La Santa Sede anunció ayer el nombramiento de Ricardo Blázquez como nuevo arzobispo de Valladolid, una confirmación que se ha demorado más de lo habitual. La designación había sido ya comunicada hace más de dos semanas al Gobierno de Rodríguez Zapatero. Con este movimiento, el Vaticano mueve una nueva pieza en el tablero eclesial de Euskadi, que encara un nuevo ciclo desde coordenadas ideológicas muy distintas. Todos dan por hecho que el futuro de la Iglesia vasca descansará sobre los báculos de José Ignacio Munilla y Mario Iceta; éste último, el relevo natural de Blázquez en Bilbao, aunque no sea de manera inmediata. Podría ejercer como administrador diocesano.
'El tiempo envejece deprisa', reza el libro del italiano Antonio Tabucchi, maestro de los cuentos. Casi 15 años ha durado el ministerio episcopal de Blázquez en Bilbao, un traslado que algunos ya lo interpretaron como una cuña para diseñar una nueva cúpula eclesial. Su llegada fue sonada. La diócesis aspiraba a un obispo 'de la tierra' y apostaba por Juan María Uriarte, 'desterrado' a Zamora, y el nuncio Mario Tagliaferri le enviaba a un teólogo de Ávila. «Un tal Blázquez», en palabras de Xabier Arzalluz, entonces presidente de un PNV que siempre había apostado por candidatos de la propia cantera. Algo fuerte se quebró aquel día, el 8 de septiembre de 1995, en la Iglesia vasca.
Blázquez, tras su larga campaña en el norte, vuelve a la tranquila Castilla. Hace años que ya había confiado al anterior nuncio, Monteiro de Castro -con el que fraguó una buena relación- su disponibilidad para asumir nuevas misiones, fuera del País Vasco. Pero su ascenso, que pocos le negaban, se hacía de rogar, pese a que su nombre aparecía en todas las quinielas.
Es verdad que su presencia era necesaria en Bilbao mientras se recomponía el puzle vasco. Pero durante su mandato se han producido dos hechos que han podido influir en su futuro y que no han pasado desapercibidos. El primero tiene que ver con la pastoral conjunta de los obispos vascos de mayo del 2002, titulada 'Preparar la paz', en la que se cuestionaba la Ley de Partidos por cuanto suponía apartar del juego político a la izquierda 'abertzale' radical. Blázquez, hombre de diálogo y consenso, apoyó la comunión episcopal en un tema estratégico para la Iglesia vasca. Algunos creen que le ha pasado factura.
Prestigio en alza
Pero en lo que sí hay coincidencia es en que lo que más le ha perjudicado es haber aceptado ser presidente de la Conferencia Episcopal Española frente a la candidatura del poderoso Antonio María Rouco. El cardenal gallego no le perdona haber impedido su tercer mandato ininterrumpido «y se lo está haciendo pagar», en palabras de un columnista religioso. Blázquez coincidió con Rouco en la Universidad Pontificia de Salamanca y fue su 'número dos' en Santiago de Compostela, pero la relación se enfrió cuando el hasta ahora obispo de Bilbao concitó el voto del sector más abierto del Episcopado y arrebató al purpurado la presidencia de la cúpula eclesial.
Tres años después, en las siguientes elecciones, Rouco movilizó los votos necesarios, cautivos en muchos de los casos, y recuperó el poder en lo que supuso un agravio a Blázquez, cuando todos los presidentes habían repetido mandato por segunda vez. Las maniobras del cardenal molestaron mucho al obispo abulense, que lo sufrió en silencio, como es habitual en un hombre pacífico que rehuye el enfrentamiento.
Pese a ello, el prestigio de Blázquez ha seguido creciendo enteros. El último Sínodo seleccionó su intervención en el documento final de la cumbre episcopal y Benedicto XV le designó visitador pontificio para investigar el sonado escándalo protagonizado por Marcial Maciel, fundador de la congregación de los Legionarios de Cristo.
Tender puentes
Blázquez, a diferencia de Rouco, ha mantenido también una buena sintonía con el Gobierno de Rodríguez Zapatero, a través de la interlocución de la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega. En cuestiones como Educación para la Ciudadanía, el profesorado de Religión o la Memoria Histórica, el obispo se ha esforzado por mantener tendidos los puentes, en línea con Roma, que quería bajar el nivel de crispación. También ha mantenido una comunicación con Cristianos Socialistas.
Simultanear su actividad en la Conferencia Episcopal con la gestión de la diócesis de Bilbao le acarreó una sobrecarga de trabajo, que le obligó a multiplicarse. Hasta que llegó Mario Iceta. El nombramiento de un nuevo obispo auxiliar tras el fallecimiento de Carmelo Echenagusia le proporcionó una gran ayuda, pero también nuevas preocupaciones. Iceta, un guerniqués que habla euskera -no domina la lengua- y con una gran capacidad intelectual, se había formado fuera del País Vasco y no figuraba en las 'ternas' del clero local. Además, se mueve en unas coordenadas más conservadoras que el discurso dominante en la diócesis. Su designación provocó fuertes recelos en una parte del clero y cercenó la confianza en Blázquez.
Una sacudida de baja escala comparado con el movimiento telúrico que se produjo en San Sebastián con la llegada del obispo de Palencia, José Ignacio Munilla, para relevar a Juan María Uriarte. La designación del que fuera párroco de Zumárraga, donostiarra, euskoparlante, pero formado también fuera del ámbito vasco, provocó una rebelión en toda regla del clero guipuzcoano, que interpretó la designación como una desautorización de la línea pastoral anterior para cambiar el rumbo de la Iglesia vasca. Un diagnóstico en el que coinciden la mayor parte de los observadores y analistas eclesiales.
Munilla e Iceta responden al mismo patrón, aunque con matices, de la nueva hornada de obispos, muy conservadores y de gran rigidez doctrinal. En un análisis de sus discursos y declaraciones, quedan claras cuáles son sus prioridades en una institución que tiene que ajustar su cuenta de resultados. Una de sus misiones prioritarias pasa por recomponer el granero de las vocaciones, reflotando los seminarios.