Encarna la imagen del técnico que ha capeado una fusión con éxito. Los directivos de Caja Rural del Duero entraron en la estructura de Cajamar como los representantes de una cooperativa de crédito en plena expansión por Castilla y León pero con una capacidad reducida, así lo reconocen, para generar el negocio obtenido en sólo dos años. Absorbida por la entidad almeriense, la caja continúa, desde la misma sede, su trabajo y extensión por Castilla y León y ahora, le encuentra ventajas a la fusión de Caja España y Caja Duero. Ambas dejarán libres y harán desinversiones de oficinas en rincones interesantes para una entidad que pretende crecer.
-¿Cómo ha sido la evolución de una caja rural a Cajamar?
-Ha sido cualitativa y cuantitativa. Cualitativa en el sentido de disponer de un catálogo de productos más amplio o sistemas de trabajo de una gran empresa. Estamos en una entidad con cuatro mil empleados que nos permite llegar a territorios de Castilla y León donde no teníamos presencia. Cuantitativas; la caja dispone de más recursos. Para el sector agroalimentario sin límite más que la prudencia de la gestión del riesgo. Antes, por nuestro tamaño, no podíamos afrontar proyectos e inversiones importantes.
-¿Que tenga un mercado más específico la salva de la crisis?
-Se sortea mejor. No tenemos las dificultades de entidades muy centradas en el ladrillo. Tenemos nuestra parte del ladrillo, porque en muchas en núcleos urbanos, la forma de apoyar a las familias es a través del apoyo a la compra de viviendas. Pero buena parte de nuestras oficinas está centrada en el negocio agroalimentario y esto es una forma de repartir el riesgo.
-¿Pequeñas cooperativas de crédito tienen hoy capacidad de maniobra?
-Es opinable. Las entidades ganan tamaño para ofrecer productos a los consumidores con mejores condiciones y menores costes. Eso permite defender una postura competitiva. Esas economías de escala no se alcanzan con tamaños pequeños.
-Y sin embargo, queda la duda de que cuando se generen esas concentraciones no se genera también un cambio de lugar en el que se adoptan las decisiones.
-La importancia de la sede social es un asunto casi protocolario. Los consumidores deben exigir la máxima calidad y el mejor precio a los productos, se tomen las decisiones donde se tomen, que es una circunstancia que cada vez va a tener menos importancia. Las personas que formamos parte de las entidades seguimos donde estamos. No estamos relegados. No ha venido nadie de Almería a indicarme qué tengo que decir. La entidad se rige por unos criterios comunes, pero cada dirección territorial tiene su autonomía y capacidad de decisión. Lógicamente, amparado en un consejo rector en el que se sientan personas que defienden nuestros intereses.
-Una queja habitual es que antes, el director de la oficina sabía cómo trabajaba la empresa y que era de las que terminaba pagando. Pero ahora, la solicitud de crédito la revisa un jefe de riesgos en un lugar lejano y el crédito se deniega. ¿Es leyenda urbana o una realidad?
-Es consecuencia de la situación del mercado. Las entidades no prestan con la alegría con la que lo hacían antes porque el riesgo es cierto. Han afinado sus criterios de concesión. Pero eso no tiene que ver con que la decisión se tome en Bilbao, en Jerez o en Valladolid.
-¿Habrá un cambio en el tipo de producto financiero que se ofrecerá en los próximos años?
-Una de las cosas que ha enseñado la crisis es que los productos se han complicado mucho. Se ha hecho mucha ingeniería y, a veces, no se ha comunicado correctamente al cliente o no se ha entendido de forma correcta por el cliente. Se vuelve a los productos sencillos, sin gran complejidad, ni letra pequeña.
-Antes había un mercado compartimentado, con los bancos y sus clientes, las cajas de ahorro con sus impositores y luego, las rurales. Hoy, pelean todos por todo.
-Es bueno que haya reglas de mercado iguales para todos y luego, que cada entidad decida lo que quiere hacer. Algunas se inclinarán por la banca privada, otras a la de inversión o la corporativa y luego, las que quieran hacer una banca generalista. En esa batalla estamos todos. En el caso de las cajas rurales, sus orígenes fueron los de atender el negocio agrario. Conservamos esas raíces, pero en este mercado global no te puedes quedar al margen .
-¿Veremos un banco fusionado con tres cajas, y dos rurales?
-La naturaleza jurídica de cada entidad condiciona este mercado. Los órganos de gobierno son distintos y sobre todo, la naturaleza jurídica. Las cajas de ahorro son una fundación, que no tiene encaje ni con una junta de accionistas de un banco ni con una junta de socios como las nuestras. En el día a día son mezclas casi imposibles. Hay tres nichos distintos y cada uno tiene su hueco, su régimen, sus intereses...
-El crecimiento logrado con Cajamar hubiera sido imaginable con Caja Rural del Duero.
-A todas luces no. La fusión se materializó en diciembre del 2007. En estos dos años hemos abierto 22 oficinas, 20 en Castilla y León y dos más en Gijón y Torrelavega, una operación que se pilota desde la antigua sede de la Caja Rural del Duero. En plantilla hemos dado de alta cien puestos de trabajo. Si continuáramos como Caja Rural del Duero no hubiéramos podido pensar en un despliegue similar. Las próximas aperturas son en La Bañeza y Astorga (León) y en Cuéllar (Segovia). En este momento a la espera, porque la fusión de Caja España y Caja Duero va a generar oportunidades y habrá lugares interesantes con oficinas disponibles. Seguimos apostando por Castilla y León, donde el negocio y la base de clientes ha crecido de manera importante. Hay ganas de invertir en Castilla y León.