Después de días de lluvia y viento, de crudo invierno en el que tu Castilla se sometía una vez más al imperio de los elementos, ayer amaneció un día frío pero con sol. Buen día de caza, Miguel, si hubiera veda. En su defecto, alguien te hubiera ofrecido su finca para dar unos tiros a las palomas sobrantes, las ratas voladoras del aire urbano... Aunque hacía lustros que no cazabas y años que no escribías. El viernes cerraste la puerta de esta vida y ayer el mundo te despidió.
El mundo tiene tantos estratos como el subsuelo. Llegaron los políticos, de Madrid, de Valladolid, los de
Valladolid en Madrid, arroparon a la familia, se dejaron fotografiar, vinieron escritores, editores, actores, gentes de la prensa un poco menos canalla que la que alentaste. Abrazos, silencios, miradas, adioses. Una
capilla ardiente que seguía caldeada tras los miles de gentes que pasaron el día anterior.
Antes del mediodía, un rato después del almuerzo del cazador, llegó la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega. Llevaba el pésame del Gobierno bajo el brazo, aunque fue el despliegue de su exigua persona el que traslució autenticidad más allá de su ser político. Cariñosa, cercana, nada que ver con la mujer que tiene que batirse el cobre cada viernes tras los consejos de Ministros. Sacaste lo mejor de un personaje que ni siquiera era tuyo. Y su séquito, la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, íntima desde el viernes, y la secretaria de Estado para la Cooperación, Soraya Rodríguez, arropadas por delegados y subdelegados del Gobierno.
Otra Soraya vallisoletana, y también desde Madrid, pasaba por el Ayuntamiento que ocupa su partido. Saénz de Santamaría despidió a su paisano y se fotografió con Javier León de la Riva. Él presidió la Corporación en pleno que acompañó el féretro hasta la catedral.
Personajes conocidos en cuya presencia pesa más el débito del cargo que las preferencias personales, aunque la empatía que despertaba el homenajeado dé visos de sinceridad a su presencia.
Menos dudas ofrece la motivación de los cientos de vallisoletanos que horas antes del cierre de la capilla ardiente se apostaron en las gradas preparadas para el sermón de las Siete Palabras. Frente al Ayuntamiento, a la espera de la bajada del féretro, allí permanecieron donde antaño otros vallisoletanos veían a los sospechosos de herejía desfilar con el sambenito, esa escena que el protagonista de la jornada recreó en su última novela.
Público anónimo en el que había lectores, vecinos que se cruzaban con
Miguel Delibes en el Campo Grande, alumnos de su Escuela de Comercio, fieles de este diario que sigue identificado con su nombre, señoras que adelantaron la compra del sábado para estar allí, niños que desconocían por qué sus mayores les habían cambiado los planes.
Al contrario que en la televisión, ese electrodoméstico que a decir del autor de 'El camino' acabó con el mundo rural porque mató al abuelo-narrador, nadie concitó las voluntades pero el aplauso al unísono sonó. Los nietos bajaron el féretro, lo depositaron en el coche fúnebre y tras unos minutos de silencio, cuando ya no había más tarea que afrontar el final, la gente batió sus palmas espontáneamente. Cada aplauso daba las gracias a un personaje, esos que le acompañaron tanto como las personas.
Hijos y nietos se vinieron abajo. El abrazo popular logró lo que no pudo el institucional. Y al sol generoso del mediodía avanzó la comitiva con paso ligero, como era el suyo, sobre adoquines y asfalto, hacia la Catedral. Vallisoletanos y turistas se apostaron en las lindes de las calles y mostraron con su silencio como con sus aplausos el respeto por uno de los suyos.
Primero la familia, luego las autoridades y cerraba la cabeza del pelotón sus colegas escritores, entre ellos Antonio Colinas, Antonio Piedra, Gustavo Martín Garzo o Esperanza Ortega. Los comercios se vaciaron para despedir al escritor que escribió de la humanidad de esta tierra áspera. Curvas y contraconcurvas de las serpenteantes calles del centro fueron la única concesión barroca en una mañana dórica. El recorrido desembocaba en la calle Cascajares, frente a la Catedral. El cordón policial se cerraba, había que hacer sitio para bajar la caja. Se incorporó en el último momento un Juan Vicente Herrera rezagado. El presidente de Castilla y León es burgalés, la otra provincia que marcó la biografía de Miguel Delibes, quien tenía en Sedano su refugio de letras y caza.
Más aplausos cerrados ya con las campanas sonando. A la fachada herreriana le salieron volantes multicolores y la Catedral esperaba llena. Calor de los paisanos para despedir a este urbanita de campo que deja un impagable legado literario.