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El chico de Ávila que leía y segaba

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El chico de Ávila que leía y segaba

13.03.10 - 01:20 -
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17 de septiembre de 1955. Un joven llamado Ricardo Blázquez abandona su pueblo de Ávila (Villanueva del Campillo, hoy 122 vecinos) para ingresar en el seminario menor de Arenas de San Pedro. «Entonces había dos caminos, el campo o los libros», recordaba en el 2005 Luis, paisano del nuevo arzobispo de Valladolid. Campo o libros. Y Ricardo Blázquez probó lo primero porque así lo quiso su padre, Alfonso. Los mayores de su pueblo recuerdan a Ricardo de niño, segando a la hoz o en aquel año en el que se echó a la vereda real conduciendo un rebaño de ovejas merinas camino de Extremadura, con la vara de espino en la mano y la manta de estameña terciada al hombro. Probó el campo. Pero tiraron más los libros. Y la iglesia. Muchas veces, al rebato de María de la O, la campana de cien quintales que llamaba a misa, Ricardo subía la cuesta de la calle Berruecos hasta llegar al templo de cuerpo gótico isabelino, potentes nervaduras, magnífico retablo situado a la izquierda de la nave central. A don Vicente Mateos, párroco llegado de Toro, no se le escapó el brillo de aquel chaval al que recomendó vivamente para el seminario. Allí se desvió del camino del campo y tomó el de los libros.
Estudió Filosofía y Teología en Ávila. Aprendió idiomas (habla ocho). Se ordenó sacerdote y completó el doctorado de Teología en Roma. Decano de la Facultad de Teología en Salamanca. Vicerrector de la Pontificia. Hasta que Rouco Varela le pidió que fuera obispo auxiliar de Santiago. De ahí a obispo de Palencia. Luego de Bilbao. Hoy, arzobispo de Valladolid.
A Ricardo Blázquez le toca de nuevo hacer la maleta. Mudarse de ciudad. Pero eso no es molestia para un hombre cuyo vicio confesable es viajar. Dicen que siempre soñó con ser camionero. Que le encanta conducir. Que le relaja. Tanto, que ni siquiera necesita radio en el coche. Conoce a la perfección toda Europa y ha visitado Sudamérica y África. Sabe lo que es vacunarse contra la fiebre amarilla. Tomar pastillas para prevenir el paludismo. Le chifla viajar. Y recordar sus viajes y lo allí aprendido. Cómo se le encogió el corazón cuando en el 2001 visitó las misiones diocesanas en campos de refugiados de Angola, cuando aún estaba en guerra, y volvió muy «afectado» por la pobreza y el sufrimiento que vio. O cómo aquel verano, recorriendo Europa, se quedó sin un duro y tuvo que dormir en un banco de la estación de Ginebra. Lo recuerda con humor porque nadie le ha oído nunca quejarse.
Quienes han tratado con él lo definen como tímido, paciente, recto, sobrio, metódico, «parco en el vestir», un hombre «sinceramente religioso» que se toma la vida con mucha calma. Quizá también obligado por la enfermedad de corazón que le diagnosticaron en Salamanca y que le obligó a pasar por el quirófano. Quienes escriben sobre él, los periodistas expertos en Religión, lo califican de moderado, dialogante. De palabra clara. No usa apuntes en la mayoría de sus homilías o disertaciones. Posee una oratoria pausada y jamás pierde el hilo de una idea, herencia patente de sus años como profesor en Salamanca, donde llegó a ser catedrático de Teología Dogmática. Usa el castellano con una precisión enorme.
Duerme poco. Lee mucho. Su biblioteca -«una gran biblioteca»- es su 'hobby'. Devoto de la mística abulense. También escribe. Y también mucho. Siempre en folios muy bien aprovechados. En 1988 publicó 'Las comunidades neocatecumenales. Discernimiento teológico'. Un auténtico 'best-seller'. El libro de cabecera de los 'kikos'. Conoció a Kiko Argüello y a Carmen Hernández a principios de la década de 1970. En Roma. En la iglesia de Santa Andrea della Valle. Con ellos trabó «una gran amistad», pero también una cierta «distancia crítica». Es un obispo, dicen sus colaboradores, que recibe a todo el mundo y que jamás ha obligado a nadie a inventarse un «está ocupado».
En Ávila
Su llegada a Valladolid desde Bilbao le devuelve a tierras castellanas y le acerca a su tierra, a su pueblo, a la familia que allí atiende la panadería. En realidad, Ricardo Blázquez nunca se ha desvinculado de sus raíces. «Tengo mis raíces en esta tierra. Y todos sabéis que para que un árbol se mantenga vivo y dé frutos tiene que tener bien arraigadas sus raíces en tierra fecunda», dijo Blázquez a sus vecinos el 17 de septiembre del 2005, cuando le nombraron hijo predilecto de Villanueva del Campillo.
Allí, aquel día, el alcalde José María Martín Serrano lo definía como «un hombre envidiable, un gran talento». «Sabed -dijo Blázquez- que siempre me he sentido y me siento en todas las circunstancias vecino de Villanueva». Allí corrió las cintas de los quintos. Allí, a 1.600 metros de altitud, junto al Puerto de Villatoro y entre robles, piornos y encinas, «segaba a la hoz y a guadaña», como recuerdan sus compañeros de partida. O fregaba en casa los cacharros. Y allí tiene la costumbre de regresar en agosto. Para leer. Para escribir. Para celebrar misa en la parroquia del Santísimo Cristo del Velo. Sobre todo el 14 de septiembre, el día del santo.
Aquel sábado 17 de septiembre del 2005 -llevaba ya diez años de obispo de Bilbao, donde no fue precisamente bien recibido; «un tal Blázquez», espetó Arzalluz ante el anuncio de su llegada-, obtuvo todo el apoyo de sus vecinos. Emocionados. Sobre todo su madre, Florencia, que abrazaba con orgullo a su vástago. Hijo predilecto del pueblo «por llevar el nombre de esta villa por el mundo entero y por sus destacadas cualidades personales y méritos acreditados en beneficio y honor de esta villa». Ahora trabajará por Valladolid y sus fieles. Como antes hizo en Compostela. En Palencia y en Bilbao. Pero aquí llega después de subir un peldaño.
El hombre de Villanueva del Campillo a quien le gusta viajar, leer y escribir, es arzobispo. De Valladolid.
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