«Todos los hijos del rey Alfonso III 'el Magno' de León se conjuraron entre sí destronando a su padre y encerrándolo en el lugar de Boides, en tierras de Asturias». La cita de Sampiro, famoso obispo autor de importantes crónicas, no es en absoluto anodina: hace referencia al origen del reinado de García I, primer rey de León. Huraño y mal adaptado al ambiente familiar, instigador de la rebelión filial y, merced a ella, primer rey de León en 910, García I debe ser recordado ahora que celebramos el 1.100 aniversario de dicho Reino.
El encargado de inaugurar la travesía imperial leonesa era uno de los cinco hijos del célebre rey astur Alfonso III 'el Magno', bautizado con el nombre de García en honor al abuelo paterno.
Nacido en torno a los años 870 y 871, fruto del matrimonio entre el rey 'magno' y Jimena Garcés, era el primogénito de cinco hermanos; completaban la lista Fruela, Ordoño, Gonzalo y Ramiro.
Casado en el año 896 con Muniadomma o Munia, hija de Nuño Núñez, conde de Amaya, su acceso al trono se produjo de manera anticipada y por causa ilegal.
Lo ha detallado Justiniano Rodríguez Fernández en un famoso librito fechado en 1997: «Cercano entonces a los cuarenta años, no parecía estar dotado de gran inteligencia ni de ponderado juicio, quien sabiéndose llamado por fuerza de la ley hispanovisigoda a heredar en toda su plenitud el patrimonio soberano del padre adelantara insensatamente y con odiosa violencia el despojo paterno para recibir una sola parte de las tres que por ley le pertenecían. Y menos podía orlarse con el sello divino de la autoridad -según la doctrina legal- quien, al decir de la ley, la había envilecido previamente por los modos de la tiranía, haciendo así ilegítimo el origen de su potestad».
Conviene recordar que García no sólo intrigó contra su padre, sino que, en compañía de su suegro y conchabado con sus hermanos, acaudilló toda una rebelión familiar. Su captura por el rey magno provocó el levantamiento de Ordoño y Fruela, por lo que aquél, para evitar una confrontación civil, decidió ponerle en libertad y retirarse a Zamora, donde fallecería en el año 910.
Lo que para unos constituye una traición imperdonable para otros es, sencillamente, producto de la natural ambición de los herederos, nada infrecuente en la época en que nos movemos.
Lo cierto es que el viejo y poderoso reino astur quedó así repartido entre García (León), Ordoño (Galicia) y Fruela (Asturias). La corte de Oviedo pronto fue trasladada a León, evento que fortaleció con creces el arranque grandioso del reino milenario.
Aunque lo cierto es que el reinado de quien hoy ocupa estas páginas resultaría más gris que colorido, menos fastuoso que el de sus sucesores, lastrado quizá por ese origen traicionero y brumoso que hemos señalado. Poco más de tres años duró el reinado de García I, un periodo caracterizado, en términos de gobierno, por la apatía y la indiferencia.
Guerra y dádivas
Fue la guerra contra los árabes el cometido más inmediato de su gobierno recién estrenado. La victoria inicial, registrada en el verano del 911 en tierras toledanas, se selló con el apresamiento del rey Ayolas, huido, sin embargo, en el viaje de regreso, cerca ya de la localidad abulense de El Tiemblo, a causa de la negligencia de sus guardianes.
Empeñado en mantener la seguridad y potenciar la expansión del territorio, en su segundo año de reinado desarrolló un importante programa de relleno poblacional y de fortalecimiento, capaz de asegurar la defensa de la margen izquierda del río Duero.
Amplió hacia el este la línea de fortificaciones iniciada por su padre entre Zamora y Simancas, poniendo en marcha las fortalezas de Roa y Peñafiel hasta Osma. También incentivó la estrategia repobladora en localidades como Roa, Osma, Coca, Clunia y San Esteban de Gormaz, y extendió la actividad guerrillera hasta la zona oriental del reino, en concreto hasta Arnedo, donde aparece registrada una contienda en el 914, la misma que provocaría su muerte.
Poco brillante resultó su actividad de gobierno interior, iniciada de manera oficial con la asistencia, el 15 de febrero de 911, a la festividad litúrgica e institucional del nuevo monasterio de San Isidro de Dueñas, levantado junto al castillo de la misma ciudad bajo la advocación de San Isidoro de Alejandría. Durante su reinado llevó a cabo donaciones diversas y cuidó con mimo el engrandecimiento del monasterio de Eslonza, lo mismo que la puesta en marcha del fantástico templo de San Miguel de Escalada.
Claro que quien comenzó su reinado con las armas no podía terminar de otra forma. Cuentan que con 44 años, en pleno invierno, movido quizás por las alianzas contraídas con el rey de Navarra, Sancho Garcés, decidió llevar su ejército más allá del noroeste soriano. Y se labró su final.
Dio noticia del suceso un cronista musulmán llamado Ibn Idhari. Los cristianos, García I entre ellos, realizaron una incursión en el Arnedo. Era domingo, 19 de marzo de 914. «En el combate de Arnedo (…) pereció García, hijo de Alfonso, rey de Galicia, a quien sucedió su hermano Ordoño», constata, fríamente, el cronista árabe.
Una noticia no del todo exacta: en la batalla de Arnedo, en efecto, resultó el monarca herido de suma gravedad, pero murió en Zamora, producto, seguramente, de una enfermedad provocada por el pésimo resultado del lance.
Desprovisto de cualidades
«Nadie podría decir que fue un gran rey, pues notoriamente estuvo desprovisto de las altas cualidades personales en que se engendran y hacen visibles los grandes éxitos», apostilla Rodríguez Fernández; «el propio origen de su potestad regia llegó envilecido con la mancha de la tiranía, concepto que en su tiempo arrastraba en su contra los más negros anatemas».
A García I, que falleció sin sucesión, le sobrevivió su mujer, Munia o Muniadomma, quién sabe si la misma a la que determinados documentos se refieren como mujer del conde Gonzalo Fernández y madre de Fernán González, legendario héroe castellano.