En las últimas semanas apenas duerme tres o cuatro horas al día. Y eso, cuando consigue conciliar el sueño. Que las aguas de la economía andan muy revueltas y aquí no se salva nadie. «Algo así no lo había vivido en mi vida», confiesa a sus más próximos. ¿Para qué disimular? Al presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE), Gerardo Díaz Ferrán, no le gusta esconderse en la bodega. Es un viejo lobo de mar, o al menos se siente como tal. Desde que dio el salto al mundo de los negocios con 25 años, pilota sus empresas como si fueran el yate de 27 metros de eslora que exhibe en aguas mallorquinas durante el verano. «Este hombre no corre, vuela», aseguran los que le tratan en el día a día. Es de los que agota al personal y no echa el freno ni ante una pared de hormigón armado. A tenaz y cabezón, insisten, pocos le ganan a este madrileño de sangre salada. «Nos habremos equivocado, pero vamos a seguir siendo empresarios. ¡Yo moriré con las botas puestas!», ha llegado a decir en sus peores momentos. Una de tantas perlas que suelta cuando el temporal arrecia y no hay forma de agarrar el timón.
Desde que en diciembre se dio el primer gran batacazo con el expediente que le abrió Caja Madrid por el impago de un crédito de 26,5 millones de euros, no ha parado de estrellarse contra escollos. Uno tras otro. Las cuentas ya no le salen redondas. Que si cierra su aerolínea Air Comet y deja a miles de pasajeros en tierra y a unos 700 trabajadores con varios meses sin cobrar; que si Viajes Marsans adeuda 120 millones de euros y la aseguradora Mercurio echa la persiana por falta de liquidez... Cada mes salta alguna novedad que hace menear la cabeza a los compañeros de la CEOE («¿por qué no dimite?», se pregunta el sector más crítico del colectivo); y de rondón, tantos descalabros ponen en bandeja alguna ironía fácil a la ministra de Economía, Elena Salgado: «No dudo de que sea un líder legítimo de la patronal, pero no sé si es representativo...». Directo a la línea de flotación.
El emporio (Grupo Marsans) del patrón de patronos zozobra peligrosamente, pero él sigue dando la cara con la misma sonrisa que lucía a los 12 años, cuando vendía los billetes en los autobuses de la empresa familiar que recorría la periferia madrileña. Así empezó este hijo de gallego y catalana, robando tiempo a los estudios y ganando experiencia para el futuro. Poco le importó más tarde abandonar la carrera de ingeniero técnico industrial, porque muy pronto encontró lo que buscaba: un socio y capital, muchísimo capital, para comerse el mundo. Un compañero de clase, Gonzalo Pascual, se había enterado de que su padre tenía una flota de autocares y, antes de que alguien se le adelantara, llegó un buen día con un surtido de focos. Todos iluminaban de maravilla y Díaz Ferrán lo vio claro: ese chico le inspiraba confianza.
Con el dinero de los padres
Su nuevo amigo había fundado ya una compañía (DEX, Delegaciones Extranjeras) y era hijo de una prima de Carlos Arias Navarro, alcalde de Madrid y futuro presidente del Gobierno. Pertenecía a una adinerada familia de peleteros y le entusiasmaban los aviones y los barcos. Con el tiempo, compartirían aficiones, empresas y funciones de ópera. Todo iría rodado durante varias décadas, bastó con el fortísimo empujón que les dieron sus padres: el de Díez Ferrán les prestó 25 millones de pesetas y el de Pascual aportó un aval de 75. Corría el año 1967 y un piso en condiciones valía alrededor de medio millón; lógico que se embalaran y dieran un salto espectacular con su primera compañía de transporte urbano, que bautizaron Trap SA y les permitió hacerse un hueco en el panorama empresarial.
La pareja (conocida como G y G en el mundillo de los negocios) no tardó en disponer de una plantilla de 500 trabajadores y sacar partido a su instinto depredador. Se dice que acudían a todas las licitaciones de transporte público, que en aquella época empezaba a privatizarse y les hacía la boca agua a los empresarios del sector. No había mejor manera de hacer dinero; era seguro, rentable y permanente. Concurso que veían, concurso en el que competían y, muchas veces, ganaban. El discurso de presentación de Díaz Ferrán en la CEOE, hace tres años, rindió homenaje a ese pasado: «La mejor empresa pública es la que no existe». El actual cabecilla de la patronal va directo al grano. Donde pone el ojo, pone la bala. Igual que antaño, cuando tenía más tiempo y pegaba tiros en una finca que posee al sur de Madrid. «Le apasiona la caza. Creo que alguna vez hasta se ha ido a Argentina con el rifle», cuenta un amigo muy cercano.
