado de salud».
Lo asegura Aurelio García, delegado de Liturgia y miembro de la comisión para la beatificación, fiel conocedor de la vida y obra de este sacerdote.
La beatificación del próximo 18 de abril será la primera que se celebre en Valladolid «y una de las primeras en España», puntualiza Aurelio García. Bernardo de Hoyos será beatificado en un rito en el que estará presente el legado pontificio, monseñor Angelo Amato, prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos.
Ahora bien, será un acto atípico en cuanto a que no existirán reliquias de este jesuita fallecido en 1735. No han aparecido. «Sabemos que le enterraron en la actual iglesia de San Miguel, pero cuatro años después expulsan a la Compañía de Jesús y sus conventos quedan desiertos, se vacían las tumbas porque hay una corriente antijesuita y dos sacristanes cogieron las reliquias, pero no sabemos qué hicieron con ellas», añade el delegado de Liturgia.