El cambio que percibe en la textura del suelo le indica que ha llegado a la parada de Fuente Dorada. Sabe que dos después llegará a la del Clínico y tendrá que apearse del autobús, esperar y coger la línea 8 hasta su destino, la Facultad de Educación, donde estudia primer curso del Grado de Educación, aunque quiere especializarse en Música, su pasión. De hecho, toca el piano, compone y canta en dos coros.
Covadonga Arranz Castañón, Cova, tiene 20 años y es ciega de nacimiento, pero lejos de amilanarse por esta discapacidad, a ella le ha servido para fraguar una fuerte personalidad. Cada día se levanta a las seis de la mañana para iniciar su jornada académica. Cova es totalmente autónoma. Gracias a la ONCE aprendió a leer y a dar un paso sola. Sabe defenderse cada día, cuando desde su domicilio del paseo de Zorrilla coge el autobús, el 1 o el 2, hasta el Clínico, donde hace transbordo hasta su centro universitario. Se acompaña de su bastón, pero antes de salir de casa enciende su Kapsys, un completo GPS que funciona mediante la voz y que resulta muy útil para las personas con ceguera. Es su aliado para moverse por la calle y entre autobuses, aunque en este caso también le sirve la megafonía incorporada al transporte urbano, o pregunta a los viajeros. «Cuando subo en el 8 es más fácil porque la última parada es la de la Facultad y le digo al conductor que me avise y no me deje dentro», dice riendo. En este último tramo de viaje van compañeros de clase, conocidos que la ayudan a cruzar el descampado. «Cuando decidí estudiar en este centro, fue a visitarlo una técnico de rehabilitación de la ONCE para conocer la zona, y me explicó lo que había, aunque luego vine con mis padres y aprendí a moverme por allí, buscamos referencias», explica Cova, quien tiene un sentido del humor excepcional. Dice que prefiere que le llamen a ciega, a que utilicen ciertos eufemismos: «Un día escuché a un locutor de Radio Clásica, para referirse a una pianista, que estaba privada del sentido de la vista, me pareció ridículo, yo soy ciega».
Tiene memorizadas las puertas de las clases, «a veces voy contándolas y me dicen: ¡Cova estamos aquí». Y mientras el profesor imparte la clase, la joven toma sus apuntes, con mucha velocidad, en el Braille Hablado, un equipo personal de almacenamiento de datos de pequeño tamaño, que tiene un teclado 'perkins' de seis puntos y la salida de la información es mediante voz. Para realizar los exámenes cuenta con un ordenador portátil, (tiene un programa Jaws que convierte el contenido de la pantalla en sonido, de manera que puede acceder o navegar por él sin necesidad de verlo), ella escribe en un teclado normal y mediante un USB se lo pasa al profesor para que lo corrija. Además, dispone de un 50% más de tiempo para hacer la prueba. Reconoce las facilidades que se le han dado para normalizar su vida académica, y mientras dice que la experiencia con los profesores ha sido muy bonita, no tiene la misma opinión de algunos de sus compañeros: «Se habla de integración y eso yo lo entiendo como colaboración. A veces en los grupos de trabajo resulta difícil y percibo eso de búscate la vida, pero eso me ayuda a crecer», dice rotunda. «De las dificultades se aprende, la vida es un camino en el que te caes, te levantas, cruzas montañas... no te puedes quedar parada, hay que superar las barreras», concluye.