Esto último sería antes de sus desencuentros con el Gobierno sudamericano, que acabó expropiando en el 2008 Aerolíneas Argentinas -propiedad del Grupo Marsans- por su mala situación financiera. Por si no bastara, también expedientó el pasado mes de enero a la filial de Viajes Marsans porque presuntamente emitía cheques sin fondos y no pagaba las nóminas a sus empleados. Ahora viene la pregunta del millón: ¿habrá tocado fondo el prestigio de Díaz Ferrán? En su caso, no hay manera de escaquearse: como patrón de patrones se encuentra en el ojo del huracán y no se le perdona ni una. Da igual que su círculo más estrecho repita como un mantra, a diestro y siniestro, que «aquello le puede pasar a cualquiera, ¡en los últimos tiempos han cerrado 300.000 compañías!».
El polo opuesto de Cuevas
Sus fieles no abandonan la nave por mucho que arrecie la tormenta; ya puede irse todo a pique que no le fallarán empresarios de peso como Arturo Fernández y Javier Gómez-Navarro. El primero es su cuñado y presidente de la patronal madrileña; el segundo fue compañero en las clases de Ingeniería Industrial y llegó a ministro de Comercio y Turismo con el PSOE, entre 1993 y 1996, antes de ocupar el cargo de presidente del Consejo Superior de Cámaras de Comercio. Cuando se trata de sellar amistades, Díaz Ferrán no mira las siglas políticas; sólo busca que sus intereses mutuos cuadren y aporten algún beneficio. «Es un hombre pragmático y, por eso mismo, muy dialogante. Le gusta dejar hablar a la gente y eso gusta mucho. Tiene un carácter cautivador que le ha ayudado a llegar donde está. ¡Un avinagrado no llega tan alto!», reflexiona otro de sus incondicionales.
¿Y qué pasa con los críticos? Escuchemos al más conocido, que no tiene pelos en la lengua. Jesús Bárcena, presidente de la Confederación Española de la Pequeña y Mediana Empresa (Cepyme ), está convencido de que detrás de esas formas tan seductoras hay un «afán desmedido» por acaparar poder y desactivar el empuje de los disidentes. De ahí que añore tanto a José María Cuevas, el anterior líder de la CEOE, un ejecutivo a sueldo de la organización sin implicaciones personales en ninguna firma. Un gestor eficaz y punto. Muy distinto a Díaz Ferrán, que hace gala de 'tics' de patrón a la vieja usanza: campechano y familiar, empecinado y directo. A la hora de trabajar, aplica sus reglas y no pierde energías en discusiones bizantinas. Que sí, que no, que sí, que no... Los equipos sólo pueden ir en una dirección y ésa la marcan los jefes. Una regla de oro que le ha ahorrado mucho tiempo en esa carrera trepidante que, junto a Gonzalo Pascual, alcanzó un hito importantísimo en 1985 con la adquisición de Viajes Marsans.
Una vez más, fue una adjudicación pública la que engordó sus cuentas corrientes. Compraron la agencia al Gobierno por 626 millones de pesetas y, sin perder comba, la convirtieron en el buque insignia de su emporio. En la actualidad abarcan hoteles, contratas de limpieza, aseguradoras, gimnasios y clínicas, pero siguen apoyándose en dos bazas: transporte y turismo. La crisis que el propio Díaz Ferrán negaba en el 2007 resulta asfixiante, pero él busca respiro como puede, sobre todo proponiendo cambios en el mercado laboral. ¿Por ejemplo? Contratos indefinidos con despido más barato, fomento del trabajo a tiempo parcial, reducción de las cotizaciones a la Seguridad Social... Sugerencias para mantener a flote el tejido empresarial y sobre todo a las nuevas generaciones destinadas a sostenerlo, como Raquel, Gerardo y Marta. Los tres son hijos suyos y miembros de pleno derecho del Grupo Marsans.
En estos tiempos tan turbulentos, Díaz Ferrán se aferra a la familia y ojea con cariño las fotos de sus siete nietos. Son los grumetes que, tarde o temprano, seguirán los pasos de sus padres en esas inmensa nave llamada Marsans. El barco está tocado, pero no hundido.