NO somos nadie sin el coche. Las ciudades se transforman, evolucionan y se desarrollan en función del coche. Es el supertotem de estos tiempos. Podríamos decir que la evolución del hombre de Atapuerca ha terminado dando en un peaje o en un párking. El coche es el otro yo, el éxito contrastado del hombre inteligente. Desde el 600 hasta el revival del Mini, pasando por el Ferrari de Alonso y del Rey Juan Carlos, el coche es el centro de todo. La industria, la innovación, el I+D+i, todo, se justifica en el coche. Pero el coche es, fundamentalmente, libertad. Por eso nos gusta tanto el coche. Pero hay veces en las que el coche se convierte en un enemigo: cuando se estropea, cuando te deja tirado. Cuando el coche va y viene, y sólo hay que ponerle combustible, todo es amor y bonanza. Pero los coches son 'humanos'. Se gripan, que no sé lo que es, pero que viene a decir que «se acabó y se terminó». Los coches tienen alma, y se enfadan; se cabrean y piden una grúa de urgencia. Los coches también lloran. Ahí se inicia otra historia. Porque un taller es un jardín de hierros, piezas gastadas y nuevas, llaves fijas e inglesas, gatos y fosos de aceite negra. Y mecánicos. Hombres a los que yo tengo la admiración del ignorante. Uno, que pretende arreglar el coche averiado mirando el motor tras levantar el capó, siente que el mecánico es un dios deslumbrante. Gente superdotada. Por eso todos tenemos fe en un taller. Sabemos que, antes o después, terminaremos siendo sus clientes. El problema llega cuando el propietario no puede pagar el arreglo y al taller no le queda más remedio que quedarse con el coche como herencia envenenada. Muchos talleres se encuentran desbordados. Ante eso, ha surgido la picaresca de 'perderlos' en la vía pública. ¡Que se las apañe la policía municipal! Los talleres no tienen espacio y no pueden soportar el problema de los coches abandonados, algo semejante al cementerio de los libros olvidados en la 'La sombra del viento'. Por eso la nueva Ley de Seguridad Vial, que entrará en vigor en mayo, será un producto de la lógica: tres meses en el taller, y al desguace. Los mecánicos no tienen por qué pagar los divorcios, los concursos de acreedores y las economías manirrotas.